Ayer disfrutamos de una versión amateur y barrial de la celebración del año nuevo chino, cortesía del dueño del restaurante – chino, claro está – que queda frente a nuestras oficinas. El señor pidió a la policía que le permitiera cerrar la calle durante media hora, pegó carteles a diestra y siniestra y logró que al menos durante esos minutos su calle fuera realmente suya (y del resto del personal del restaurante).
Entre vítores y aplausos por parte del personal de cocina, el maestro de ceremonias se enardecía golpeando un bombo gigante mientras dragones, perros y otros personajes de la mitología china transitaban la calle ante la mirada incrédula de los vecinos. Una insoportable niñita lloraba horrorizada al divisar los dragones manipulados por una mayoría de catalanes a las órdenes del oriental anfitrión, lo que nos llevó a meditar sobre el tan mentado choque de culturas… Y la consiguiente rotura de la monotonía de la calle Lincoln.
El dueño de Memorias de China hizo su propia «Revolución cultural» en pleno barrio de Gracia, y se lo agradecemos.
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