Así es crecer en… Coruña

El autor el día de su comunión

Haber crecido en Coruña implica ser a) del centro o b) de un barrio, pero donde yo nací (Os Castros) no era ni el centro ni tampoco un barrio de esos por los que otros chavales se partían la cara (Katanga contra Corea). Bajábamos cuestas en monopatín, jugábamos en la vía del tren y hacíamos rebumbios en puertas de garajes («no se vale furar»), pero nuestro colegio no era el público de la zona sino uno pijo, lo que arruinaba cualquier posibilidad de ser de barrio.

Teníamos playa propia -Lazareto, un Malibú con astilleros- y compensábamos la ausencia de yonquis y delincuentes juveniles (Murdock, Platanito…), con personajes como Cañita Brava. Era todo muy urbano pero cumplía el cliché gallego porque las ventanas de casa eran todo mar, gaviotas y las olas de Bastiagueiro, que para un niño que se creía Le llaman Bodhi era información privilegiada. Y enfrente Santa Cristina, el botellódromo de la periferia, patio de recreo adolescente y cuna del término Galifornia.

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Si vuestros padres vieran esto desde su casa, también los odiaríais un poco.

Esta localidad vecina con un alcalde comunista amigo de Fidel, a la que se podía cruzar en barco o por puente, ofrecía una serie de bares (Zakatín, Lancelot, Tío Way…) en los que sonaba NOFX y una población de surfistas/skaters oxigenados impensable para un municipio pequeño en plena era pre-internet. Pre-internet significa que para enterarse de algo había que fotocopiar revistas ( Factory) en una biblioteca municipal y alquilar CD’s (sí, ese negocio existió) para pasarlos después a casete.

Ahora lo que mola es Monte Alto -me dicen los expatriados que van a trabajar a Inditex- pero no molaba tanto en la época en que el Papagayo no era un boulevard sino prostitulandia, pedaleábamos caballos en los Cantones, el único fast food era Tops («cómeteel mundo») y los cines Avenida, París, Valle-Inclán, Chaplin o Tom & Jerry seguían en pie. Entonces era un barrio duro, del que proceden Los Diplomáticos (inventores del bravú) y parte de mi familia, lo que podría haberme librado de que me dieran el palo en los recreativos Nichols, pero no.

En Coruña se habla gallego, pero lo más común es hablar castellano o coruño (escribirlo con «k» es opcional). De ahí vienen jicho (quinqui) y otros palabros como ja (novia), plas (hermano), chukel (perro), puril (padre) o bul (culo). Para alguien de fuera deben sonar como graznidos, pero es normal escuchar «Buh, neno, me maro mil. Paso tuya, achanta» . Pocos dicen «La» Coruña o «A» Coruña, pero el asunto genera polémica y era divertido ver como la «L» del letrero en la entrada a la ciudad siempre desaparecía y volvía a ser repuesto por esta pelea lingüística.

La Navidad es, probablemente, la peor época para visitar la ciudad.

En materia deportiva, los coruñeses somos muy de hockey (Liceo) -trofeos en la crepería Chapa- y basket (antes Bosco). La cancha del parque Europa era nuestro Rucker Park y un tipo recorría la ciudad de punta a punta vestido como el Príncipe de Bel-Air con un balón girando sobre su dedo. Pero lo que trascendió y nos situó en el mapa internacional durante algún tiempo fue el fútbol, gracias al Super Dépor de Bebeto, Donato (Forza para vivir) y Djukic (snif). Vivirlo desde la grada de los Riazor Blues fue mi pasaporte infantil a las martens y el punk.

Este testimonio es tramposo, aviso, porque de los 9 a los 13 años viví en Vigo y a los 17 ya me vine a estudiar Periodismo a Madrid. El artículo tiene poco valor, más allá de mi visión borrosa y sesgada, o quizá el interés de haber crecido ajeno a la rivalidad Vigo-Coruña (me adoptaron los celtarras) y el hecho de que aún hoy me pregunten: «¿Tú ya te quedas allí a vivir, no?». Una filosofía que explica por qué tenemos aeropuerto, estando el de Santiago a menos de una hora. El clima ( Mordor) también tiene culpa.

Es verdad que hay ancianos que se bañan todo el año a pelo en Riazor (nuestro San Lorenzo, El Sardinero, La Concha…), pero es que ellos son cocoones. A los coruñeses humanos, el frío húmedo nos encoge como a cualquiera y la lluvia nos paraliza. Han tenido que construir cinco centros comerciales (uno de ellos el más grande de Europa) para poder salir de casa en invierno. Uno de esos bloques con multicines está sobre el mar pero no tiene vistas al mar. Supera eso.

Estamos hablando de una península bañada por el Atlántico. Si no sabes nadar, estás jodido. Y si te desorientas es que no has visto el chorro de luz que escupe la Torre de Hércules, el faro romano más antiguo del mundo. Lo trágico es que, al ser puerto de trasatlánticos, siempre se ahoga algún guiri borracho; lo bueno es que los locales han desarrollado un superpoder para sobrevivir a la macro-queimada de San Juan sin arder en una hoguera ni hundirse en el mar. Y mucho ojo con las batallas campales de señores disfrazados como soldados antiguos.

En Coruña los niños merendaban viendo Dr. Slump (en gallego).

La nieve se ve poco, sólo recuerdo una vez en los ochenta. También a Amancio Ortega se le ve poco, aunque muchos digan ser amigos suyos (alguno incluso se lo han dicho a él, sin reconocerlo teniéndolo delante). Después de Zara, el máximo orgullo local es la cerveza Estrella Galicia. Personalmente, añado la empanada de Saqués, la Casa de las Ciencias, Ekkaia (Coruña es capital mundial crustie), Bonilla a la vista, los anarquistas de VTC, Paideia, Luis Seoane, amanecer en el Playa Club, las ranitas de chocolate de Suevia, el cura Espiña, el monte de San Pedro, Miguelanxo Prado, el Alborada y por supuesto Uxiño.

Siendo este repaso una redacción sin gran utilidad ni rigor, lo compenso en el último minuto con un par de pistas útiles para quienes no han crecido en Coruña: la fachada típica no se llama «ventanas blancas» sino galerías, nueve de cada diez familias tienen cerámica de Sargadelos en el salón, la calle Padre Feijóo es un mini Barrio de Salamanca, no todos consumimos farlopa y percebes pero sí licor café y filloas, Picasso y Triángulo de Amor Bizarro empezaron su carrera aquí, a Carrefour lo llamamos Continente. Ya está.

Epílogo: Una compañera de oficina me cuenta que en fin de año salía por Coruña, se ponía pedísimo y por la mañana iba de empalmada en autobús con todos sus amigos a la feria de Betanzos. Compraban un cerdito y lo dejaban por ahí suelto mientras comían tortilla. Normalmente lo perdían. Yo esta tradición la desconocía porque iba al concierto de año nuevo con mis padres.

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