FRIKONSIDERACIONES EN TORNO AL REACTABLE PORTÁTIL

¿Te acuerdas de la revista The Wire? ¿Y de esos artículos INTERMINABLES? Podías pasarte meses intentando llegar al final de la página en la que alguien diseccionaba la estética del ruido, la geometría fractal y los sistemas dinámicos que confluían en el nuevo ensayo sónico de Merzbow, y cómo cada capa de ruido blanco correspondía a el sufrimiento de una ballena diferente. Pues aquí y ahora nuestro querido Jess Burton hace algo parecido con la nueva versión portátil del Reactable. Léelo. Y luego saca un cigarro de donde sea, vete a la sombra y reflexiona sobre lo que acabas de leer dando largas y pacientes caladas con los ojos semicerrados.

Uno de los aspectos más interesantes de los conciertos de los Tangerine Dream mediosetenteros era que, por lo general, estos se llevaban a cabo en una introvertida penumbra, en ocasiones casi total negrura: interesante, digo, pues únanse a los de por sí laxantes efectos de la música de Edgar Froese y sus comparsas –época Atem y Phaedra– el hecho de que los únicos puntos de luz fueran los leds de los armatostes electrónicos que rodeaban a los músicos de un nimbo irreal y dejaban todo lo demás dentro de un ilusorio campo de no-existencia (que no veía un pijo, vamos), y a eso añadan el efecto desinhibidor mente-vejiga de determinadas sustancias, entenderán que los hippies devenidos amebas hirsutas no tuvieran reparo en evacuar sus líquidos sobrantes en cualquier esquina, a resguardo de miradas reprobatorias, caso de que alguna hubiera, gracias al manto de oscuridad; la instalación como camuflaje, la opción estética llevada a terrenos prácticos.

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Esta sinergia lumínico-mingitoria se fue perdiendo, para regocijo de señoras de la limpieza, a partir de los 80, con la digitalización de los chismes de hacer boing y consecuente confinamiento de los parámetros de los sonidos en una diminuta, poco iluminadora pantallita LCD, hasta llegar prácticamente a desaparecer en el nuevo milenio con el patrañero recurso de dejar que todo el trabajo lo haga un laptop, que desprende un leve resplandor sobre la jeta (en ambos sentidos) del laptopero y ya está: ni espectacularidad luminosa ni nada, sólo autismo disfrazado de concentración. En fin; esta tendencia puede que tenga visos de revertir a corto plazo si, ahora que sus responsables han reducido su tamaño a dimensiones portátiles (90 cm. de alto por 85 de ancho), se populariza definitivamente el Reactable, que de lucecitas no anda corto.

Tampoco de posibilidades sónicas. El nuevo Reactable, del que se nos hizo una presentación previa a la degustación de unos pinchos excelentes, se toca de forma similar a como se ponen fichas en el juego del dominó, igual que en su primera versión, pero resulta más intuitivo y las posibilidades de modificar los sonidos a tiempo real son mayores. Se inició la demostración disparando unas bases rítmicas con el bombo a negras (esos ritmillos que tanto tiran cuando es de madrugada y vas muy pasado), imagino que para ilustrar a los presentes de que, si así se quiere, con el Reactable se puede hacer techno. Si has practicado un poco con Ableton o has jugado al Lego, se puede. Convencidos pues. Lo bueno llegó minutos más tarde, cuando el neogarrulismo tecnológico de la mayoría de los presentes, a quienes nos permitieron manosear un rato el Reactable, propició la generación espontánea de ruidicos inclasificables que no habrían desentonado en un disco del Conrad Schnitzler etapa Schwarz y Blau, o saltando adelante en el tiempo, en uno de Alva Noto. Exploradores perdidos estábamos cuando rompió el encanto experimental el redactor jefe de Vice, quien al disponer al azar uno de los cubiletes generadores de sonidos disparó accidentalmente una timbalada house ibicenca por la que inmediatamente pidió disculpas.

La ronda de preguntas se saldó por parte mía con unas cuantas de carácter práctico. Sí, el Reactable, pese a su disposición horizontal y amplia superficie de pantalla (68 cm.), es más fácil de limpiar de lo que parece, un trapo seco y tira p’alante; no, por muy ancho que sea el reborde que circunda la pantalla, no se recomienda dejar encima el cubata; sí, la versión remozada del aparato se monta en sólo diez minutos y puede cargar con ella una persona, además no muy musculosa; no, por el momento no se han planteado incorporar un cenicero; sí, los artistas adinerados que en su día adquirieron un Reactable full size se beneficiarán de la actualización; no, no se va a obsequiar con Reactables a los presentes; sí, puedes coger el último pincho de tortilla; no, café no hay; sí, el lavabo está al fondo a la derecha. Y un poco más allá la salida.

En el menos hi-tech entorno de la puta calle, de camino de regreso a la redacción de Vice, no pude por menos que cavilar acerca de las enormes posibilidades que ofrecerían cuatro o cinco Reactables a pleno volumen en un entorno iluminado únicamente por sus azuladas pantallas circulares. Si las catedrales de Reims, York y Coventry albergaron en los 70 actuaciones de Tangerine Dream, teniendo la primera que ser sacralizada de nuevo tras las maniobras evacuatorias en la oscuridad de los miles de electroparamecios asistentes, ¿por qué no hacer lo mismo hoy en Santa María del Mar, la Sagrada Familia, la Basílica de San Pedro o la Iglesia Adventista del Santo Prepucio de Cristo Redentor? Lo intuyo como un espectáculo multimedia fascinante: un ensemble de Reactables portátiles proyectando su hipnótico fulgor sobre las espaldas de un nutrido grupo de incontinentes meadores en paredes de santos refugios. Lo espiritual, lo corpóreo y lo electrónico ‘n’ digital unido en inefable, perfecta simbiosis; la fusión de la más primitiva pulsión humana y la sofisticación del hecho artístico 2.0… Sincretismo en su expresión más depurada. Piss boom tschak.

JESS BURTON

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