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En busca del «Making a murderer» español

Atención, este artículo contiene spoilers.

Ver Making a murderer provoca sensación de malestar, desasosiego e impotencia. También alguna reflexión y más de una pregunta. ¿De verdad va a acabar así? ¿Qué le ha hecho este hombre a los EEUU? ¿En España ha pasado algo semejante? Mientras la presión popular trata de reabrir el caso y encontrar respuesta a las dos primeras preguntas, nosotros iremos a por la tercera.

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Repetir la cronología de los hechos, en España y en cualquier lugar, parece por suerte muy complicado: crimen no cometido – maquinaria jurídico-policial empeñada en colgárselo a alguien – jurado influenciado que toma una decisión de aquella manera – encarcelamiento – demostración de inocencia… Y vuelta a empezar con final infeliz, al menos de momento. Que algo así te pase una vez te marca de por vida y es digno de una película, que te ocurra por duplicado es un locurón y da para serie. De cualquier manera muchos de esos puntos sobre los que se sustenta la peor parte la biografía de Steven Avery están presentes en más historias a nuestro alrededor de las que nos tranquilizaría.

El asesinato del Bar Carvi

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El dueño de un bar al que va la gente sin prisa por acostarse, muere apuñalado con saña. Hasta 19 cuchilladas se contabilizaron en su espalda. De entre los parroquianos la policía decide que José Antonio Pérez Llorca tiene que ser el culpable porque primero había negado su presencia en el lugar y los datos de las antenas de telefonía le sitúan por la zona. Vivía al lado. Se descarta al resto de clientes y se va armando el caso en torno a él. Con lo que se le presenta, y sugestionado por todo el revuelo, el jurado popular concluye que es culpable. El asunto se resuelve con una condena a 18 años de cárcel y el indulto después de 3 en prisión porque, según el Tribunal Supremo, no había pruebas para condenarle, sólo «indicios y suposiciones». Pérez Llorca, como Steven Avery, también encontró el amor mientras estuvo en prisión. Fue con otra interna y tuvieron una hija, problemas con la custodia y para reintegrarse en una sociedad con sus propios veredictos.

Los atracos de Móstoles

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Si algo muestra Avery durante sus encarcelamientos es una fuerza mental inusitada. Pese a ser más consciente que nadie de lo injusto de su situación se mantiene firme en su lucha confiando en que algún día saldrá libre. Por desgracia no todo el mundo tiene esa entereza. José Antonio Valdivieso trató de quitarse la vida en dos ocasiones durante los 9 años que estuvo en prisión por dos atracos con violencia en los que no participó. Estaba durmiendo en su casa, pero fue identificado por dos personas distintas en diferentes lugares, a lo que se sumó un informe delirante de la policía científica para sepultar su futuro. Si en Manitowoc, Winconsin, vimos el apoyo incansable de una familia en Móstoles, Madrid, aún va un poco más lejos. Fue el padre del acusado quien consiguió reabrir el caso con sus propias pesquisas al señalar al verdadero culpable y lograr así que se emitiera un nuevo informe, esta vez a cargo de la Guardia Civil. Después llegaría la absolución y la lucha por lograr una indemnización que pudiese compensar de alguna manera la devastación causada. Avery tuvo que conformarse con unos miles de dólares para poder pagar a su siguiente abogado, Valdivieso obtuvo menos de la mitad de lo que entendía justo y más secuelas de las que desearía.

Pruebas falsas en Carabanchel

Las pruebas demasiado precisas pueden resultar sospechosas. Imagen vía

La impunidad con la que maniobran los cuerpos policiales en Making a murderer es escalofriante. El «ha tenido que ser él y no vamos a dejar que se nos escape por un matiz de pruebas» es su argumento principal para manejar la situación, agravado en el segundo encierro con la obsesión por protegerse unos a otros y que no se depuraran responsabilidades. Ese «engrasado» para que los casos caigan del lado que convenga parece que era algo muy habitual entre la policía en el distrito de Carabanchel. Con la intención de mejorar sus resultados, y pasándose la presunción de inocencia por la zona inguinal, se manipulaban todo tipo de pruebas, se armaban casos reales con pruebas falsas tan precisas que al final resultaron sospechosas. Las denuncias de los propios compañeros del cuerpo que encontraron aquello intolerable llevaron a las investigaciones y pinchazos de teléfono donde se confirmaba todo. Desde entonces se acumulan las detenciones y existe un proceso abierto que incluye revisar los casos que pasaron por los guantes de estos agentes para calcular el desaguisado.

El crimen de Cuenca

Escena de la película El crimen de Cuenca (1979)

Si los investigadores de Manitowoc consiguen mediante tácticas sibilinas arrancar la confesión de culpabilidad del sobrino con discapacidad mental de Avery (incapaz de saber por qué dijo aquello, trata de rectificar cuando ya es tarde, muy tarde) la Guardia Civil fue menos sutil con León Sánchez y Gregorio Valero en el mítico Crimen de Cuenca. Tras horas de tortura los dos afirmaron ser culpables de la desaparición y muerte de «El Cepa», pastor del que solían burlarse. Con esto por delante el jurado no tuvo muchas dudas y tras un juicio cargado de confusión la defensa bastante hizo con evitarles el garrote vil. Doce años de cárcel después se beneficiaron de sendos indultos y evitaron cumplir los 6 restantes. Su rehabilitación legal llegaría cuando El Cepa se presentó en el pueblo porque necesitaba un papel para casarse, así sin más. Después de ser identificado, era inconfundible pero se suponía que estaba muerto, el Tribunal Supremo declaró nula la sentencia anterior e indemnizó a Sánchez y Valero. El «Crimen de Cuenca» hace referencia al comportamiento de la benemérita en el caso. Quizá algún día se hable de los «Crímenes de Manitowoc» como «homenaje» al comportamiento de su sistema legal y policial con Steven Avery.

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