EL CAIRO IV – ACERTIJOS CON LA ESFINGE

Esta mañana desperté termano, sintiéndome de-la-verga. A las diez alguien llamó a mi puerta. Era Oliver. Me compró cigarros e hizo café para que lo bebiéramos en la terraza.

“¿El gobierno egipcio está diciendo que los extranjeros están tratando de instigar protestas?” me preguntó retóricamente.

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“¿Qué?” le dije. “¿Qué no saben que tan pocos de nosotros habemos?”

Justo en ese momento, alguien le marcó a su teléfono internacional.

“Sí, fui a las protestas ayer. Fue en contra de mis principios. No volveré a ir. Le está robando muchas cosas a la gente egipcia,” me dijo, evitando miradas directas.

Cuando colgó, le dije, “Comencé a leer The Wretched of the Earth. Es realmente bueno.”

No me dijo nada y cambió el tema: “Los vuelos británicos partieron hoy. Mis compañeros de cuarto regresan a Suiza mañana.”

“En serio, quédate” le dije. “O vete si quieres. Es difícil para nosotros también. Tenemos los mismos pensamientos pero también nos tenemos al otro. No te encierres en tu departamento, viendo las noticias. No es saludable.”

Unos momentos después nos encontró T y le conté lo que Oliver acababa de compartir conmigo sobre que los extranjeros incitaron las protestas. “¿Qué? Nadie creería eso,” me dijo. “El pueblo de Egipto sabe.”

“Si un egipcio, el día de ayer, me hubiera pedido que me retirara el día de ayer, lo hubiera respetado y me hubiera ido,” le dije. “Pero nadie se retiró.” Discutimos sobre esto durante un rato, los paralelos con Irán y las implicaciones simbólicas. Oliver obviamente no disfrutó de nuestro discurso y se retiró. Los dos regresamos a nuestro café. Cuando todos despertamos descubrimos que había regresado Internet y también nuestra regadera.

“Deberíamos ir por comida,” dijo L. Ahí tuve un debate muy serio en mi cabeza. Por supuesto que la comida es una necesidad básica, pero desde ayer me pregunté si el Internet no se había convertido en una necesidad básica en estos tiempos.

“No, pienso que Internet está al mismo nivel que una regadera,” dijo T. Estuve de acuerdo.

Pasamos la mañana comprando comida. Me comencé a sentir enferma en algún punto, probablemente porque mis niveles de azucar estaban muy abajo. Cuando regresamos, tuve que escoger entre usar Internet inmediatamente o tomar un regaderazo. Me lo dí, comí un poco y me sentí mejor.

T se puso a ver videos de Al Jazeera en su computadora. No se veía muy bien, pero podíamos distinguir que había enfrentamientos en la palaza Tahir. Todos estaban locos.

“Yo no voy,” Merc dijo inmediatamente.

“Yo sí,” dijo L.

T y yo nos vimos nerviosamente. “¿Quiénes se están enfrentando?” pregunté. “¿Qué podemos hacer? Tal vez necesitamos más información.”

“No tengo ninguna certificación médica,” dijo T.

“No teníamos información ayer,” dijo L. “Sabíamos que la gente se estaba reuniendo en Tahrir, pero no sabíamos a lo que nos íbamos a meter,” me dijo mirándome fijamente.

“¿Pero qué podemos hacer?” le dije. “Si voy a pelear, quiero saber exactamente contra quién voy a pelear. No queremos empeorar las cosas solo por estar ahí.”

“¿Qué piensas, Little Lew?” pregunté. “Tu eres el único egipcio aquí.”

“Tengo miedo,” me dijo.

“Solo pienso que si vamos a apoyar a estas personas, tenemos que apoyarlos durante las demostraciones pacíficas y durante las violentas,” comenzó a hablar L.

“Me convenciste desde hola,” le dije.

El Medio Oriente en general, y especialmente la situación en El Cairo, me recuerda la escena de La Historia Sin Fin donde Atreyu debe buscar el consejo de la esfinge para descubrir como combatir a la nada, y este viejo sin dientes trata de convencerlo de que la esfinge es demasiado peligrosa. “Los hombres honestos, descubren que son realmente mentirosos. Los hombres valientes descubren que son realmente cobardes.” Pero nada de esto importa porque Atreyu ya va corriendo hacia la esfinge, a pesar de los gritos del viejo. “¡Solo los que conocen su verdadero valor lograrán pasar!”

Partimos hacia Tahrir 20 minutos después, y cuando llegamos, encontramos las calles vacías. Los pocos que seguían ahí nos observaban incrédulos, probablemente preguntándose que carajos hacían estos extranjeros. Después de cruzar el puente, hablé con Muhammad, completamente inadvertida de que era su cumpleaños.

“Oye, cuando lleguemos,” le dije, “puedes irte, dejarnos. Todos entendemos.

“Claro, ya lo se. De hecho, eso voy a hacer,” contestó.

No teníamos idea de que esperar. Sabíamos que había simpatizantes de Mubarak en todos lados, pero estaban mezclados con los protestantes anti-Mubarak, y no había manera de diferenciarlos. Una chica nos pasó con un letrero en árabe. Instintivamente le dí un pulgar hacia arriba en aprobación, como lo había hecho durante años. Cuando me pasó por un lado, la escuché decir, “Vamos Mubarak.” ¡A la mierda! pensé.

Cuando nos aproximamos al centro, pudimos ver una multitud muy grande y al ejército revisando identificaciones. Muhammad se separó de nosotros inmediatamente. Me empujaron y me regresaron al puente. Podía ver como L todavía seguía intentando avanzar. Había muchos gritos.

“¡Váyanse a casa! ¡No los queremos aquí!” decían una y otra vez.

Le grité a L: “¡Tenemos que irnos!” Los tipos que me empujaron hacia el puente, formaron un escudo humano a mi alrededor.

“¡Mis amigos!” protesté.

T habló y dijo que nos estaba esperando en el puente. La habían golpeado un par de veces y a L le jalaron el pelo. A nuestro amigo egipcio de 19 años del día de ayer, casi le parten la madre solo por nuestra presencia.

“No se preocupen, todavía me caen bien,” nos dijo.

Muhammad, no se como, nos encontró cerca del puente. “Pinches extranjeros,” dijo sonriendo. “No se preocupen, tampoco pude entrar. No están dejando entrar a nadie, pero menos a ustedes.”

Camino a casa nos sentimos como unos pendejazos. El mensaje era muy claro. No nos querían ahí y la situación era más complicada de lo que podíamos comprender. Es importante notar que lo que nos sucedió, es probablemente un billón de veces menos hostil que lo que le sucede a los manifestantes que protestan en El Cairo. No se ni que decir sobre las cosas horribles de las que he sido testigo. Es desagradable. He escuchado que el gobierno egipcio le paga a los simpatizantes de Mubarak para que ocasionen caos, lo que es equivalente a terrorismo sancionado por el gobierno en contra de sus propios ciudadanos. Las calles están más tensas que antes, y el hecho de que ahora estén cazando extranjeros nos tiene preocupados a todos.

RACHEL POLLOCK

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