Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar en las mesas de novedades.
Nop. No es como el diario de Anna Frank porque Helga, además de narrar los horrores de los campos de concentración, hace dibujos de ellos. Y si su diario fuera idéntico al de Anna Frank igual deberíamos leerlo, así como deberíamos de leer las memorias de cada una de las personas que fueron asesinadas durante la Segunda Guerra Mundial, y durante las guerras posteriores. Es lo menos que podemos hacer mientras aceptamos vivir en un mundo donde se siguen exterminando palestinos, tzotziles y un ridículo etcétera de grupos étnicos.
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Aquí elegimos algunos fragmentos de este hermoso libro publicado por Sexto Piso.
3. AUSCHWITZ, FREIBERG, MAUTHAUSEN, VUELTA A CASA
Ya llevamos veinticuatro horas de viaje. Adónde, sólo Dios lo sabe. La inquietud empieza a apoderarse de todas nosotras. Dicen unas cosas, según esto ya hace tiempo que debería estar el frente aquí y de momento llevamos medio día cruzando Polonia y ni una señal. Ahora el tren reduce un poco la marcha. ¿Ya hemos llegado? No quiero creerlo, ya pensaba que este viaje nunca se acabaría. Nos acercamos a la meta, seguro, allí se ven edificios. Y cuántos, se trata de algún gran campo.
Se ve gente, pero ¿qué ropa lleva? Parece un pijama y todos llevan el mismo. Por Dios, ¡es el uniforme de prisionero! ¿Adónde nos han traído? ¡Es un campo de concentración! Allí trabajan unos hombres, amontonan tablas. ¿Por qué los golpea así ese tipo? Debe de doler muchísimo, ha cogido un palo para hacerlo. Cómo puede ser tan bruto. Ni siquiera es alemán, lleva también un traje a rayas, aunque con una cinta en la manga. He debido equivocarme, aquí no nos detendremos. ¿Por qué nos querrían traer a un campo de concentración? ¿Hemos hecho algo? Pero es terrible cómo tratan aquí a la gente.
No puedo mirar, me pone enferma. Ha tirado a otro hombre, a un señor mayor. Canalla, apenas tiene veinte años. No le da vergüenza, podría ser su padre y lo trata así. Le ha dado una patada, el pobre anciano se ha tambaleado. Así que éste es el aspecto que tiene un campo de concentración, nunca me lo pude imaginar. Así viven algunas personas desde hace varios años. Y nosotros nos quejábamos de Terezín. Si aquello era el paraíso en comparación con esto. ¿Qué pasa? El tren se ha parado. Viene corriendo un grupo de los de las rayas. ¿No hay nadie de Terezín entre ellos? Quizá vengan a ayudarnos con las maletas. Quizá está papá entre ellos.
Pero no, sólo deben de venir a mirar qué clase de tren es. ¿No bajaremos aquí, no? Cómo no se me había ocurrido antes: esto es Auschwitz, sin duda. Birkenau está cerca, el tren no debe de llegar hasta allí, así que iremos a pie el resto. Seguro, así es, no puede ser de otra manera. Esto es el campo de concentración de Auschwitz y nosotras vamos al campo de trabajo de Birkenau.
En la cola frente a la cocina (1942).
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En este bloque hay una guardiana, debe ser una auténtica cerda. Se pasea con una bata de raso y un camisón como una pava real. Dejó a una mujer arrodillada en los ladrillos por haberle pedido permiso para ir al baño. Cerda, no existe ningún otro término para ella. Incluso éste es demasiado bonito, de hecho, un insulto para los cerdos por esta comparación. Ni siquiera nos han dado mantas, sólo una especie de fina funda de paja para cubrirnos cinco personas. Pero ahora ya ni siquiera tengo frío, ni estoy constipada y creo que nadie cogerá ni una gripe. Uno aguanta mucho más de lo que cree. Es casi increíble, mamá acaba de pasar una neumonía y desde que hemos llegado no ha vuelto a toser.
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Me he visto reflejada en el cristal de una ventana. Me he estremecido. Cómo puede una persona cambiar en dieciséis días. No hay quien nos reconozca. Las mejillas hundidas, los ojos abultados. ¿Qué importa? Es una frivolidad fijarse en estas minucias aquí, en Mauthausen. Nos conducen, mejor dicho nos llevan por la carretera que cruza la ciudad. La gente sale a mirar por las ventanas, niños curiosos salen a la calle. ¿Cuántos transportes han pasado por esta carretera? ¿Cuántos suspiros, lágrimas, gotas de sudor y sangre se han disipado en su polvo? Ayer a esta hora aún estábamos en Bohemia. Aún vi la tierra checa, oí hablar checo. Ya no lo veré, ya no lo oiré. Y nadie sabrá nunca que perecimos aquí, en Mauthausen.
Gente en camillas en los transportes (1972).
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Ya no puedo, no doy para más. Me echaré aquí, que me disparen. La manta es tan pesada, no puedo ni aguantar el cuenco. Si nos dejaran descansar un momento, un segundo, sólo respirar. O nos dieran permiso para beber. Si hubiéramos podido beber de la bomba en la estación, sin duda iríamos mejor. La carretera está en cuesta, cada vez es más abrupta. Nos llevan a un ritmo desquiciado. Si pudiera beber una gota de agua, un trago sólo… No puedo más. La carretera se ha estrechado hasta convertirse en un sendero. Quizá ya estemos en el lugar. Un trozo más. Cojo mis últimas fuerzas. He de llegar. Allí, ¿qué es eso? Una fuente, el agua sale de un lado. Quizá sea un pequeño arroyo, agua de lluvia, quizá el desaguadero de un canal. Sin pensar, rápido, Shara va delante y la aufseherka está de espaldas. Un sorbo más, cómo refresca, cómo anima. Ya se ve el muro de piedra, la torre, la puerta del campo. ¿Vuelve alguien vivo de aquí?
Una multitud de judíos alemanes que acaba de llegar a Terezín es dirigida al campo, 20 de enero de 1944 (fotografiados bajo la supervisión de la SS con objetivos propagandísticos).
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En una caja del revés, junto a la estufa, inmóvil, hay una persona.
La observo desde la mañana y pienso que ayer por la noche, cuando llegamos, estaba sentada en la misma postura. Hace un rato alguien le ha echado encima una manta. Ay, ¿y por qué nadie la quita? A su alrededor saltan los niños, algo más allá llora un bebé. Es el que nació en un coche, de camino del tren hacia el campo.
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Sé un bueno y lleva a tu retoño a la presentación de La Oveja Eléctrica y la memoria del universo, de José Gordon y Micro, que también publica Sexto Piso. Y evita que un día ese pequeñín te reclame que fuiste un padre ausente, mientras anda hasta el rabo de LSD.
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