DEVICE – FIFI TRIXIBELLE MEETS ADOLF HITLER

Al loro: hoy inauguramos una nueva sección en Viceland. Será mensual y se llamará Device, porque así lo ha querido Mike Ibáñez. Un fuerte aplauso para este escritor/agitador con el que bebemos de vez en cuando y al que no hace mucho entrevistamos a raíz de su primera incursión en la ficción: “ultraBrutal”. Esta vez diserta sobre hasta qué punto los nombres raros de cojones conllevan cierta inclinación hacia la delincuencia.

La civilización latina acuñó hace un montón de siglos un dicho: nomen omen, o sea, en todo nombre hay un augurio, un presagio, una sentencia. ¿Marca el nombre con el que te bautizan? Según el estudio First names and crime: Does unpopularity spell trouble? elaborado por David Kalist y Daniel Lee y publicado en el Social Science Quarterly, la respuesta es ¡SÍ! La tesis: los nombres de pila raros están asociados en mayor proporción al delito que los nombres corrientes. ¡Cuidado!

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Los autores construyen un Índice de Popularidad del Nombre en el que Michael, que es el más corriente en los USA, tiene una puntuación de 100; los menos corrientes como Kareem o Malcolm, tienen un 1. La conclusión es que, bauticen a blancos, negros, hispanos, tanto da, los nombres más raros son estadísticamente los más asociados a la delincuencia ya que, dicen, abundarán en hogares problemáticos, en barrios de bajo estatus social y económico, o en familias desestructuradas. Y, además, el nombre raro a menudo dificulta la relación social del individuo en la escuela o en el barrio.

Tenemos un ejemplo que puede confirmar la tesis Kalist-Lee, y son los Campbell, honesta familia de rednecks, de genuino White Trash americano, un matrimonio de palurdos tarados del municipio de Holland, en New Jersey, a los cuales el modo de bautizar a sus hijos encima ha colaborado en que pierdan su custodia. Efectivamente Heath y Deborah Campbell se han quedado sin sus tres retoños, las gemelas Jocelyn Aryan Nation y Honszlynn Hinler Jeannie, y el heredero, el champion total: Adolf Hitler, tal cual. La familia tuvo sus quince megas de fama hará un par de años cuando fueron a ShopRite, una cadena de supermercados a encargarle un pastel de cumple para el nene, y los de super, remilgados, se negaron a poner lo de “Happy Birthday Adolf Hitler Campbell” en la tarta. Los Campbell tuvieron que vagar como almas en pena hasta Pennsylvania, hasta un Wal-Mart -sin duda los campeones- para que Adolf Hitler tuviera pastel de cumple. Y de regalo, ¿quizá, un molinete con las aspas en forma de esvástica? Posteriormente han sido noticia porque los servicios sociales les han retirado la custodia de sus hijos, básicamente por ser Heath & Deborah, además de un par de supremacistas naïfs, unos borderlines de tomo y lomo (y un mito psicotrónico instantáneo de New Jersey junto al Toxic Avenger y al rock-freak Bruce Springsteen).

Muy bien, Adolf Hitler Campbell es posible que acabe en el talego o viviendo en el trailer park donde lo hacía el mítico Earl Hickey, totalmente alcoholizado y/o preñando a sus propias hijas, cosas que por otro lado forman parte del pintoresco universo folk de la Basura Blanca americana. Pero, ¿qué esperar de críos y crías bautizados como Fifi Trixibelle, Pilot Inspektor o Moxie Crimefighter? Esos nombres tirando a grotescos, ¿les abocarán al delito? La respuesta, contradiciendo las tesis Kalist-Lee, es: ¡NO! O no necesariamente. Fifi, Pilot o Moxie vivirán en barrios exclusivos, tendrán la mejor educación, todos sus caprichos serán cumplidos y en el caso de delinquir, tendrán los mejores abogados… Son hijos de celebrities –famosos del rock, cine, etc– y víctimas de una plaga mental extendida en esa pseudo-clase social: el bautizar de manera extravagante a sus retoños. La cosa empezó años ha con Zappa, que bautizó a sus críos Moon Unit (precioso), Dweezil (curioso) y… Diva Thin Muffin (ahí ya se le fue la pinza). Luego Bowie le pone Zowie a su nene. Y el nene a los 12 se cambió a Joey y a los 18 a Duncan. Pero de cracks como Zappa o Bowie pasamos a majaderos estrictos, como uno de los grandes farsantes de la escena rock de todos los tiempos, el católico irlandés Bob Geldof.

Su unión carnal con una especie de cortesana del Rock Bussines, Paula Yates, se concretó en tres hijas, los nombres de las cuales dispararon ya todas las alarmas: Fifi Trixibelle [la de la foto de arriba], Peaches Honeyblossom (!!) y Little Pixie (!!!), o sea, algo así como el caniche, el postre y el enano de jardín. La definitiva chaladura, el patente desequilibrio mental de Paula quedó posteriormente plasmado en el nombre de la hija que facturó con otra polla VIP, la de Michael Hutchence, el cantante de Inxs: Heavenly Hiraani Tiger Lily… ¡venga ya! Hay que decir que esta pobre criatura se quedó sin papi (suicidado) y sin mami (suicidada) a quien pedir explicaciones.

Luego está otro catolicón, el Bono, el Mesías –en realidad Anticristo– y retrasado moral que tanto nos pide limosnitas SMS para África como le compra –believe it or not– un billete de avión –first class– a su sombrero favorito para trasladarlo al próximo concierto. Pues Bono le pone al crío Elijah Bob Patricius Guggi Q (bueno, de alguien que decide que le llamen Bono…). Luego ya llegamos a la plaga, la epidemia. Notas dando la nota, estrellas, subestrellas, subtodo, de Nicholas Cage a Gwen Stephani, de Jason Lee a los Brangelina. Y así niños y niñas bautizados como Kal-El (el nombre “real” de Supermán), Pilot Inspektor, Moxie Crimefighter, Rocket, Maddox Chivan, Zuma Nesta Rock o Audio Science. Rob Morrow, el entrañable Doctor Fleischman en Doctor en Alaska o el intrépido agente Epps en Numb3rs, bautiza a su hija Tu. O sea: Tu Morrow, tócate el níspero… En muchos casos parece que sus papis se los toman a chufla, que sean meras extensiones de sus egos disparatados, que más que hijos tengan cosas, modelos de un juguete, muñecos y muñecas, chochonas. O más exacto, muchos nombres parecen NOMBRES APROPIADOS PARA MASCOTAS. Cinderella, Harajuku Bitch, Tinkerbell… No, no es que Bob Geldof haya tenido más hijos; son los nombres de los tres chihuahuas de la Diosa Definitiva Paris Hilton, y no desentonan.

Así, ríete tú de Onedollar, de Usnavy, de Yésulin. Se está conformando una generación mutante de juventud pija con extraños nombres. ¿Influye el nombre en el comportamiento? ¿Nomen Omen? Relativamente. Aunque, puestos, es menos cursi y pamplinas llamarse Jocelyn Aryan Nation que Fifi Trixibelle, lo que está claro es que todos estos bambinos y bambinas, en el caso de cometer un crimen concreto, parricidio, por el nombre con que los bautizaron tendrán, ricos o pobres, blancos o negros, un pedazo de atenuante. O incluso un eximente. Así, criaturas, la venganza es vuestra. Y que Elijah Bob Patricius Guggi Q se vaya poniendo manos a la obra, por favor. Gracias.

MIKE IBÁÑEZ

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