Esto es lo que soy

Entrevistamos al escritor israelí Etgar Keret durante su reciente visita a México. Su último libro de cuentos, De repente, un toquido en la puerta, fue un verdadero hit en la pasada Feria del Libro de Guadalajara (además de ser una chingonería a la que deberían asomarse los que no lo hayan hecho). Entonces, puede que no sea necesario dar demasiados detalles para presentarlo. Nada más diríamos que escribe cuentos que se leen en menos tiempo de lo que dura una canción de punk y que tiene una imaginación que parece funcionar sin pausa, como una cascada en anfetaminas. Estuvo ahí también Sisi Rodríguez, la coordinadora editorial de Vice México. Al parecer, ella le causó algo más que curiosidad, y aunque la tirada de onda no pasó de unos besos con su abrazo cachondo (Keret es un güey de lo más gentil, les puedo asegurar), es posible que eso haya influido para que hablara con tantas ganas.

VICE: ¿Cómo te ha tratado México?
Etgar Keret: Me encanta. Cuando llegué aquí, a la FIL, me dijeron que Israel sería el país invitado el siguiente año y me preguntaron si podría venir de nuevo. Les respondí: “Lo siento, no puedo, tengo compromisos». Pero después de estar una semana aquí les dije: “Está bien, vendré”. Me gusta mucho la gente de aquí. Creo que son los más amables y generosos que he conocido. Mis libros se han publicado en 36 países y nunca he conocido gente así… Voy a una firma de libros y la gente se porta de lo más sincera, te abrazan, te besan, te dan regalitos. Cada firma de libros que hago dura tres horas, porque cada quién me cuenta sus propias historias o habla de la forma que ve mis cuentos. Estoy acostumbrado a ir a lugares como Europa o Estados Unidos, donde mostrar tus emociones es considerado algo ingenuo. Pero aquí la gente no tiene bronca con dejarte ver el interior de su corazón.

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¿Tienes un lector ideal? ¿Escribes con alguien en mente?
Creo que me veo, antes de cualquier otra cosa, como mi lector y sólo en segundo lugar como un escritor. Cuando escribo cuentos no relato historias que ya conozco, sino que las descubro. Así, cada vez que un personaje abre una puerta, me asomo para ver qué hay en el cuarto. Cuando escribo, lo hago sobre todo para mí.

Atahualpa Espinosa, Etgar Keret y Sisi Rodríguez.

Qué bueno que lo digas, porque cuando empecé a leerte, pensé: “¿Hay un método aquí?” Porque tus libros se sienten como algo muy ágil y libre.
Sí, no hay método. Para mí, la escritura es un intento de articular algo que no puedo poner el palabras. Casi todos los escritores que conozco son como conductores: se suben al auto, manejan hacia su destino. A mí me gusta más viajar de aventón. Detengo el auto y me subo, pero no sé a dónde me va a llevar. Para mí, escribir es definitivamente un acto de pérdida del control. Muchos dicen: “Escribo porque no puedo controlar las cosas en la vida real. Pero aquí, en la página, puedo decidirlo todo”. Para mí, es lo opuesto: en mi vida cotidiana controlo todo, pero en la escritura quito el freno. Soy hijo de sobrevivientes del Holocausto. Mi madre fue huérfana, vio cómo asesinaron a su madre y a su hermano cuando era niña. Mi padre vivió 600 días en un agujero en el suelo, donde no podía acostarse o estar de pie, solamente sentarse. No son personas amargadas, son bastante felices, pero de niño sólo podía pensar en el hecho de que ellos habían sufrido mucho. Así que todo el tiempo la primera pregunta que me hacía era: “¿Qué puedo hacer para no incomodarlos?” Y solamente después me preguntaba: “¿Qué es lo que quiero?” Entonces el descubrimiento de la escritura fue para mí como encontrar un cuarto de seguridad donde podía soltar mis emociones, de forma que no llegara a haber daños secundarios. Un sitio donde podía ser yo mismo. En mi último libro de cuentos, hay uno titulado “Equipo”, que trata de una pareja divorciada. En él, un hombre lleva a su hijo al parque. Ahí, una niña mayor lo empieza a molestar, así que el padre interviene y empuja a la niña, que cae hacia atrás y se golpea la cabeza. Cuando leí este cuento en Estados Unidos, en Berkeley o San Francisco, algún sitio liberal, una mujer me dijo: “Me encanta tu imaginación, es muy original y etcétera. Pero, ¿cómo pudiste llegar a un personaje tan perverso que golpearía a una niña?” Y le contesté: “Yo soy él. ¿Qué quieres decir?” Cada vez que salgo con mi hijo y otro niño lo empuja, mi primer instinto es querer patearlo y decirle: “¿Qué se siente  que alguien más grande te pegue, pedazo de caca?” Y después sacarme el pito y orinarlo. Es mi primer instinto. No lo hago, porque sé que es solamente un niño y todo, pero el asunto con mis cuentos es que ahí finalmente puedo tomar todas esas cosas y ponerlas a la vista.

¿Es una especie de venganza?
No, no es como vengarme. También, después de leer mi último libro, mi esposa me preguntó por qué había escrito tantas historias de hombres que engañan a sus esposas. Y le dije: “bueno, tal vez es mejor que haga un cuento sobre eso en lugar de ponerte los cuernos”. Antes solía no reconocer mis emociones, las escondía y pensaba que eran problemáticas. Sentía que debía esconderlas en un lugar oscuro. Hay algo que me alivia en el hecho de mostrarlas y decir: “Esto es lo que soy”. Este es un país católico, ¿no? Para mí, hacerlo es el equivalente a la confesión.

Con algunos de tus primeros cuentos, creo que fue con Extrañando a Kissinger, sentí que había un rumbo más caótico. Ahora con tu libro más reciente, el desarrollo parece más deliberado. ¿Crees que tu escritura se ha vuelto más calculada?
No creo que sea algo deliberado, pero te voy a decir la verdad: creo que la mayor diferencia es que ésta es el primer libro de cuentos que he publicado desde que me convertí en padre. Creo que mi tendencia siempre fue pelear con la vida. Si veía a la vida, trataba de empujarla, de escupirle, decirle “chinga tu madre”. Pero cuando tienes un hijo, sientes que eres un mediador entre él y el mundo. Y dentro de ti, no deseas que tu hijo aprenda de ti, no quieres que sea como tú. Quieres que tenga algo mejor. Entonces a veces siento que debo ser un abogado de la vida. Cuando pregunta por qué algo es como es, siento que represento a la vida, como si este mundo fuera algo que inventé, algo de lo que soy responsable. Es la primera vez que tengo que lidiar con este sentimiento de responsabilidad.

Antes de este libro, había escrito muchas historias acerca de padres e hijos, pero incluso cuando tenía 34 años, me seguía identificando con el niño. El hijo controlaba la narración, no el padre. Es la primera vez que me cambié al bando de los papás. Siento que no estoy más enojado, pero tampoco más feliz. Sigo en la misma realidad que antes, sólo que con una nueva responsabilidad. Te voy a contar una historia. Es personal, pero se las voy a contar nada más porque se trata de ustedes. [Risas de todos]. No sé si sirva para la entrevista, pero…

No, por favor. Creo que será esclarecedora.
Ser padre es algo que te afecta de una manera muy profunda. Un día, cuando mi hijo tenía tres años, íbamos en un taxi. El chofer era como un fisicoculturista, tenía tatuajes y se veía bastante malhumorado. Mi hijo y yo íbamos en el asiento de atrás. Sus piernas no llegaban al suelo, así que se balanceaban de un lado a otro. En cierto punto golpeó el cenicero con su pie y el cenicero salió volando. El tipo volteó y empezó a gritarle a mi hijo: “¡Estúpido! ¿Por qué hiciste eso? Es mi coche, estúpido”. Como una respuesta automática, le grité de vuelta: “¿Estás pendejo? ¿Cómo se te ocurre gritarle así a un niño de tres años, pedazo de mierda? Si no te cae bien la gente, ve a rasurar cadáveres a la morgue. No te pongas a manejar un taxi, hijo de la verga”. Después de eso, hubo un  silencio tenso, hasta que mi hijo preguntó: “¿Papá, qué me dijo el señor?” Y yo: “Dijo que debes tener cuidado con tus piernas, porque puedes romper las cosas”. Y me preguntó de nuevo: “¿Y qué le contestaste?”  “Le dije que tiene razón, pero que aun así no debería haberte gritado. Que debería hablar de buena manera”. Mi hijo se quedó pensando y dijo: “Pero tú le gritaste a él”. Le respondí: “Sí, tienes razón. Estuvo mal que le gritara y me disculpo”. Y entonces le dije al taxista, que no volteaba a verme, que lo sentí a mucho, que no debí haberle gritado. Seguimos callados por un momento. Después, mi hijo le dijo al tipo: “Ahora tú tienes que pedirme una disculpa”. Fue lo que le dijo a ese fisicoculturista, que se veía bastante enojado. Así que le dije a mi hijo: “Mira, este… es muy difícil pedir disculpas y manejar al mismo tiempo. Puede haber un accidente. Pero se nota que lo siente mucho”. Mi hijo volteó a ver al taxista y después me vio y dijo: “Yo no puedo ver que lo siente”.  Entonces el tipo frenó de pronto y el carro quedó detenido a media calle. Se volvió a hacia mi hijo y le dijo: “Créeme, lo siento mucho”… Entonces, no es que esté orgulloso de eso, pero siento que llevo toda mi vida gritándole a los taxistas. Pero cuando te conviertes en padre te llega una capacidad reflexiva acerca de tu lugar en el mundo y creo que en ese sentido, este último libro es el más reflexivo de todos. Varios de los cuentos parecen ser acerca de la vida, pero para mí son historias acerca del mismo acto de escribir.

Mi hijo me preguntó: “Papá, ¿por qué escribes cuentos?” Hay algo muy inocente en esa pregunta, pero se quedó conmigo desde que la planteó. Para impresionar a Sisi [a quien creo que en gran parte iban dirigidas las respuestas de Keret] podría decirle: “Elige un cuento, el que quieras, y te mostraré cuál es el truco de la escritura”. Pero, de la misma forma que en la historia acerca del cierre [“Abrir el cierre”, un cuento sobre una chava que encuentra un cierre en la boca de su novio y cuando lo abre, emerge otra persona], creo que cada vez que cuentas una historia, estás abriendo tu cierre. O como el tipo en el café, el cuento en el que cualquier clase de persona llega a hablar con él [“Mañana saludable”, en el que un güey al que botó su novia se dedica a pasar todas las mañanas en un café, hasta que varios extraños comienzan a hablarle, confundiéndolo con alguien más a quien habían quedado de encontrar], me parece que cuando escribes, asumes otra personalidad, como una forma de combatir la soledad. Todos los cuentos de este libro tienen esa cualidad reflexiva: cuentan una historia, pero también hablan de lo que estoy haciendo en ese momento preciso. Para responder esa pregunta de mi hijo, acerca de por qué escribo, necesitaría tener un enano mirándome todo el tiempo, de forma que pudiera percibir lo que soy y lo que hago.

Eres también un gran narrador oral. No lo esperaba.
Ha sido la mejor entrevista que me han hecho hasta ahora, me parece. Puedes darte el crédito. ¿Quieren ver una foto de mi hijo?

¡Por supuesto!
[En ese momento, sacó su teléfono y nos mostró el retrato de su hijo].

Heredó tus ojos. ¿Cómo se llama?
Lev, que es “corazón” en hebreo. Es un nombre que nadie usa en hebreo. En Rusia es más común, como Tolstoi.

O Trotsky…
En ruso quiere decir “león”. Así que significa “Corazón de león”.

La historia del taxi que nos contaste me recordó que Israel y México son países tensos. Puede que sea por distintas razones, o de modo muy distinto. Pero me parece que comparten esa atmósfera.
Creo que es algo casi esquizofrénico, como de personalidad dividida. Digamos… para mí, los mexicanos son la gente más agradable que conozco. Pero ves las noticias o los periódicos y hay narcos que dejan 20 cuerpos decapitados. Lo mismo va para Israel. Mi acupunturista es el tipo más amable. Es vegano porque no está de acuerdo con el maltrato animal. Tiene una hija a la que no deja ver películas gringas, ni siquiera caricaturas, porque le parecen demasiado violentas. Pero en el servicio militar trabaja como francotirador. Es un vegano entrenado para matar gente. Cuando me atiende en su consultorio, con las agujas y todo, y me advierte sobre lo que no debo comer y esas cosas, no está tratando de engañar a nadie. Es él. Y cuando está de servicio y le dicen: “Tienes que matar a ese güey antes de que mate a tu amigo”, también es él. Son dos mundos paralelos. Hay lugares lindos, como California, donde hay parejas gay en la calle, donde nadie parece tener broncas con nada. Todo bien, ya sabes. Pero te mueves 80 kilómetros en cierta dirección y ves retenes con morros de 18 años que detienen mujeres embarazadas antes de pasar de un pueblo a otro. Y es una paradoja que cala hondo en la cabeza de la gente. Cuando hice una presentación en la FIL, les dije: “¿Saben cuál es la diferencia entre una pareja joven, digamos de 24, que pelea en Europa y una que lo hace en Israel? En ambos lugares la chica gritará a su novio: ‘Eres un pendejo, ya no te quiero’. Después irá a su departamento, cerrará con llave dirá a través de la puerta: ‘No quiero que regreses nunca’. La diferencia es que en Israel, el novio sabe dónde patear la puerta para abrirla. Si no lo hace, significa que está dispuesto a jugar el juego de la civilización”. La gente en otros países no está consciente de la opción que existe fuera de su contexto. Para ellos, la ontología es la civilización. En Israel, la ontología es algo salvaje, violento. Pueden ponerse un traje para ir a un concierto y decir “gracias, después de ti”, pero saben que hay algo en el aire que puede voltear de revés las cosas de un momento a otro. Es como este tipo acupunturista, que cocina su desayuno sin  huevos, porque vienen de una gallina, y que en el siguiente minuto… Sí, hay algo acerca de esta identidad que es explosivo. Trato de presentar esto en mis cuentos: la gente que conoces, que está bien adaptada y vive una vida sencilla, pero que… Como este tipo que quiere vender el juego de mesa a los gringos [habla del cuento “Una buena”, donde el protagonista cumple el sueño que tenemos todos de partirle la madre al vigilante mamón de un edificio corporativo], que es justo así. Gente que a la vez, va cargando una bomba llena de cables, y que te puede volar cuando lo decida.

Eso me recuerda que tienes una idea bastante despreocupada acerca de la muerte o la vida después de la muerte.
No sé si sea despreocupada. Humorística, tal vez… pero sí, no es para nada melodramática.

Sí, quiero decir que no es como una fiesta, pero definitivamente es menos solemne que la noción de muchos otros. Entonces, ¿tienes alguna idea acerca del fin del mundo?
Muchas veces, cuando escribo acerca del fin del mundo o la vida después de la muerte, es algo metafórico. No tengo una noción concreta acerca del tema. Cuando veo el mundo en el que vivimos hoy, me parece que está muy cerca del fin. No creo que el planeta vaya a explotar o eso, pero pronto viviremos en un mundo que será totalmente distinto a éste. Y estoy seguro de que, de la misma forma en que estamos sentados los tres a esta mesa, dos mil años atrás había tres romanos sentados en torno a una mesa, y antes de ellos, tres asirios, y antes tres babilonios… Ésta ha sido la forma de nuestra vida. Pero siento que el presente está alcanzando un punto crítico. Podemos hablar de la desastrosa situación económica, la Primavera Árabe, el ascenso de los fundamentalismos religiosos, el declive de la nacionalidad… Pero al final, creo que dentro de 15 años, en muchos países habrá mayoría de musulmanes y cristianos, algo que no está mal para nada, pero que hará que estos países sean diferentes. Por otra parte, esta crisis económica nos llevará en cierto punto al aumento de las tendencias fascistas. Así, creo que si alguien construye un delirio para asumir que todo seguirá igual… Israel es un ejemplo, porque no estoy seguro de si el año que viene, cuando regrese a mi país, habrá un país al cual regresar. Pero incluso cuando hablo con amigos de Estados Unidos o México o China, les puedo decir que en unos años, todas las rocas que forman los edificios, estarán en un sitio completamente distinto. Vivimos en una época en que las cosas escalan sin parar. En Israel tenemos una cosa llamada la “Temporada de pepinos”, que los diarios usan cuando no tienen nada acerca de qué escribir. Lo que digo es que la temporada de pepinos ya quedó fuera del tablero. Si vas a un portal de noticias, cada día hay miles de personas que mueren a causa de traspasos de poder: Grecia a punto de salir de la Unión Europea, ductos de petróleo que estallan… Hay una noción recurrente que nos dice: “así son los medios, las comunicaciones funcionan así”. Pero no son los medios, hay una fuerza acelerada de cambio en la realidad. Estoy seguro de que el mundo en que vivo no será el que habite mi hijo. Hace cuarenta años, no había una diferencia mayor. Sí, la Guerra Fría y todo. Pero inventos como el celular o internet han cambiado la noción espacial del lugar que vivimos: dónde estamos, con quiénes nos comunicamos, quiénes son nuestros amigos. Creo, por ejemplo, que es imposible, en la era del internet, mantener de forma auténtica nuestra noción clásica de nacionalidad. No se puede mantener una mentalidad tribal cuando tu tribu vive en internet. Mi hermano, por ejemplo, vive en Tailandia, en una casa encima de un árbol. Y sus amigos son anarquistas turcos. El mundo en que vive la gente que filtró los archivos a Wikileaks no funciona con la misma proximidad física a la que nos habíamos habituado para construir nuestra vida anterior.

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«Estamos en manos de analfabetas», Guillermo Fadanelli

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