Casi conocí a Leopoldo María Panero

“¿Qué hace Panero en Córdoba? ¿No estaba en un psiquiátrico en Canarias? Whatever… pásalo bien”. Esa fue la respuesta cuando informé a la redacción de mi viaje en busca del protagonista de El desencanto, el mejor reality show rodado nunca en España. Escurridizo poeta maldito, hijo del franquismo y ex-politoxicómano, Leopoldo María Panero es nuestro Daniel Johnston particular: un chiflado genial adicto a la Coca-Cola y venerado por la élite cultural.

Teníamos dudas de que su centro de salud mental le diera permiso para ir a la presentación del nuevo disco del único grupo que le gusta: Prin La Lá. Pero nada más sentarnos en el AVE le vimos dar bandazos rumbo a la cafetería. Un numerito que repetiría cuatro veces más durante el trayecto. Nuestro siguiente encuentro llegó de noche en el Palacio de Viana, justo antes de verle invadir descalzo al escenario reservado para el grupo de Fernando Vacas. Le saludamos.

El plan era comer con él al día siguiente en El Astronauta y conversar, por lo que de madrugada matamos el tiempo con los amigos de la zona. Se bailó y se cantó. Algunos de ellos consiguieron acudir frescos a nuestra cita en el restaurante. Panero no. Nos contaron que meó fuera del tiesto y, aunque no entraron en detalles, supimos que los médicos le reclamaron. Nuestro tren salía en una hora. Como (casi) dice la canción, casi conocimos a Leopoldo María Panero. Y creemos que, de algún modo, es mejor así.

Fotos: Sergio Albert Avilés

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Bienvenidos a la nave del misterio.

Jeroglífico.

Bodegones lo máximo.

Aquí es dónde váis a empezar a pagar con sudor.

¿Super Padre Cucharón?

Lynch.

«Leopoldo ¿qué tal si te bajas del escenario?»

Miedo.

La contraseña es Fidelio.

«The best»

Cine de verano.

Kiss the future.

Esto es bien.

Rezagados y globos.

Primos.

Yo la vi primero.

Piloto AUTOMÁTICO.

Hola qué tal.

Tullido peleón.

Pues eso.

De los creadores de El desencanto.

Lentes progresivas.

No me pintes que no te veo.

Con esos ojitos, sí, con esos ojitos.

Venga vale va.

Leopoldo María nos plantó pero encontramos otro «panero».

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