Todo era silencio en Concha Espina aquella noche en 2002. Real Madrid y Deportivo La Coruña jugaban la Final de la Copa del Rey bajo un marco especial: el conjunto merengue cumplía cien años de vida y, tras haber hecho todo lo posible —que para un equipo con tal poderío incluye lo que para otros sería imposible—, consiguió que el duelo máximo, avocado a disputarse en sede neutral, tuviese lugar en el Santiago Bernabéu. Nada más y nada menos. Los Zidane, Figo, Raúl y Morientes eran amplios favoritos para conquistar el trofeo que más casa con la personalidad del equipo, y con ello alargar la fiesta de tres dígitos. ¿Qué sucedió? Sergio González, Diego Tristán y compañía tenían otros planes. La Copa se fue a Coruña con un frío 1-2.
Ayer no sucedió algo muy distinto. América, el equipo de la soberbia que se ha acostumbrado a mirar a todo rival por encima del hombro —sigo sin entender el empeño de Ricardo Peláez por catalogarse como un equipo que antepone la humildad cuando América, por mera tradición, es todo menos eso—, se dispuso a hacer del clásico del centenario una auténtica fiesta. Acomodaron sillas y mesas, inflaron globos e incluso negociaron la libertad condicional de alguno de sus invitados para que la expulsión sufrida en el último encuentro no afectase el jolgorio. El Águila, ave rapaz, extendió sus alas; no supo hacia dónde volar.
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Habrá que decir que Chivas ya ganaba el encuentro desde que saltó al campo. América decidió conmemorar su centenario con el uniforme más triste que haya vestido en los últimos años; incluso aquellas bizarras plumas que vistieron futbolistas de la talla de Daniel Bilos o Lucas Castromán imponían más. La indumentaria actual es un deslavado auténtico; un color crema que va perdiendo la poca intensidad que tiene de manera inevitable —ahora que, exponiéndolo de esta forma, podría ser un buen homenaje al encuentro que brindaron—. Los rojiblancos, por su parte, saltaron al Estadio Azteca con un uniforme que evocaba glorias pasadas y terminó por traerlas a esta fría noche de agosto. No me queda claro si Chivas impuso más a partir del balón o de la tela, pero todo desembocó en un inapelable 0-3.
Es necesario detenernos en Isaac Brizuela: el partido del ‘Conejito’ fue, en el mejor sentido de la palabra, absurdo. No supo pararlo absolutamente nadie, e hizo con el pobre Osmar Mares —de verdad espero que al término del partido alguien le haya regalado un abrazo— lo que quiso. Su superioridad fue francamente abrumadora, y cuando además de generar ventajas durante todo un partido consigues hacerte presente un par de veces en el marcador e inventarte —porque él lo fabricó todo— el gol que cierra una noche histórica, es para que tu nombre quede inmortalizado. Brizuela celebró su convocatoria a Selección Nacional partiendo en dos al América.
Lo demás, un baile. Hubiese sido normal que Chivas, al encontrar pronta ventaja, se aventase para atrás a partir de entonces y buscase explotar absolutamente todo al contragolpe. Por lapsos eso hizo, pero nunca firmó que semejante guión de partido se mantuviese de manera sostenida. A los de Matías Almeyda —es un gusto enorme que cada vez se le reconozca más y más el gran entrenador que es— no les dolía tocar la pelota una y otra vez. Sin destino fijo, sin rumbo claro, sin mayor objetivo que desatar la desesperación local. Los tapatíos danzaron por la grama de un Estadio Azteca dividido entre el éxtasis y la desazón. No era complicado que hubieses series de pases en que los once rojiblancos tocaban la pelota. El hartazgo de los de casa lo reflejaba Silvio Romero: ser ‘9’ americanista debe ser uno de los mejores empleos disponibles en México; es estar destinado a ser temido y venerado a partes iguales, además de que es difícil que te falten jugadas que materializar con un simple toque. Pues ayer no le llegó ni el aire; naufragó a pocos metros de Rodolfo Cota y, desesperado, optaba por botarse a los linderos del área para por lo menos acariciar la pelota un momento. Cuando lo hacía, con el alma de artillero que carga, buscaba desde allí culminar la jugada; no fueron pocas los disparos que el guardameta visitante hubo de contener simplemente poniéndole pecho a las balas.
Chivas jugó con el 0-2 gran parte del encuentro, y fue una genialidad de Isaac Brizuela —qué centro, por favor— la que selló el tercero. Era importante, era vital conseguirlo. Entre el bautizado como marcador más engañoso y un concepto tan frío y cruel como lo es el tresacero hay varios mundos de distancia. América sufrió el centenariazo en el Estadio Azteca, y todos podremos volver a esta noche en los libros de historia balompédica. La imagen de Matías Almeyda tras el segundo gol es la de todo el universo rojiblanco. Cuando en un deporte en el que perder es lo normal, y ganar es únicamente levantarse para luego volver a caer, gozar de tal catarsis es una auténtica —y preciosa— excepción.
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