Si lees revistas viejas masculinas como Foreign Affairs puede que hayas oído a cerca de la teoría del “pico juvenil” (Youth Buldge). Ésta establece una correlación entre poblaciones con una media de edad baja y la alta aparición de disturbios civiles, admisiones en milicias o bandas, o la disposición a llenar los bolsillos de tu chaqueta con diez quilos de Mother of Satan, un explosivo, y entrar en un local llamado Denny’s porque un tipo viejo con toga te dijo que sería una buena idea. Básicamente, dicha teoría pone de manifiesto, con un montón de palabrería pretenciosa acuñada por un grupo de expertos, lo que la mayoría de los hombres han interiorizado desde los tiempos de San Agustín: los críos acojonan.
Casi como si usaras el mapa del departamento de educación para ubicar las escuelas de tu ciudad y así predecir en qué estaciones es más probable que te tiren una manzana a la cabeza, la teoría explica que si quieres saber dónde se producirá la próxima guerra civil o movimiento terrorista sólo tienes que buscar los países con más adolescentes y veinteañeros tirados por ahí, sin nada qué hacer. A finales de los 60, esto se desarrollaba en lugares como Estados Unidos, Francia y México . En los 70 y los 80 este aumento de jóvenes se produjo en Irán, Irlanda del Norte y Sri Lanka. Desde los 90, en las partes más violentas de Oriente Medio y la África Subsahariana esta población de jóvenes ha ido incrementando sin control. La mayoría de las pirámides de población del Este de África parecen a algo sacado de la colección de “juguetes anales” de Rob Halford.
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Ahora, como cualquier gilipollas pedante que se precie, haré un inciso: el crecimiento juvenil no es la explicación a todos los conflictos que puedan darse. Aún así, es una buena manera de impedir posibles focos de conflicto. ¿Pensáis que los italianos lincharán a Berlusconi y a su amante en la estación de Esso algún día? No, a menos que sea parte de una crisis masiva de la mediana edad. Lo mismo en el caso de esos carcas en Alemania y Rusia.
La otra cara del asunto es que no importa demasiado si la población de jóvenes de un país incrementa o no siempre y cuando hayan suficientes recursos o trabajo para todos. La población de Taiwan y Corea del Sur incrementó en los 70 y los 80 pero se las arreglaron para convertir todo esa angustia y desesperación en enormes sectores manufactureros y en rascacielos como los de Delta City. El truco es averiguar en qué dirección van estos países. Ahora mismo Ghana está a medio camino entre el Taipei del 92 y el Teherán del 79.
Ghana lo está haciendo bastante bien, teniendo en cuenta los estándares africanos. Por supuesto, estos “estándares” quieren decir que hay carreteras de mala muerte que llevan hasta flamantes palacios presidenciales dorados y que aproximadamente un 1% del país se está ventilando el PIB en restaurantes y discotecas de lujo mientras el 99% restante vende bolsas de agua en los semáforos. Tienen enormes reservas minerales y montones de dinero extranjero invertido en su extracción lo que, finalmente, termina concentrado en las manos del presidente, su gabinete y de cualquiera de sus primos con los que se lleve bien.
Al gobierno ghanés le gusta presumir de que su tasa de desempleo es de una sola cifra y que están creando millones de nuevos trabajos al año especialmente destinados a este sector juvenil. Pero cuando amontonas una pila de escombros y te sientas con un miembro de dicho sector, la historia parece menos optimista. La tasa actual de desempleo va de los 15 a los 24 años y se cierne sobre un 25-30% de la población. A menos que seas pariente o amigo cercano de alguien de los que mandan, lo que te espera es una larga y fructífera carrera como vendedor de agua.
Pero Ghana también tiene una, razonablemente sofisticada, tecnología en infraestructuras (de nuevo, para ser África) y se ha autoproclamado como la capital de Internet del oeste de África, lo que probablemente sea lo que mantenga a los críos a raya.
Durante el boom en Nigeria del petróleo, durante los años 70, los ghaneses inundaron el país para quedarse con los puestos de trabajo de los visitantes. A los 10 años, fueron deportados en masa a Ghana pero no sin antes apropiarse de un pasatiempo local, el timo Nigeriano de las cartas. La manera en la que funciona es la siguiente: te haces amigo de algún idiota en América o Gran Bretaña, te quejas de lo dura que es la vida en África y luego esperas a que te manden dinero o regalos. Simple.
Al tiempo que los ordenadores empezaron a introducirse en el continente, este chanchullo fue adaptado al email y, de manera gradual, evolucionó hacia un extraño modo de mensajes de suplantación de identidad, por parte de supuestos tesoreros y dirigentes del estado y abogados especializados en accidentes de aviación que llenaban tu buzón cada mañana. Así que estos estafadores, hambrientos de poder, contactaron con los hackers de los Estados Unidos y Europa, quienes les enseñaron lo básico sobre el fraude de las tarjetas de crédito, que combinaron con el jueguecito de los emails para crear estafas potencialmente más provechosas y elaboradas. Entonces, por alguna razón, mezclaron toda esta mierda con la magia negra y así, nació el Sakawa.
Del mismo modo que el hip- hop pasó de ser un estilo de música a un paraguas bajo el cuál puede albergarse cualquier cosa relacionada con pantalones anchos, bailoteos de mierda e incluso las patatas fritas, en su origen, el Sakawa se refería, concretamente, a la estafa de tarjetas de crédito. Ahora, sin embargo, significa casi cualquier cosa que incluya dinero (si llevas un montón de ropa nueva de marca vistes “Sakawa” y si tienes un bonito coche, es un coche “Sakawa”), lo que tiene sentido si consideramos que el único modo en que los ghaneses se pueden permitir todo esto es mediante la estafa por internet.
Ahora mismo, el Sakawa es algo nuevo. La franquicia de los “Sakawa Boys” ha llegado hasta Sakawa Boys 8: los hechiceros conjuran emails mortales, mientras los sacerdotes cristianos se quejan de los emails embrujados y los ghaneses, de diversas edades y procedencias (pero en la mayoría de los casos jóvenes, no pobres), se enclaustran en cibercafés buscando maneras más ingeniosas de timar a los occidentales.
Aunque un montón de practicantes del Sakawa han maquinado un millar de elaboradísimas justificaciones en las que sólo nombran al hombre blanco por el hecho de haberles quitado su oro (es el caso de nuestro guía Seva), el Sakawa no es más que una inmensa burbuja llena de gente aficionada a los disturbios y a blandir machetes. Así que, mientras Ghana adelanta a una asustada Nigeria como capital del fraude vía email, el gobierno se está devanando los sesos por encontrar una manera de evitar que el Sakawa deje por los suelos la reputación de los negocios del país y, sin que todo aquél por debajo de los 30 se pegue la gran hostia cuando ya no puedan chupar más del bote del Sakawa. En fin, pase lo que pase, una cosa está clara: los vídeos de YouTube serán geniales.
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