En muchos países de este mundo tan salvajemente cabrón en el que vivimos se encuentra VICE. Y en aproximadamente 2/3 de éstos se publicó el pasado mes un número dedicado a la literatura. Nosotros, por desgracia, no hemos podido sacarlo este año, pero aquí iremos subiendo cosas escritas con palabras que nos hacen vibrar con emoción. Para empezar, tenemos un relato de Elisa Fuenzalida. Así que, damas y caballeros, dad la bienvenida a nuestro inexistente número de ficción…
Eliza nos escribió hace ocho meses para invitarnos a unos talleres de postporno que estaba montando en Madrid. No tenemos muy claro si esto significa porno hecho con gente enrollada y culta (que molaría mucho) o una habitación llena de doctorados en filosofía por la Complutense jugando al juego de la galleta (que molaría mucho menos.) También escribe relatos ligeramente absurdos pero creíbles, y éste es uno de ellos.
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¿Algún editor en la sala?
Mis neuronas titilaban
perezosamente, concentrando el máximo de su pobre potencia en comprender por
qué, dentro de un cuerpo laxo, el corazón latía como si estuviera esperando el
disparo de los cien metros planos. Sentía el vello de los antebrazos erizado y
esos destellos violeta y rojos, estallando como minúsculos fuegos
artificiales…¿qué eran? ¿Era mío ese ticket sobre la mesa? ¿Era acaso yo
quien había pagado 3 euros por un espresso etíope? Miré en derredor de mí.
Techo altísimo, araña de cristal, viejas con pañuelos de Hermes al cuello y
tíos con americana de pana y vaqueros fumando sobre unos 350 euros de
café…Ahora lo entendía, estaba en el Círculo de Bellas Artes.
Lazlo en ese momento ingresaba,
ofreciendo su magnifica sonrisa de hijo único a todos los presentes que se
dieran por aludidos. Este joven, cuando se emborrachaba, era un tío propenso a
protagonizar episodios estrambóticos, peleas unilaterales y toda clase de
acciones reprobables, que la corrección y dulzura de su trato general acababan
tornando en pintorescas indiscreciones. Al cabo de liberarse de la bufanda, dio
un traspiés.
Hacía mucho que no nos veíamos,
la gente asume que uno tendrá cosas que contar: tiempo x espacio = novedades. No era mi caso. ¿Debía confesar
que la esterilidad laboral y creativa en la que me hallaba era incluso más
definitiva que la última vez que nos mandamos a tomar por culo de mutuo
acuerdo? ¿O ea era más adecuado dar rienda suelta a mi desbocada imaginación y
mentir, mentir y mentir hasta que mi voz
y mi credibilidad se extraviasen en los confines de la indignidad? Opté
por lo segundo.
Lazlo habló durante un rato de
sus peripecias laborales y de su trabajo como auxiliar administrativo en la
facultad de derecho, haciendo particular énfasis a lo que tenía lugar fuera del horario de oficina: apasionantes partidas de póker entre
catedráticos y jóvenes promesas académicas. Nada delataba un ápice de ironía en
todo lo que me decía. Por el contrario, los ojos le brillaban impúdicamente como
si acabara de correrse, detenidos sobre mi abultado escote premenstrual.
Para cuando decidió que ya había
hablado bastante, la mitad de gente del salón había desaparecido. En cambio, un
resuello salpicado de risotadas y vasos chocando se hacía cada vez más nítido.
Convinimos con la mirada que nada podía ser más improductivo que lo que
veníamos haciendo y nos levantamos dispuestos a encontrar el origen del
barullo. Venía de la planta superior. Se trataba de una recepción, al parecer,
bastante exclusiva. Lazlo iba hecho un dandy yo una puta pena, pero soy alta
para la media española y repito, llevaba las tetas hinchadas por la regla. Así
que puse mi mejor cara de asco confiando en que me tomasen por una pija
rebelde. Y al cabo de segundos nos encontrábamos brindando entre la crema y
baba de la sociedad literaria española. En una apartada esquina, estaba mi
idolatrado Vila Matas, charlando con una con pinta de modelo retirada que Lazlo
me ilustró como la mujer de Paul Auster. Mario Vargas Llosa discutía animadamente
consigo mismo en medio de un corro de actrices con cara de esperar a Almodovar
y en el centro del salón, luciendo un inconfundible peluquín colorado, se
encontraba la autoproclamada Loca de la Casa. Sí, la recordaba. Ella
indirectamente y más llanamente mi juvenil audacia fueron las causantes de mi
despido de la redacción del afamado periódico donde ejercía de columnista
literaria precoz y mimada. Yo, veinteañera osada, ignorante de quién era esa
mujer, quienes le debían favores y de a quienes se habría follado, me atreví a
lapidar una obra llena de lugares comunes de un solo plumazo. Cándida de mí.
Qué cara de galardonada tardía se le había quedado. Ella y otras tres
imitadoras de Isabel Allende formaban el club de Escritoras Cristianas a Favor de
la Cirugía Plástica y se habían apeado estratégicamente a un paso del club de
los Periodistas y Empresarios a Favor de los Rayos UVA. El camarero pasaba justo cuando alguno de los citados
estaba a punto de soltar su copa en el aire y las susodichas divas perdían la
mirada en la elaboración de algún concepto literario justo cuando sus
sucedáneos masculinos hacían lo propio en el canalillo de sus tetas. Era en el
fondo, como danza moderna. Solo faltaba que alguna se pusiera una máscara de
oso panda, se quitara la blusa y empezara a ovillarse sobre sí misma dando
voces guturales.
Apenas me había dado tiempo para
arañar de la bandeja un par de canapés de huevas y dos copas de cava celestial, cuando las luces
bajaron de intensidad y una voz como la de dios -pero más sexy- nos ordenó
bajar para dar inicio a la ceremonia. Lazlo y yo nos miramos contrariados,
sospechando que habría mesas asignadas, mientras que una masa compuesta de
pashminas, puros y alhajas mejicanas nos empujaba hasta la mismísima mesa del editor
de una prestigiosa casa literaria. En ella se encontraban además una voluminosa
escritora de best sellers y el director de una importante cadena de librerías.
Dos etiquetas se retiraron de los
platos, al tiempo que un
desinformado camarero nos invitaba a tomar asiento. Lazlo me dedicó una
mirada llena de prevención pero a mí me daba igual. Nunca me había hallado más
cerca del Parnaso literario en el
que pastaban todas aquellas sagradas reses y en el que yo, por si cabe alguna
duda, moría por revolcarme. Sin duda en gran parte animada por el efecto del
alcohol, decidí que nada se interpondría entre aquel editor y mi brillante
futuro como escritora de vanguardia. Lo cierto es que tenía un pequeño libro de
relatos terminado y aunque no me conociera ni Cristo, respiré hondo y torné
hacia mi vecino aquel voluminoso pechamen de palomo en celo que la providencia
me había prestado por lapso de cuatro días. Luego saqué un pitillo del bolso y
lo dejé izado, como si fuera muda. Si Lazlo sacaba un mechero, se lo arrancaba
de la mano con los dientes y lo escupía directamente sobre la crema de
espárragos y trufas etruscas. No fue necesario. El sujeto y yo intercambiamos
miradas poco sutiles, la novelista gorda se aclaró la garganta. ¿Qué pretendía
yo con todo esto?
Vinos fueron y vinieron. El
editor y yo apenas intercambamos palabras con el resto de los comensales. Lazlo
me miraba atónito sin despegar los dedos del tallo de su decimoquinta copa.
Supuse que mis gestos fluctuaban entre la timidez de colegio católico y la
intelectualidad de gimnasio. Al cabo del postre se anunció un receso antes de
empezar el acto de premiación. Acepté la tarjeta de editor y sonreí a Lazlo,
con todos los dientes de mi sonrisa
novel, en señal de que era hora de esfumarnos.
Tardé más o menos una semana en
decidir que era un buen momento para enviarle un mail a este hombre. Era todo
muy extraño aunque estaba claro que acabaríamos enrollándonos. Ante tal
perspectiva, pensé que lo mejor sería ir directo al grano y ya en primera
carta, le hablé el manuscrito. Tuve que esperar tres días más hasta recibir una
respuesta solicitándome el texto y una cita para discutirlo. Una vez más, se
hacía casi patente el enhiesto cetro ante el cual esta pobre e inédita
escritora habría de postrarse.
La ceremonia de acicalamiento que
precedió a mi cita no tenía parangón alguno en mi carrera de casquivana. El par
de taconazos elegidos aludían a la posición empinada que asumen las hembras
mamíferas en edad de apareamiento. No había lugar a confusiones. Mi acompañante
me recibió en el portal con una sonrisa que esperaba justificación plena para
el final de la noche. No debía mostrarme sorprendida cuando me invitara a
charlar sobre mi material con copa de cava en su apartamento. A una sobremesa
moderadamente intelectual, siguió la espontánea sugerencia. Una última, no
debía sentirme obligada, solo para ultimar detalles. ¿Detalles, dijo? ¿Ultimar,
dijo? Sea lo que fuera, yo oí contrato.
El editor tardó más en descorchar
el cava, de lo que tardé yo en apurarla y saltarle al informal cuello
descorbatado. Para qué emplear sutilezas o inútiles justificaciones, solo decir
que tal fue el empeño que le puse a la succión del miembro, que acabé por
tragarme al dichoso editor. Lo dicho. Tardé unos segundos en constatar que tal
había sido el caso, hipé aún algo confusa por la agitación del esfuerzo
bucopulmonar, miré hacia todos lados, llamé tímidamente, hurgué entre sábanas y
debajo de la cama por si allí se hubiera escurrido y nada. Solo al cabo de
escuchar un ahogado «Socorro» proveniente de mi tripa, tuve que rendirme ante
la evidencia. No me había tragado a un hippie colgado cualquiera sino al pez
gordo de una afamada editorial. Era cuestión de vida o muerte sacármelo de la
tripa antes de que sus familiares y colegas dieran parte de su inexplicable desaparición a las fuerzas
del orden. Luego de un buen
rato de considerar la situación en frío, di con la que me pareció a todas luces
la mejor y más higiénica salida. Es decir, la de arriba. Corrí al baño y me
incliné sobre el w.c. dispuesta a someter a mi glotis al popular tratamiento
del dedo medio. Sin embargo, autoprovocar un espasmo gástrico no es tan
sencillo como parece en las telepelículas de Hallmark. Por más que empujara,
agitara y palpara toda clase de texturas viscosas y mullidas en el interior de
mi pescuezo, el vómito no se generaba y yo empezaba a sentirme verdadera y
definitivamente angustiada. De los lacónicos gémidos del editor, poco o nada
conseguía colegir. Me inclino a suponer que se trataba de gritos de auxilio.
Sin embargo y lejos de desanimarme en cuanto a mi convicción inicial, consideré
que debía empecinarme en ella hasta alcanzar mi único y liberador objetivo. La
solución seguía siendo vomitar al editor, solo había que aprender el modo
infalible de hacerlo. Mi alivio fue grande al encontrar el portátil del editor.
Al cabo de veinte minutos, me encontraba navegando entre blogs de modelos y
actrices juveniles. Lo importante era atraer (por no decir absorber, palabra a
la que le he cogido cierto resquemor desde esta experiencia) todo conocimiento
técnico sobre el arte de la pota. El plan era bueno, pero un retortijón
estomacal anunció la conclusión irremeadible y regular del trance. De lo
contrario, querido lector, quizá te encontrarías ahora mismo sujetando un libro
de Alfaguara entre tus manos.
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