Dos mil once. Más allá de la cúpula del trueno. Bin Laden santificado. Hace veinte años del Así me gusta a mí. Chimo Bayo, elevado a embajador de una época, está a punto de cumplir los 50. Anoche mismo un ex bakaluti se le colaba en el backstage: “Me jodiste la vida en el 89, yo quería estudiar, al menos fírmame un autógrafo”.
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Flashback a mil novecientos ochenta y mil. España es de puta madre. Valencia, páramo natural, ha generado un sistema de fiesta basado exclusivamente en el baile, las rulas y un circuito de discotecas que está atrayendo a belgas y alemanes a lo que parece una Ibiza previa a Ibiza. Nitzer Ebb, Front 242, ésta sí, ésta no, techno industrial, EBM y buen rollito.
Llegan los noventa, la Guerra del Golfo. La red de garitos y lo que allí se cuece cada fin de semana se conoce ya como Ruta del Bakalao y se lo empieza a estigmatizar desde los medios, coincidiendo con el establecimiento en España de la telebasura. El sensacionalismo y un notable montante de falacia tienen un efecto contrario al que se busca, precipitando la masificación y con ella la devaluación de las drogas y del calibre humano. En su ensayo En èxtasi, que recorre aquella movida desde sus inicios hasta su cese, el periodista Joan Oleaque sitúa el instante final cuando al cerrar el after correspondiente la autoridad se encuentra un chorongo caliente en medio de la pista. Nada más cercano a la idea de sublimación y cese que una mierda humana, así que parece hora de echar persiana no sólo al local sino a todo el tinglado. De allí ya no puede salir nada bueno. Nada mejor.
Vice: Chimo, eres responsable de toda una generación con problemas de oído, ¿cómo lo llevas?
Chimo Bayo: Yo, mira, desde los ochenta voy al otorrino una vez al mes. Tengo una particularidad, y es que he aprendido a cerrar el oído. Un mecanismo de defensa ante las agresiones externas de tantos decibelios que o lo tienes o no lo tienes. Ocho horas pinchando, es complicado. Últimamente he visto muchos DJs con tapones para filtrar la frecuencia, pero mi concepto es el de un grupo. Para mí es muy importante percibir el sonido muy perfecto porque tengo que cantar encima o improvisar cosas, meter letras, así que necesito mucha caña, notar la potencia del lugar.
¿Sigues disfrutando?
En el escenario es cuando más. Si el sonido va bien, que eso a veces también es un problema porque requiero unas características técnicas especiales, disfruto mucho. Creo que mi fuerte es el directo. El público joven al que le han hablado de mí se merece verme y tengo mucho respeto porque no se les caiga el mito, que no se sientan defraudados con lo que les ha contado su padre o su tío o su hermano mayor.
¿Desde dónde llegas tú a la EBM?
Yo he vivido todas las épocas. Cuenta que empecé en el 82, pinchando funky, que ya te da el ritmo. Luego viene el techno, el funky blanco, los nuevos románticos, el sonido alemán, DAF, Visage antes, Classix Nouveaux…, muchos grupos, incluso Ultravox. En principio no eran canciones para bailar, pero eso es lo que conseguimos nosotros, hacer de ellas Electronic Body Music manteniéndoles lo oscuro.
Lo petas en 1991 con Así me gusta a mí. Instantáneamente, en cuanto sale.
Antes, en realidad. Durante las sesiones la gente venía a pedir cintas, y llegó un momento en que era imposible repartir doscientas cintas, así que empecé a pedir tres mil pesetas por cada una. “¡Tres mil pesetas es muy caro!”, y así ya sabía que a ese no le interesaba, que ese pedía la cinta en todas partes. Otros respondían: “¡Lo que haga falta, aunque cueste veinte mil, la quiero!”, y a ese nunca le cobrábamos. Era un filtro para saber quién la quería realmente. Luego, cuando salió la edición limitada de tres mil ejemplares, hecha en Londres, con el vinilo de color naranja, estaba vendida antes de hacerse.
Y mira, número uno en Israel, Japón rendido… Tú ya confiabas en el melocotonazo, ¿no?, lo andabas buscando.
No, no, no, yo iba a mi bola absolutamente. De hecho, cuando una compañía se interesó por sacarlo, que era además la gente que más me odiaba de Valencia, con los que yo no tenía realmente trato, sentí que lo hacían para humillarme. Fue la única gente que dijo que sí pero para que yo me sintiera mal, porque no confiaban en vender nada. Me dijeron que teníamos que ir “a pérdidas” y dije que sí porque lo habría hecho gratis, porque yo lo único que quería era que mis nietos supieran que su abuelo estaba loco. Esa era mi manera de pasar a la historia, que mis nietos tuvieran un disco de su abuelito. Así que me hice cargo. Normalmente, en ese tipo de contrato, te tocaba pagar un 12% si había pérdidas, pero a mí me endosaron un 33%. El 33% de 180.000 pesetas, que es aproximadamente lo que costó fabricar la primera tirada. Vamos, que si alguien tuvo facilidad para hacer un disco, no fui yo. Lo mío era creatividad altruista, y me topé con tanta gente que decía saber del tema como para enviarlos a tomar por el culo a todos. Si aquellos gilipollas hubieran sido inteligentes igual yo no estaría ahora aquí, porque habría sido peor, porque seguro que no me habrían pagado y yo no me habría encontrado bien en esa situación. Lo retrasados que eran y la poca confianza que tenían en el artista se convirtió en un beneficio para mí. Y cuidado, antes había estado dos años intentando que me lo sacara alguna compañía y nadie quiso, porque me decían que cambiara el uhá, que si el chiquitán no pegaba y yo qué sé. La gente no tiene ni puta idea de nada nunca.
Es que eran letras difíciles, las tuyas, se te fue un poco el níspero ahí.
No, no, no, mis letras son letras polivalentes.
Chiquitan, chiquiti-tam-tam-tam, que tum-bam-bam, que tum-bam, que tepe-tepe-tam-bam-bam, que tum-bam, que pim. La verdad es que ese canto es inmortal.
Bueno, son letras que permanecen en el tiempo porque son interactivas con la persona, y cada uno descifra lo que quieren decir, cada uno tiene su versión. Son temas tan libres que cada uno puede interpretarlos como quiera, y llegar a eso es muy difícil. Podría haber hecho tres iguales, pero eso me parecía engañar a la gente, y a lo mejor también a mí. Prefiero hacer poco bueno que mucho igual.
Pero tengo entendido que aquellos temas los compuso Germán Bou.
Bueno, yo el personaje lo tenía ya en el año 87, en la discoteca Arsenal. Allí empecé a actualizar mi micro. La primera mesa de mezclas con sampler, la Numark, la utilicé yo, y a partir de que la utilicé se vendieron 28 unidades en nada, en un año, para DJs profesionales. Llevaba ocho años pinchando, primero igual Police que Stevie Wonder, pero siempre con gusto por cierta música oscura. En mi evolución del funky americano duro a la música electrónica me inventé la historia del DJ que pinchaba y hablaba por el micro, hasta que cogí mi estilo, siete u ocho años después, cuando ya todo me parecía poco y empecé a cantar en directo, a crear las letras sobre bases electrónicas de discos, de caras bes. Sobre la canción Submarine Dance de Signal Aoud 42 creé la de Química. El Extasí, Extano la creé cantando encima de una base de un disco que se llamaba Beso francés… El chiquitán, los uhás y todo. Dos años después me metí en estudio a trabajar con un músico que era Germán Bou. Estuvimos un mes trabajando hasta que conseguí lo que quería. Era importante colaborar con alguien que no tuviera idea de lo que ocurría en las discotecas, eso le dio a las canciones su toque atemporal. Les dimos el punto de baile pero con concepto de techno clásico, para que durasen en el tiempo. Germán Bou hizo un trabajo muy bueno.
Y el éxito duró lo que duró, como la Ruta, que ¿tal vez tuvo una vida natural y murió cuando tenía que morir?
No, no. Hubo un ataque directo e institucional. A los dueños de discotecas se les metió una presión muy grande, y como había un poco de esparcimiento y de jiji, jaja, lo que ocurrió, lo que hicieron los dueños de las discotecas, tan inteligentes, y lo digo en plan irónico porque no tenía ni puta idea ninguno, fue bajar el nivel, poner música más comercial pensando que así irían más chicas, creyendo que si iban más chicas se calmaría un poco la diversión en los parkings y las broncas y todo eso. No arreglaron nada, claro, y al final lo que ocurrió es que la Ruta se convirtió en algo comercial, muy patético, y dejó de ser la punta de lanza que había sido a nivel nacional. Valencia se diluyó sola a partir de esa presión. Hasta el año 91 o 92 creo que era un paraíso en la tierra, donde no había conflictos y ni siquiera accidentes de coche, porque si había uno de entre cincuenta mil personas que se movían en una noche, no creo que fuera un porcentaje demasiado grande. En ese sentido, en el fútbol hay más problemas y no se contemplan.
La idea que se daba de la Ruta era de orgía y de disolución absoluta. ¿No había límites?
Pues no sé, tú me ves aquí. Yo la Ruta del Bakalao la he vivido, he trabajado en ella, y eso es interesante recalcarlo, porque cuando uno está ocho o nueve horas trabajando cara al público, pues muy colgao no se puede ir.
Pero mucha gente se quedó pillada allí, en el camino.
Como en cualquier movida, claro. Y habrá gente de esa época que se habrá quedado pillada sin salir de noche. Yo creo que se magnificó de una manera extravagante. Curiosamente, al principio de todo aquello, lo que había en Valencia era muy buen rollo. Tan malas no serían las drogas si la gente estaba en tal armonía. Luego sí degeneró bastante, pero yo creo que todo iba en conjunto, que las drogas empezaran a ser malas tenía que ver con el hecho de que se magnificase todo. Y ahora mismo, si miras a la juventud actual también verás una agresividad importante que no corresponde. Están pillados demasiado jóvenes. No sé.
Y el legado de la Ruta, ¿cuál sería?, ¿las gogós en las discotecas y andando?
Bueno, y los drags, también. La ruta yo creo que fue una revolución social, pero cultural no. La Movida madrileña no tuvo la repercusión internacional que tuvo la ruta pero sin embargo aquí no se crearon temas que hoy sigan dando testimonio de lo que fue esto. En la Movida habían letras, un poco patéticas y lo que tú quieras, pero que hoy dan la idea de lo revolucionario que era aquello. A la Ruta yo le echo en falta que no se cantara en castellano y que no se hicieran letras hablando de lo que estaba pasando.
Pero es que eso entra en contradicción con el hedonismo sensorial en que se basaba, que ni necesitaba mensaje ni podía encajarlo.
Claro, pero habría estado bien pasar un poco a la historia con más entidad moral, el haber reivindicado algo, la libertad y el “bienvenidos al paraíso”, y la exigencia de divertirte sin que te coarte un horario. Pero sí, la Ruta se quedó en “sentir”, también por la idiosincrasia de los valencianos. Bailar, carne de gallina…, eso está ganado de calle, eso se hizo, pero para que nos hubieran respetado un poco habría que haber hecho algo juntos. Pero allí cada uno iba a su bola. La mayoría de DJs, amigos míos, tenían prohibido poner el Así me gusta a mí en treinta kilómetros a la redonda de donde yo actuaba. Eso ocurrió, era cosa del empresario, normal. Y, por otra parte, nosotros tampoco estábamos capacitados para generar canciones, pinchar, crear eventos… No podíamos con todo.
¿Y cómo se vio desde Valencia aquel reflejo que tuvo la Ruta en Barcelona, donde ya no sé si se le llamaba bakalao o mákina o qué?
El término bakalao hoy se relaciona con las drogas pero no es más una etiqueta que se generó en una tienda valenciana en la que se vendía música electrónica. Cuando un tema era bueno, cuando tenía mucho ritmo, su puntounderground y acoplaba mucho en las discotecas que tenemos aquí y que entonces eran absolutamente de vanguardia por la música que se ponía, que era elección y responsabilidad del DJ, decían que ese tema tenía bakalao. Estamos hablando de canciones que iban a 125bits. Luego, en Barcelona, se llamó bakalao a toda la música que iba muy rápida. A mí siempre me pareció un término un poco peyorativo. ¿Sonido bakalao? No, perdona, sonido Bayo, lo mío es muy personal. Aunque con los años he acabado tomándomelo como un apelativo cariñoso de toda la gente que ha sobrevivido a aquella época.
Ahora en Barcelona tenemos el Sónar, que es un poco una Ruta vestida de seda.
Del Sónar nunca me han llamado… Estos festivales han nacido a partir de todo aquello pero yo creo que tienen un problema, y es que con lo de la vanguardia, con lo de mirar tanto para adelante, se olvidan de mirar hacia atrás. Mirar de dónde han sacado ese concepto de vanguardia, porque más vanguardista que Valencia no hubo nada.
Pero se da por hecho que un éxito como el que tú viviste no se alcanza si no es dando algo de nivel bajo.
Me da exactamente igual lo que digan. Yo he sido comercial pero no he sido comercial, sólo he hecho asequible la música electrónica a la gente corriente. Mi canción lleva veinte años y parece que sea comercial, pero cuando salió era la cosa más transgresora del mundo. Mira, yo creo que fui el primer DJ de España que hizo bolos, en el año 87. Wally Lopez me llevaba la maleta con 15 años, y esto no es algo peyorativo, todo lo contrario, lo digo para dar una idea: él me confeso haberse hecho DJ por mí. En muchos casos luchamos con espadas de madera con gente que tiene ametralladoras. Me da un poco de vergüenza la gente que va de moderna y que no sabe que todas las cosas vienen de algún sitio.
¿Cómo se te ve aquí en Valencia, a día de hoy?
Pues me siento respetado. En la época de la ruta estábamos todos estigmatizados, se nos veía como demonios, pero no somos tan malos como nos pintaban. Yo creo que hemos hecho feliz a mucha gente. Marcamos su juventud o al menos una época muy bonita de su vida. Los olores y la música es lo que más te hace recordar, y en ese aspecto me siento muy querido, en Valencia y en todas partes, porque se me ve el plumero y se me ve como una persona divertida, entrañable y también creativa. Ahora tenemos una discoteca que se llama El Templo, y a partir de ahí empecé a investigar un poco sobre los templarios, que eran monjes guerreros (aunque lo nuestro no tiene nada que ver con religión, eh, nada de nada) y leí una frase de esta gente que decía algo así como “No somos polvo, somos magia”. Ahí me veo yo reflejado. Somos neotemplarios.
Siempre he pensado que los valencianos estáis todos un poco zumbaos…
Yo no, yo sobreactúo. Yo estoy mucho peor, yo me hago el normal. ¿Has parado la grabadora o no? Trae, párala.
¡Deja!
Esto no se puede poner, ¡adiós!
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