“Te espero a la una en la calle Escosura”. El que me cita es el PR manager de Cutty Sark, pero el que me recibe es un señor americano. También una furgoneta, esposas y una máscara para que no vea a dónde me lleva. Me obliga a entregar el móvil y de camino al destino secreto me cuenta la historia de Bill McCoy, el mayor contrabandista de destilados en la época de la Ley Seca en EEUU. Un mafioso honrado, orgulloso de vender mercancía sin adulterar. A él le debemos el whisky de 50% de graduación con el que me riegan durante el camino. Hago un pequeño intento por adivinar hacia dónde nos dirigimos pero enseguida se me pasa. Me dejo llevar.
Casi media hora más tarde nos detenemos en un garaje. Parece el acceso a uno de esos hoteles a los que va gente a acostarse con otra gente sin ser vista. Nunca había estado en uno pero -al menos este- incluye jacuzzi, mucho alcohol, un maestro coctelero, piscina, una película para adultos y comida como para una boda. Me enseñan a preparar combinados de cuyos nombres no me acuerdo y me llevan a otra habitación donde suena una música (de la que tampoco me acuerdo) mientras dos jóvenes bailan para mí. Me vuelven a meter en la furgoneta. Me pierdo el final de la peli.
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Por un momento parece que me van a devolver a mi oficina pero no. Vendado y esposado de nuevo, mi próxima parada es un puesto de fruta que oculta una trampilla de acceso a un club clandestino en el que jugaremos al póquer. Texas Holdem, lo llaman. Reparten fichas y puros (y un soplete para encenderlos). Yo no sé ni lo que es una escalera de color pero por muy poco casi les gano a todos. En un momento se aparece un municipal pidiendo que nos identifiquemos. Es real y amenaza con multarnos. Al final nos perdona y a mí me liberan. Me regalan una botella de ‘Prohibition Edition’. Sólo me falta la corbata atada en la frente.
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