Cada vez leo menos porque me cuesta trabajo concentrarme por más de 5 minutos en casi cualquier cosa. Rara vez me paseo por las librerías y me tienen sin el menor cuidado las ferias del libro o el status de la ley que sugiere su precio único o la mayoría de las estupideces que se refieren al mundo editorial. Quizá las únicos detalles que me causan escozor son el halo de solemnidad que rodea a la industria editorial en México y las pataletas teóricas con la que ésta se defiende la actual crisis.
Lo primero que hay que decir es que los libros no son droga: por lo tanto, el pueblo no los necesita tanto como uno pensaría – que la mayoría de los mutantes que conforman la masa demográfica en este país corriera a leer veinte minutos al día no cambiaría sustancialmente las cosas, sobre todo si tomamos en cuenta que, en primer lugar, arrancarían con “El Código Da Vinci”, “El Monje Que Vendió Su iPhone” o “Caldo de Pollo para el Alma del estudiante de Prepa Abierta” y suertes terribles como esas (y ya estamos siendo optimistas). Si no son éstos, entonces ¿cuáles? De seguro unos que serán peores. ¿Volpi? ¿De verdad hay alguien ahí queriendo leer “En busca de Klingsor” de Jorge Volpi? ¿Es que hay alguien con tanto repudio por sí mismo en el mundo?
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Cuando Wikipedia apareció no hubo necesidad de soportar a los vendedores de enciclopedias lloriqueando porque la forma que tenían de ganarse la vida se les derrumbaba. Sospecho que esto se debió a que ellos habían acumulado otra clase de conocimientos que les permitían subsistir en nuestro mundo capitalizando, otras habilidades: hablo de conocimientos como el de prender el boiler, destapar un baño o cambiar un fusible; conocimientos que, por más simples que nos parezcan, son inaccesibles para nuestros grandes pensadores.
Les cuesta tanto lo ordinario porque desde la adolescencia se han preparado para todo lo contrario y les duele (porque comprenden el dolor) ser cada vez menos necesarios para la sociedad; entonces se convierten en jueces y verdugos morales del mundo que los rodea y desde ahí ejercen.

Es cierto que una de las responsabilidades del hombre es no dejar impune la estupidez pero nosotros no vamos a pasar por alto la suya, porque los repudiamos cuando emiten juicios basados en la angustia que se genera desde su pozo de mierda. Hay por ahí algunos escritores que están más preocupados por hacerse de amigos famosos, o peor aún, tomarse fotos con ellos. Otros desean provocar y provocan sólo bostezos prolongadísimos, sus artículos son tan aburridos como los ladrillos que les publican. Algunos escriben convencidos de que sus pendejadas van a cambiar para bien algo en nosotros, y otros, la mayoría de ellos, se van haciendo los interesantes en Twitter para poder cogerse mujeres más jóvenes. Ésa es la verdad. ¿Para qué vamos a seguir aquí quebrándonos el coco?
Si se conoce poca gente interesante (como es mi caso), una buena opción es leer, porque leer estimula la imaginación y ejercita el músculo del razonamiento. Una lectura en el momento adecuado puede convertirnos para siempre en seres sensibles e inteligentes, verdaderos hijos de puta o ebrios hocicones irremediables – las posibilidades del cambio son infinitas y nunca se sabe dónde va uno a parar, pero ¿por qué vamos a leer a esta clase de pendejos justamente? Sumergirse en una vida de libros no garantiza absolutamente NADA – aún cuando algunas filosofías están ahí para generar nuevas preguntas, cualquiera tiene derecho de aburrirse de ellas y tirarse a comer chicharrones de cerdo Barcel en una banqueta si eso es lo que lo place. Aleister Crowley decía que leer estaba bien para los niños, pero que los hombres debían de experimentar.
En mi caso, lo de comprar cada vez menos libros y leerlos quizá se deba al efecto de las campañas publicitarias de librerías Gandhi; ya saben, esas frases ingeniosas que intentan salvarnos de nuestra propia pendejez, de nuestra ceguera intelectual.

Conozco a algunas personas que han hecho publicidad para Gandhi, ¡esos idiotas nunca han leído libros! Como en casi todo, sólo quieren tu dinero y al final lo único que logran es que cada vez más y más personas lleven libros de Paulo Coelho a sus lugares de trabajo. Tengan la decencia y la sensibilidad de decirnos qué deberíamos de empezar a leer si nunca hemos leído un carajo para apreciar la buena literatura
¿”Crimen y Castigo”?¿”La Perla” de Steinbeck? ¿Por dónde empezamos, cobardes hijos de la chingada? Los libros no necesariamente contienen verdades y aquellos que no recurren a ellos tampoco viven sumergidos en la oscuridad y la mentira, ni lo uno ni lo otro. El mundo sigue igual sin ellos y sin nosotros, el cielo es azul, el agua moja, las mujeres tienen secretos, los gatos aman el jamón de pechuga de pavo y en otra dimensión de espacio y tiempo una flecha lanzada por un niño atraviesa el cuello de Ricardo Corazón de León y nos recuerda que las palabras sólo sirven para hacer una crónica de nuestra desdicha, pero el mundo no cambia, ése no cambia.
Ya lo conocemos.
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