Una cripta profanada en una aldea cerca de Xianyang, Shaanxi.
Del interior emanaba un olor penetrante. Como el de una carnicería en un día caluroso mezclado con tierra y con la contaminación que en China parece estar en todas partes.
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La tumba había sido abierta por su parte frontal, dejando expuesta la entrada a la cripta. El espacio era suficiente para que desde fuera alguien pudiera extraer los cuerpos y nosotros echar un vistazo al interior. Otras tumbas habían sido abiertas, dejando hoyos de entre 2 y 2,5 metros de profundidad. No todas habían sido saqueadas. Algunas, intactas, se alzaban en la ladera, con incienso quemado esparcido ante ellas en áreas secas de terreno.
¿Por qué estábamos allí, en el norte de China, asomándonos al interior de tumbas profanadas? Bueno, buscábamos pruebas del robo de cadáveres. Habíamos oído rumores acerca de un mercado negro creado para satisfacer la demanda de cuerpos con los que cumplir con la tradición china de “bodas fantasma”, algo así como matrimonios convenidos en el que los contrayentes son difuntos.
El Más Allá está firmemente enraizado en el imaginario del pueblo chino, y gozar de una vida familiar al estilo tradicional es algo tan importante en vida como después de la muerte. En China, el concepto del otro mundo es más común que los de paraíso y condenación. En consecuencia, encontrarle una esposa a quien murió soltero es un asunto crucial.
Se pueden encontrar elementos de esta práctica remontándose hasta los tiempos de la dinastía Han (a los emperadores fallecidos se les enterraba a veces con sus esposas y concubinas vivas), y aunque abolidas durante la revolución cultural del viejo Mao, recientemente se ha tenido noticia de la reaparición de las bodas fantasma. Encontrando que la idea, en sí, sonaba romántica, partimos de la estación de tren de Pekín Oeste en dirección a Shaanxi, la provincia donde, al parecer, se estaban produciendo robos de cuerpos: novias para los solitarios difuntos chinos.
El tren arrastraba ocho horas de retraso a causa de las catastróficas inundaciones que anegaron gran parte de China durante nuestra estancia en el país. A bordo conocimos a unos chicos jóvenes con los que entablamos conversación, intentando nosotros llevarla hacia el tema de las bodas. Uno de ellos, que se presentó como Marlboro (su marca favorita de cigarrillos), dijo haber oído sobre esa costumbre, pero insistió en que hacía 200 años que no se practicaba. Con su indumentaria NBA y su forzado estilo americano, aquellos chicos representaban para nosotros la nueva China burguesa: apenas al tanto de la vida del grueso de la población china y poco inclinados a prestar atención a la tradición. El desconocimiento de Marlboro sobre el tema quedó despejado 12 horas después, cuando nos encontramos a nosotros mismos saltando dentro de tumbas abiertas como si fuéramos góticos hiperactivos.
En el exterior del funeral por el minero fallecido.
Por una suma equivalente a 11 euros alquilamos un taxi para todo el día. Ma, el conductor, accedió con una sonrisa a llevarnos al cementerio, exclamando, “Una vez lo hayáis visto nunca lo olvidaréis”. O algo se había perdido en la traducción o Ma era un tunante que intentaba llevarnos por la ruta turística. Tras una hora de viaje llegamos a un museo estatal que albergaba la tumba de un emperador de la dinastía Han. Con educación le dijimos a Ma que no era aquello lo que nos interesaba y que queríamos que nos llevara a un “cementerio plebeyo”. Aunque de mala gana, el taxista puso dirección a las afueras de su ciudad natal.
Nos llevó hasta un pequeño pueblo industrial llamado Xi’anyuang. Conduciendo por un camino de tierra, llegamos por fin hasta el cementerio. Ma nos acompañó hasta la entrada. “Tenéis diez minutos”, dijo, y volviendo al taxi se sentó de nuevo en el asiento del conductor. El cementerio, cubierto de maleza y lápidas agrietadas, estaba en la ladera de una colina, languideciendo bajo una fábrica de productos químicos. Aunque Ma nos había dicho que ya no se utilizaba, no tardamos en encontrar lápidas recientes, de 2009. Apremiados por el tiempo buscamos a toda prisa por las inmediaciones signos de profanación. Fue Sara quien los encontró al casi caer en un hoyo chapuceramente abierto; ocupando el lugar del cuerpo, un montón de arbustos y zarzas espinosas. Contamos un total de ocho tumbas profanadas, todas con aspecto de haberlo sido recientemente. Era evidente que quien lo había hecho tenía mucha prisa, ya que no era un trabajo realizado con gran delicadeza. Antes de que pudiéramos explorar más, Ma hizo sonar el claxon para que regresáramos. Estaba muy nervioso, y firme en su decisión de marcharnos inmediatamente. Más adelante supimos que en 2006 dos hombres habían sido descubiertos robando tumbas aquí, con la intención de proveerse de novias para bodas fantasma.
Hasta ese momento Ma se había referido con desdén a este tipo de bodas, pero tras sobornarle con cigarrillos finalmente aceptó hablar. “Si no hay cuerpos frescos, entonces abren una tumba y sacan el cadáver”, nos contó. Le preguntamos quiénes eran ‘ellos’ y nos dijo que la mafia china, que visitaba el pueblo con regularidad y robaba cadáveres por la noche para evitar toparse con la policía. Ma estaba muy ansioso; bajo ningún concepto deseaba cruzarse con la mafia, y allí, de camino al cementerio, había estado expuesto a las miradas de la gente que vivía en las casas en la falda de la colina. Pese a todo, de alguna manera simpatizaba con nuestra labor.
“Es un buen negocio, buen dinero, ganan 30.000 yuan por cada cuerpo”. Añadió rápidamente que las bodas fantasma estaban prohibidas desde 2007 y que el robo de cadáveres había declinado. Eso, en su opinión, era buena cosa. Desenterrar cuerpos era “asqueroso”, dijo.
Constructores de ataúdes en el Distrito Químico de la Mina nº 4, cerca de Datong, Shaanxi.
Entonces, con un macabro destello en sus ojos, mencionó a un emprendedor granjero de la provincia de Shaanxi a quien habían declarado culpable de asesinar mujeres y vender sus cuerpos para bodas fantasma. El secuestro y tráfico de mujeres no es algo insólito en China. Sin embargo, este granjero se dio cuenta de que podía sacar un beneficio cinco veces mayor si las novias estaban muertas. Estupefactos, nos quedamos pensando cuál podría ser la razón. Ma nos dijo que viajáramos al norte, a Shaanxi, y que allí nosotros mismos podríamos averiguarlo. De modo que lo hicimos.
Dos días más tarde llegamos a Datong, la capital minera del norte de China. Cercana a la meseta de Loess y rodeada de escarpadas montañas, la ciudad en sí es plana y está prácticamente asfixiada por el humo del tráfico pesado. Datong está cubierta de una densa capa de smog amarillo sulfuro en el que flotan partículas de polvo de carbón. Teníamos nuestras reservas acerca de si encontraríamos evidencia de bodas fantasma en este paisaje de edificios de cemento y minas desvencijadas, pero nos pareció que la atmósfera de peligro latente y la anomia urbana bien podían haber creado el caldo de cultivo propicio a la proliferación de tradiciones como, sí, las bodas fantasma. Año tras año la ciudad había aumentado su censo en varios millones de habitantes cuyo destino era trabajar en las minas, dificultando en grado sumo necesidades tan básicas como el suministro de agua corriente.
“Conozco a un experto en taoísmo”, dijo nuestro guía, Liu, entre sorbo y sorbo de Coca Cola. “Es el Maestro de los Lamentos”. A continuación llamó a su amigo Fuguo, conductor de taxi y pequeña celebridad local, quien nos dijo que nos llevaría a conocer al Maestro. Liu se mostró ambiguo al describir el lugar al que nos dirigíamos, pero como hasta el momento habíamos tenido suerte con los taxistas hicimos caso omiso de nuestros recelos. Finalmente nos detuvimos en un sucio villorrio llamado Mina de Carbón nº 4.
Fuguo llamó por teléfono y pronto nos condujo hasta un callejón decorado con coloridas flores de papel. Allí, una muchedumbre se arremolinaba en torno a tres músicos que tocaban frente a un altar cubierto de ornamentos de colores chillones. Era un funeral. Uno al que no habíamos sido invitados. Estalló una discusión y nos empezamos a sentir terriblemente incómodos. No obstante, nuestra oferta de cigarrillos para todos rebajó la tensión. Se nos invitó a unirnos a la ceremonia, que conducía el Maestro de los Lamentos en persona. Liu nos susurró que el Maestro aún tenía que encontrar novia para un hombre joven que había fallecido en un accidente minero, y que por eso al día siguiente depositarían el cadáver del minero en una tumba provisional hasta que le encontraran una pareja adecuada.
Se nos hizo espacio y nos sentamos. Los músicos se enzarzaron en una cacofonía de lúgubres lamentos, acompañando el monótono tañido de un violín chino de dos cuerdas. Sobre el altar se habían colocado unas viandas decoradas, rodeadas de otras ofrendas: cigarrillos, CDs, alcohol y hasta un coche de juguete, un Mercedes de papel. Una versión moderna de las ofrendas expiatorias de antaño en las tumbas imperiales. Hoy, cuidadosamente dispuestos sobre estanterías de supermercado, utensilios de cocina y accesorios de Gucci son quemados o enterrados para su uso en el otro mundo. El hermano del fallecido cogió un fajo de billetes y le prendió fuego. Liu, inclinándose para evitar una situación potencialmente embarazosa, nos susurró al oído que eran papeles, dinero acuñado por el inexistente Banco del Infierno. “Si vas al infierno, o al cielo, necesitas dinero para sobornar al Emperador. Como en la vida”.
Ji, casamentero y suministrador de cigarrillos cáusticos.
Preguntamos a nuestro guía si podríamos charlar con el Maestro, un tipo enjuto y nervudo de aspecto cabreado. Éste accedió a hacerlo una vez terminara el funeral, dándonos las señas de una calle donde tenía que ir luego a resolver unos asuntos. Nosotros tendríamos que esperar a que nos llamara.
Volvimos al coche, condujimos un rato, nos detuvimos y Liu, risueño, anunció: “Habéis llegado a la Calle de la Muerte”. Todas las tiendas ofrecían flores de papel, tumbas o lápidas, y en esas tiendas, según nos dijeron, se ocupaban entre otras cosas de localizar cuerpos para bodas fantasma. El propietario de una tienda, llamado Ji, nos dijo: “Cuando un cliente viene a mi tienda anoto todos los detalles del difunto y, de ser necesario, intento encontrarle pareja. Hace 22 años que llevo esta tienda y el negocio va bien”.
Después nos reveló que recibió recientemente el cuerpo de una mujer fallecida de 33 años y que lo tenía congelado en una morgue, a la espera de una pareja adecuada. Preveía ganar unos 30.000 yuan. La política china de “un hijo por familia” hace que el precio de las novias sea alto, nos dijo, y después le hizo señas a los dueños de las tiendas del otro lado de la calle. Estos se acercaron y se echaron a reír cuando Ji les explicó de qué hablábamos. Encendieron cigarrillos y se unieron a la conversación. Nos dimos cuenta de que estábamos con un cártel de casamenteros, gente muy acostumbrada a comerciar con cadáveres. Nos aseguraron que no obtenían mucho de cada trato pero que las familias complacidas les obsequiaban con pequeñas muestras de gratitud. ¿De qué otra manera podrían mantenerse alrededor de 100 tiendas en una sola calle? Cuanto más pensábamos en el tema más espeluznados empezábamos a sentirnos. Entonces Fuguo recibió en su teléfono la llamada del Maestro. No quería verse con nosotros en la Calle de la Muerte. En vez de eso, nos invitaba a té y cigarrillos en su casa. Montamos en el coche y nos dirigimos a su aldea.
Entramos en su modesta casa y nos pidió por señas que nos instaláramos junto a su cama. Se desabotonó la camisa y activó un ventilador para el asma. Se disculpó por su cansancio –era el día más húmedo en los 29 años que llevaba como director de funerales—y explicó que llevaba en pie desde antes del amanecer para atender las exequias por el minero muerto. Le preguntamos si se celebraría una boda fantasma. “Por supuesto”, soltó con irónica arrogancia. “Tenía 30 años y no estaba casado. Sus padres no pueden enterrarle en la tumba familiar hasta que le encuentren una [adecuada] esposa muerta. Mientras tanto han puesto su cuerpo en una cueva”.
Cajas de papel con regalos de boda para los difuntos, incluyendo gafas de sol Gucci, BlackBerrys y cuchillas.
“Hay cuerpos que pueden reposar en la cueva diez, veinte años. Es importante que el emparejamiento sea adecuado, y eso no siempre es fácil”. En el taoísmo, quiso dejar claro, hay varios criterios para determinar si un emparejamiento es adecuado o no. Estos criterios incluyen, por encima de todo, la compatibilidad astrológica según el I’Ching, pero también la edad y la causa del fallecimiento. Lo ideal es una muerte por enfermedad, mientras que la muerte accidental y el suicidio acarrean el estigma de la mala suerte.
Las bodas fantasma traen también un montón de beneficios. La familia de la novia, por lo general, está en buena posición para hacer regateos. Las familias más pobres pueden llevarse una dote o quizá hasta establecer parentesco con una familia de posición social más elevada. Sin embargo, la mayoría de la gente arregla las bodas fantasma por obligación con un pariente fallecido, para asegurarle una existencia pacífica en el más allá.
La ceremonia nupcial se lleva a cabo a la manera normal, si dejamos aparte la circunstancia de que los contrayentes no están poseídos por el amor o el deseo sino por el rigor mortis. Una vez tanto la novia como el novio reposan en la cripta familiar de la familia de éste, los nuevos suegros se intercambian obsequios y dinero, pagando asimismo al Maestro y al casamentero la parte que les corresponde.
Por lo que tenían de negocio organizado, con sus inevitables transacciones económicas, se nos hacía difícil decidir si las bodas fantasma de hoy suponen una renovación de las antiguas tradiciones, basándose en la fe, o si, por el contrario, no son otra cosa que una retorcida expresión más de la China de hoy. Notando nuestra desaprobación a los aspectos financieros, el Maestro dijo gravemente: “Ayuda a las familias a sobrellevar el luto y a aceptar la muerte de una hija”.
Encendiendo otro cigarrillo, se encogió de hombros y se acercó a una pila de “dinero infernal” que había en el suelo. Después suspiró: “Todo el mundo tiene que ganarse la vida”.
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