Este tío caza nazis

El doctor Efraim Zuroff dirige Last Chance, una organización que persigue a los putos ancianos responsables del Holocausto que aún siguen vivos. Él anda detrás de la verdadera escoria de la humanidad, auténticos criminales de guerra, como el doctor Aribert Heim, cuya contribución al mundo de la medicina incluye inyectar fenol a miles de corazones palpitantes como una forma de ejecución, o ser la mano derecha de Adolf Eichmann, Alois Brunner, responsable de enviar a más de 120.000 judíos a campos de exterminio.

Ahora, uno pensaría que ese tipo de personas pasa grandes dificultades para ocultar su identidad, pero localizarlas suele ser la parte fácil. En extraditarlos y procesarlos legalmente es donde se pone complicada la cosa. Muchos nazis viven cómodamente en santuarios de bastardos, como Siria, Hungría y Estonia, naciones que, por situaciones legales o ideología, se rehúsan a tomar acción en contra de los viejos nazis viviendo dentro de sus fronteras.

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Zuroff creció en Brooklyn, estudió en una universidad ortodoxa y, después, pasó sus veintes rebotando entre los Estados Unidos e Israel mientras estudiaba historia, hasta, finalmente, hacer del Medio Oriente su hogar de cacería. Desde entonces, se ha cerciorado de que cientos de viejos nazis en fuga sean llevados ante la justicia y mueran tras las rejas. ¿Cuánto falta para que Spielberg haga una peli sentimentaloide sobre este tipo?

Vice: ¿Cómo acabó metido en el negocio de cazar nazis?
Doctor Efraim Zuroff: Tras terminar mi maestría en Israel, regresé a los Estados Unidos a hacer mi doctorado. El Centro Simon Wiesenthal, una organización judía de derechos humanos fundada por el más importante cazador de nazis de todos los tiempos, estaba buscando a un director académico. Me ofrecieron el trabajo. El gobierno estadounidense empezaba a procesar a criminales de guerra nazis, y la oficina de investigaciones especiales, que aún sigue existiendo, solicitó nuestra ayuda para conseguir que sobrevivientes del Holocausto atestiguaran. Seis años después, estaba trabajando en una investigación sobre Josef Mengele y descubrí una técnica que me permitió encontrar a casi 3,000 criminales del Holocausto.

¿Tan difícil es llevar antiguos nazis a juicio?
El problema es la diferencia entre un criminal de guerra nazi y un asesino en serie. Si un asesino en serie anda suelto, el gobierno y la policía harán cualquier cosa para atraparlo. El caso tiene mucha urgencia porque estás asumiendo que volverá a atacar. El problema con los nazis es que no tienen esa inmediatez: nadie piensa por un momento que aún van por ahí matando gente. En muchos países no está muy bien visto perseguir colaboradores nazis locales.

¿El país no quiere ser mal visto por tener a nazis? Esto suena como “No hables, no preguntes”.
Eso es una parte, no hay duda. También es la cuestión de que las naciones protegen a los suyos. Ellos piensan: “Él es uno de nosotros. Debe haber alguna razón por la cual lo haya hecho. Quizás su esposa tenía una migraña ese día. Entonces, salió y mató a un par de judíos”. Una de las cosas más importantes que hacemos es luchar en contra de lo que llamamos “distorsiones del Holocausto”, cuando se desvía la historia del Holocausto y se transfirieren las culpas a otras personas. Esto es particularmente cierto en países poscomunistas. En un lugar como Lituania, tienes el presentimiento de que quieren echarle toda la culpa a Alemania y Austria.

Históricamente, ¿cuál es la parte que más ha sido malentendida del Holocausto?
Quién es responsable y a quién se culpa en términos de los países que se enfrentan a la realidad de su propia complicidad. Esto es particularmente verdadero en Europa del este. Hubo quienes colaboraron con los nazis en todas partes, pero fuera del este de Europa esa relación solía terminar en la estación trenes. La policía francesa entregaba a sus judíos; los holandeses, también; los noruegos, griegos y belgas: todos hicieron lo mismo. En sus mentes ellos no mataron a sus judíos: ellos solamente los subieron a trenes.

Pero en Europa del este, la cooperación local solía ser más activa. Por cuarenta años después de la guerra, estos países fueron comunistas y no podían lidiar con su pasado. Cuando hicieron la transición a la democracia, estaban desesperados por entrar a la OTAN y a la Unión Europea. Pensaron que sería muy importante limar las asperezas, porque todo el mundo sabe lo influyentes que son los judíos en Washington.

¿Algunos de estos nazis muestran arrepentimiento por sus crímenes?
No. Hace poco tiempo, conocí a los hijos de una de las personas que estaban acusando de crímenes de guerra. El señor vivía en Perth, Australia. Los hijos decían que su padre no podía haber hecho eso. Era imposible: él era un buen padre. Yo les expliqué que no lo estábamos juzgando por su rol como papá.
Pero no. En todos mis años en este asunto, nunca he tenido un solo caso en el cual un nazi haya mostrado arrepentimiento.

¿Ofrecen alguna excusa?
Algunas personas dicen: “Estuve ahí, pero yo no hice nada”. Actualmente tengo un caso muy importante en Hungría, que involucra a Sandor Képiró. Su situación es que sí fue procesado por sus crímenes, pero nunca fue condenado. Escapó a Sudamérica y, más adelante, volvió a Hungría. Cuando lo descubrimos, dijo: “Yo estuve ahí. Es terrible lo que sucedió, pero yo no hice nada”.

¿Quién es el nazi más pesado que has ayudado a atrapar?
El peor criminal que ayudé a sentenciar fue Dinko Sakic. Él era el comandante del mayor campo de concentración en Croacia. Lo descubrimos en Argentina y conseguimos extraditarlo. Fue sentenciado en Zagreb a veinte años de prisión. Aún sigue en la cárcel pudriéndose.

¿Cómo responderías a las acusaciones de que eres un justiciero persiguiendo viejitos?
Antes que nada, yo no pienso, ni por un instante, que lo que hago es la cosa más importante del mundo. Hay muchos otros temas que son más importantes. Pero esto no es venganza. Estamos involucrados en buscar justicia. En otras palabras, yo sé dónde vive esta gente. Al menos en teoría, yo podría ir y matarla. Les estamos dando una oportunidad, un día en la corte. Es mucho más de lo que ellos le dieron a sus víctimas.

El paso del tiempo no disminuye la culpa de los asesinos. Si ponemos un límite artificial en la persecución del genocidio, básicamente estamos diciendo que puedes salirte con la tuya si tienes la suerte, la inteligencia, el dinero, y si puedes vivir lo suficiente. Eso es moralmente atroz. Digamos que alguien asesinó a tu abuelita hace cuarenta años, y, de repente, te encuentras al asesino. No te importaría mucho si el hombre tuviera 100 años: ¡él mató a tu abuela y quieres que sea castigado! Cada una de estas víctimas era una abuela, un abuelo, un padre, una madre, un hijo, una hija, un sobrino, una sobrina.

Entonces, ¿cuánto tiempo falta para que estén todos muertos y puedas colgar tus espuelas?
En los próximos cinco años.

Para más información sobre cazanazis, visita www.operationlastchance.org

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