Un misterio se define como algo de difícil explicación, oculto o extraño. Curiosamente mucha de la producción visual del siglo XXI, incluyendo el arte contemporáneo, podría caer bajo esa definición primaria. Para efectos prácticos me referiré a misterio como esa pieza faltante de información que una imagen nos evidencia. Es decir, si estuviésemos frente a un rompecabezas armado al que solo le falta una pieza, el misterio sería la pieza faltante. Esta idea del misterio, me sirve para entender los cómics del artista chileno Felipe Muhr.
Conocí a Felipe Muhr hace un par de años, cuando ambos vivíamos en «Reinas», el popular distrito de Queens, en la caótica Nueva York, haciendo una especie de Musha Shugyō del dibujo, es decir un viaje de peregrinación al estilo de las películas de monjes Shaolin, pero en vez de buscar peleas y desafíos callejeros, nos dedicamos más bien a explorar el epicentro del voltaje ilustrado y las revistas impresas con dibujitos de nuestro hemisferio.
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Felipe es un talentoso dibujante que tiene una particular atracción por los museos de ciencia, los dinosaurios y los libros de Calvin y Hobbes. Mucho del tiempo que pasábamos juntos se transformaba en conversaciones sobre artistas, técnicas de dibujo o las similitudes y diferencias de nuestras vidas en Bogotá y Santiago.
Su trabajo gráfico es depurado, catalizando influencias de artistas europeos de esos que uno estudia en la escuela de arte, con artistas del cómic americano como Carl Barks, Bill Watterson o Hank Ketcham. Un trazo preciso, una sólida estructuración, y una fluida pero equilibrada composición. Se preguntarán ustedes entonces ¿Dónde está el misterio en la obra de este artista?
El misterio está en la narración. Si bien cada uno de sus dibujos posee una lógica bastante clara, al convertir esos dibujos en una secuencia de cómic lo que se obtiene es un multiplicador de ambigüedad y polisemia. Los paneles que usualmente contienen una delimitación espacio temporal limitada, parecen expandirse y contar más allá de lo que está siendo dibujado. En la secuencia Atoms, se ven los átomos de un gato llamado Átomos, pensando. En el siguiente panel vemos que Átomos está acostado sobre el regazo de Albert Einstein, o más bien sobre los átomos que conforman la estructura que conocemos como Albert Einstein. En el siguiente panel los átomos de Einstein piensan sobre lo que piensan los átomos del gato Átomos. Al final, los átomos de la «señora Einstein» se acercan para ver como los átomos de Einstein piensan sobre lo que están pensando los átomos del gato llamado átomos, en un loop del lenguaje y de las leyes de la física del cómic, que pondría en aprietos al doctor Emmet Brown (Volver al Futuro) si tuviese que explicarlo a Marty Mc.Fly.
¿Qué nos quiere contar este artista con su secuencia de átomos? Quizá que el universo es tan complejo como divertido, o tan simple como complejo, o tan absurdo como lógico. Quizá sean todas estas cosas simultáneamente «del mismo modo y en sentido contrario» como dijo alguna vez alguna fugaz filósofa pop de la farándula colombiana. No sería entonces una casualidad el título que Muhr asigna a sus comics: Natural Stories, ya que estaría haciendo énfasis en la aparente simplicidad científica de la narrativa, para señalar de forma irónica lo misterioso que puede llegar a ser el mundo.
Otro cómic misterioso, titulado Monuments , nos narra la historia de una mujer rica, que hace 50 años donó su colección personal de 60 piedras al Museo de Antioquia en Medellín, y entre las que se incluyen cosas como fragmentos del pavimento de la basílica de San Pedro en Roma, una piedra de la acrópolis en Atenas o una roca del lugar donde se llevó a cabo una batalla de la tercera cruzada. El cómic nos muestra solo ocho objetos de la colección de monumentos, por lo que inmediatamente podríamos preguntarnos ¿Cuáles son las 52 piedras restantes? ¿Cuál sería el criterio de la colección? ¿Esta situación resulta algo cómico, patético, absurdo o curioso? ¿es un cómic sobre la ingenuidad o sobre la precariedad? ¿Por qué tomarse la molestia de dibujar con tanta elegancia un pequeño pedazo de la abadía de Santa María la real de las Huelgas?
Otro cómic que resalta las propiedades «dibujables» de los sencillos objetos cotidianos es Paperclip Variations, en el cual se taxonomizan las múltiples torsiones de un clip de escritorio como posibles proyecciones de un estado mental o un rasgo de personalidad, de esta forma un bucle sencillo puede ser pacífico y un bucle más un giro en reversa puede ser agresivo. En este caso el dibujo se torna exquisito y por momentos recuerda a las precisas e impecables ilustraciones científicas de los artistas viajeros y exploradores del siglo XIX, teniendo en cuenta la más mínima variación del clip para elaborar cada dibujo con precisión casi matemática. Al mismo tiempo Paperclip Variations podría interpretarse como una burla a la psicología pop de los libros de supermercado, que buscan aumentar sus ventas al reducir la complejidad de las acciones humanas a conceptos muy fáciles de digerir, estereotipos simplistas o enunciados de marketing tipo «el stress pasó de moda, ahora lo cool es ser bipolar».
Es importante señalar que Muhr explora dos conceptos en sus cómics que parecieran ser antagónicos pero que sus dibujos hacen ver más cerca que nunca: la racionalidad y el humor, o más bien el sentido de la lógica y el sentido del humor. Esto se ve muy claro en el cómic Scientific Worries, el cual narra una especie de entrevista a científicos que responden acerca de las cosas que les generan preocupación y se yuxtaponen respuestas como la muerte de las matemáticas, la singularidad cósmica del tiempo, el armageddon, la homogeneización de la experiencia humana y la preocupación causada por el exceso de preocupaciones.
Son múltiples los interrogantes que nos revelan los cómics de Felipe Muhr, son múltiples los misterios que son señalados a través de sus dibujos. Misterios divertidos, misterios cotidianos, misterios conjurados a partir de situaciones aparentemente lógicas e incluso aparentemente científicas que son plasmados con elegancia en trazos y paneles.
Ya lo decía el propio Einstein: «La experiencia más bonita que podemos tener es el misterio. Es la fuente de todo el arte verdadero y la ciencia real».
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