La gravedad puede ser una fuente tanto de orden como de desorden. Una enorme roca posada en medio del desierto nos parece algo correcto, seguro, firme, mientras que un vaso precipitándose hacia el suelo en medio de una discusión matrimonial solo puede generarnos incomodidad y rechazo. Pero —sea una cosa o la otra— realmente no pasa nada, todo está bien. Pensad que sin la gravedad esta realidad sería una auténtica pesadilla —descomunales planetas y aterradores estrellas rotando sin control y haciendo imposible cualquier forma de vida— así que solo podemos aceptarla y limitarnos a agradecerle su existencia.
Antonio García Ferreras debería saberlo, como el tipo culto, profesional e informado que es debería saber que la gravedad existe y que por eso, a veces, no hay que acumular objetos o ideas dentro de la nariz, porque la posición que ocupa este pequeño órgano olfativo dentro del cuerpo facilita el desprendimiento de todo lo que dentro se albergue. Da igual lo que sea, si algo yace ahí, es probable que salga, sobre todo si estamos en posición vertical.
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El caso es que a Ferreras le ha salido despedida una roquita blanca de la nariz y España (en toda su pluralidad nacional) merece saber de qué diablos se trata.
Lo más sensato sería decir que se trata de uno de esos objetos que habitualmente residen dentro de la nariz de los seres humanos de sexo masculino, o sea, “el pavor a la soledad, el rechazo unánime por parte de la sociedad, el miedo atroz al fracaso y a perder en la vida”, pero esa pelotilla fugaz de color blanquecino no coincide demasiado con las descripciones que habitualmente han dado todos aquellos que han visto el miedo más puro, es decir, “un prisma triangular que se mueve y retuerce como un centenar de crías de serpiente lanzadas a una hoguera de hielo”. No nos pongamos nerviosos, aún quedan muchas opciones.
Otra cosa que merodea puntualmente dentro de la nariz son las lágrimas. Muchos hombres ocultan estas sencillas muestras de sentimientos en su fosa nasal para evitar mostrar un exceso de emotividad, sobre todo lo hacen todos aquellos que trabajan en medios de comunicación, quienes, ante todo, intentan ofrecer una información objetiva y no identificarse demasiado con la información transmitida. Podría, entonces, ser una lágrima, una lágrima de Ferreras. Sin embargo, la densidad del objeto no coincide demasiado con el estado líquido de estas secreciones.
Podría ser también una metáfora de la veracidad informativa o un guiño crítico al cambio climático y al deshielo de los polos, pero parece poco probable. En foros de internet que no se pueden vincular en un artículo de un medio de comunicación convencional afirman que ese volumen milimétrico podría ser un micrófono oculto implantado por la gente del IBEX 35, los Rothschild y los Anunnakis. Pero ahora acabo de recordar que a veces a la gente se le queda un poco del polvo que tienen los Donettes Nevados, podría ser eso. También. Hay muchas opciones. Como por ejemplo un método de reproducción nuevo, algo parecido al sistema que utilizan las plantas, todo eso del polen.
Sí, puede que, en ese momento, Ferreras estuviera polinizando algo, cosa que tendría sentido en este inicio de la primavera. Podría ser un punto y aparte, un mail enviado vía nasal, un pequeño parásito que ha considerado que ya ha exprimido todas las posibilidades de su anfitrión, un burofax, una noticia de última hora, un extraño código que advierte al espectador de que este contenido no es apto para menores, el sueño de Europa, un SMS, una gotita de típex con la que Ferreras pretende corregir un error que acaba de encontrar en el texto que está leyendo. Podría ser un sistema de traducción simultáneo, una especie de código braille para los ciegos o un comentario en TripAdvisor de un restaurante que no le moló nada a Ferreras. Es que, pensándolo bien, podría ser cualquier cosa. Incluso un poema de amor. Un poema de amor precioso.
En todo caso solo hay una cosa que no podría ser, algo totalmente imposible, algo que ningún profesional de la información podría tener en la nariz, pues afectaría a la imagen que la gente tiene de este periodista en concreto y de todo un gremio de profesionales en general. Un polvo blanco, puro y precioso que cambia a las personas, ya sabéis: la bondad.
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