Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar en las mesas de novedades.
Se trata de la primera novela de la artista y escritora Tania Barberán Soler en donde extiende las posibilidades de la narración a la disposición visual del texto. Cuando hallen las sombras está contada a siete voces. Te traemos una probadita de este libro recién publicado por la editorial Sur+.
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5. En memoria por todos los que han sido arrancados de sus propiedades y familias sin razón
Acurrucado al pie del portón entre las grietas del cemento —extraño lugar para ocultarse—, un alacrán simulaba no ser. Al agacharse todavía con las cartas en la mano, Nadie descubrió una gorda alacrana, en proceso de dejar de serlo y con febril actividad en su espalda: decenas de alacrancitos se la comían.
Hace un par de años encontré un tlacuache muerto, con su cola rabona y todo, también en la entrada de la casa. Me pareció una clara señal de que se acercaba el fin del mundo. Lo mismo cuando casi piso en el camellón una cola de gato arrancada de cuajo. ¡Uf! Ya demasiadas veces he constatado que cuando piensas que llegó el final, —del mundo o de lo que sea—, tan sólo atisbas un posible principio.
Colecciono ejemplos. Presenciar pasmado un pleito en un restaurante de comida rápida, me dejó convencido: o se acerca el fin del mundo o ellos (creo que los mismos que Lucía culpaba de robarnos las palabras), lo traen de los pelos… a la rejilla de presentaciones.
El viento cortante del mar los empujó al
único lugar abierto con asientos donde
refugiarse. Un sórdido Pollos Popeye.
Los recibió, sin mirarlos siquiera, un
amontonadero de chavos groseros y
apáticos
detrás del mostrador, lidiando con montañas
de papas, pedazos de pollo, vasos para
refresco y máquinas registradoras. De fondo
un olor a aceite requemado y rancio.
Ya sentados, lo que parecía una agitación en
la cocina por una rata o algún otro bicho, se
coaguló en un cuchillo cebollero con playera
morada empuñado hacia otra mancha
morada que retrocedía con impulso de
vendaval hasta un extremo. Los demás, en
una coreografía dentro de una pecera
inclinada, iban de un lado a otro del
mostrador entre tratando de impedirlo y
quitándose. Cristales rotos y gritos.
Un policía que comía sentado se metió,
pistola por delante. Más gritos. El policía
sacó de un jalón al chavo de atrás de la
máquina de refrescos, que seguía insultando
histérico al que se había salvado de ser
ensartado. La aparición de la pistola no
modificó en nada su actitud, le valió madres
y siguió manoteando con una energía
imparable para que lo dejará pelearse en paz;
estaba enojadísimo.
Llovieron por las puertas policías —hombres
y mujeres— y ruidos de radio de varias
patrullas que llegaron de la nada (se me
olvidó decir que fue en Nueva York, aunque
tal vez no es necesario aclararlo). Además
afuera, literalmente la nada, se armó el
barullo, mucha gente se agolpó por las
ventanas a mirar desde una distancia
prudente, a
los de dentro que estábamos medio parados
con intención de salir, la puerta copada por
gorilas.
Fue un instante pero entre las muchas
playeras moradas tras el mostrador, los
muchísimos policías, los clientes y los
mirones, se armó toda una sinfonía de
histeria colectiva silenciosa que escuchaba
al chavo boca abajo en el piso con tres
policías encima debatirse como culebra, sin
dejar de insultar al mundo entero.
Estar esposado y que lo escoltaran no
impidió que con la cabeza en alto siguiera
gritando a su compañero de cocina —al que
sacaron por la otra puerta, también con las
manos a la espalda—, pero ahora a los
policías y vete saber a quién más.
Un policía, ya de salida, con cara de salvador
eficiente le sonrió a un niño que callado
miraba todo y en respuesta obtuvo una cara
de ni se te ocurra acercarte de parte de los
padres.
En el acomodar el incidente después y las
risas por el susto, Nadie dijo que la escena
además de peliculesca era síntoma de algo
que hay en el aire en este país, que se
impone a la gente, que la gente de por sí no
es así, esa manera de responder, esa histeria,
ese miedo… Uy, su amigo dijo que de qué se
quejaba si México es el lugar más violento
del mundo, que como se le ocurría, que en
todos lados la gente se pelea.
Sí, pero no así, no así.
Se quedó mirando por la ventana, a la nada,
contento de que estuvieran bien, de que el
cuchillo pero sobre todo las balas de la tira
no hubieran lastimado a nadie.
Pensó en lo que les esperaba a los dos
chavos, negros, detenidos… ¿y esa
violencia?
Anteriormente:
Lee más adelantos en nuestra columna semanal La pura puntita.
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