La semana del primero de febrero, cuando el alcalde daba de qué hablar por su intervención en los temas ambientales de la ciudad, empezó el fuego. Los cerros orientales de Bogotá estaban escondidos bajo una nube de humo y cenizas. El aire de la ciudad, que se caracteriza por un nivel de polución muy alta en días regulares, quedó tan contaminado que el martes, de acuerdo con una página que mide en tiempo real la calidad del aire de las ciudades del mundo, la capital de Colombia parecía Beijing, donde la gente sale con tapabocas por obligación.
Yo, por mi parte, quería tomar fotos. Así que el jueves 4 de febrero llegué al Parque Simon Bolivar, allá es de donde los helicópteros sacan el agua que llevan de forma incesante para apagar los cerros. Llegué allá, digo, faltando un cuarto para las siete, de la mañana. Debido a la «continua situación de emergencia», decía una valla, no prestaría ningún servicio. Llamé a la persona que me recomendó no mencionarla por nombre propio ni cargo en este artículo. Con órdenes militares me dijo que lo esperara mientras iba por mí. Me recogieron en una camioneta y me llevaron hasta el improvisado helipuerto, en la mitad del parque. Una carpa hacía las veces de centro de comando. Alrededor suyo, tres helicópteros.
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Esa persona me dio órdenes de dirigirme inmediatamente al Black Hawk de la fuerza aérea porque en cualquier momento despegaría. Me puse un chaleco como el que usa cualquiera de los cinco tripulantes (los dos pilotos, el que opera el recipiente gigante en que cargan el agua y otros dos en las ventanas que nunca supe qué hacían) y me aseguraron con un arnés debido a que el helicóptero vuela con puertas y ventanas abiertas.
Nuestro helicóptero fue el último en despegar. Volamos bajo mientras terminaban de asegurar el «Bambi Bucket», que se llenó muy rápido a pesar de tener capacidad para 640 galones de agua. El recorrido hasta el centro de la ciudad tomo apenas un par de minutos, pero mientras el helicóptero ganaba altura se perdía la visibilidad y el frío se apoderaba de la cabina. Podían verse pequeños puntos en la montaña, unas manchas encendidas apenas. Lo peor estaba al otro lado: hectáreas quemadas, árboles reducidos a cenizas, olor a quemado. El piloto advirtió que la visibilidad era tan mala que probablemente no podría adentrarse en la zona. Por las puertas no se veía la montaña. Solo humo.
Un corto sobrevuelo ayudó a disipar el humo. Por fin se veía la zona en donde se debía hacer la descarga. El Black Hawk se posicionó encima mientras se daba la orden. La fuerza de los 2.368 kilos de agua abandonaron el helicóptero. Lo sacudieron. Luego volvimos para cargarlo. Ida y vuelta. Uno los puede ver en el cielo bogotano. Sin descanso. Todo el día.
Mientras bajamos hacia al parque, la temperatura volvió a su normalidad y se podía ver el centro de la ciudad cubierta por una ligera capa de humo. Me movía dentro de una puerta a otra, tomando fotos con mucha dificultad. Todo el equipo que llevaba puesto pesaba varios kilos y la fuerza del viento lo hacía más difícil de cargar.
Nuestro plan de vuelo había cambiado. Se suponía que íbamos a volar hasta que la gasolina se acabara, pero estábamos en el parque quietos. Me bajé del helicóptero, me dijeron que la visibilidad era mala. Que volveríamos hasta nuevo aviso.
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