Siempre me pregunto si es el trance como género musical el que la está cagando, o si más bien, los nuevos DJs han hecho que tome una vuelta desafortunada.
No sé bien, pero la neta es que Tiësto y todos sus compinches lo están haciendo fatal. Escucharlos me hace sentir nostalgia por el (¿verdadero?) trance: se han convertido en una copia barata del reinado del pop, con la hipocresía que implica creer que hacen otra cosa.
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Pero el trance no es sólo lo que ellos producen, o por lo menos no su material de los últimos años. Como toda corriente musical, tiene su origen, su moda, y su declive. Tomando dos de sus íconos más famosos, vamos a ver de qué va esa onda:
¿Qué es el trance?
El trance es el último estado de la vida, la proximidad a la muerte, el fenómeno espiritual, la unión mística con Dios. El uso común de la palabra se refiere a un estado hipnótico de la consciencia. Eso es lo que la música con el mismo nombre intenta representar.
Lo logra de cierta manera al mezclar ritmos que-clavan-y-sueltan. En las canciones trance, generalmente por la mitad, empieza el breakdown que difumina el ritmo, construye las melodías concentrándose en lo ambiental (como si estuviera reprimiendo) y finalmente «suelta» acelerando el ritmo y explotando los sonidos. Pienso en la analogía del orgasmo, el clímax, o en una estructura musical en forma de pirámide.
Estamos a finales de los ochenta, en un mundo marcado por la caída del muro de Berlín, la paz como ideología contracultural, la orientación hippie y la influencia del rock sinfónico en otros ámbitos musicales. Lo que se usaba entonces era el ambient house, surgido de los ravers que se inclinaban a la meditación y el estudio de la filosofía hindú. The Orb es un ejemplo de esto: dieciocho minutos de épica ambiental con samples de astronautas (1989).
En Alemania ya desde antes había aparecido Klaus Schulze con su álbum Trancefer (de donde probablemente vino el nombre), pero fue realmente el legendario Sven Väth quien empezó a experimentar con el género desde que abrió el club Omen en Frankfurt, retomando los principios del misticismo para trasladarlos a una estructura musical explosiva. Cinco años más tarde, sacó An Accident in Paradise.
Desde sus inicios, el trance estaba condenado porque surge como una reacción ante el abuso de lo dark de la música de raves y el exceso de abstracción del tech house. Buscaba simplificar la música para el consumo de las masas. Los estímulos místicos se encaminaban a una música ideada para sentir y no pensar.
La no-tan-mala-época
En la siguiente etapa de la música trance, Paul Oakenfold llega a la escena. Después de pasar una buena temporada en Ibiza, hizo nacer los ritmos balearios y toda la escuela de –lo que en un inicio fue—ambient house de Café del Mar. A la par, se desarrolla el psycedelic trance en Goa, en la India precisamente obedeciendo los principios hinduistas de la corriente en sus inicios.
Este Goa Mix de Oakenfold recoge un poco lo que digo:
Ya entrado el dos mil, David Guetta, Tiesto y Armin Van Buuren eran los reyes del trance. A esta onda también se sumaron DJs como Sasha y Digweed, aunque con otro estilo. Vaya, no era el epítome de la innovación, pero por lo menos hubo una época en la que sus sonidos sublimaban la pista de baile y seguían las reglas tranceras.
Lord of Trance de DJ Tiësto es paradigmática en este sentido, inclusive la letra recoge bien toda la ideología con la que el trance inició:
There’s nothing to be afraid of,
virtual reality will rehabilitate
your mind
and eventually your body.
You’ll be alright, I promise.
Just concentrate…
and trust the music.
Y cómo olvidar el himno que sonaba en todos los clubes a mediados del año dos mil: David Guetta y The World is Mine con su espíritu global y universalista, muy parecido al que se bailaba en la Alemania post-Muro de Berlín.
I’ve lost my fear to war and peace
I don’t mind that
(The world is mine)
You took the price and realize
That to your eyes (The world is mine)
Esta fue la época del auge de la música trance y los grandes festivales como Creamfields, y Boom en Portugal.

Después de esto ya no entendí nada. Tanto Guetta como Tiësto, Oakenfold y Van Buuren traicionaron los principios de la música electrónica y hoy por hoy, se encargan de hacer música para consumo popular que no tiene ningún sentido ni profundidad.
No me voy lejos cuando digo que Lady Gaga, Britney Spears y Selena Gomez suenan a lo mismo que ellos.
La condena: del trance al pop comercial.
La electrónica siempre se ha preocupado por lo clandestino: es la cara oculta de la música de baile para la que importa más inyectar concepto que dinero. Bajo esta lógica, el infierno es el circuito de masas en que la música se banaliza y se consume según parámetros comerciales. Esto hace el trance de hoy en día. Del anonimato y el underground, los DJs del trance han decidido volcarse hacia música que alaba sus egos y los pone en pleno spotlight.
Hipnotizan a las masas ofreciéndoles una música sin discurso y consumible de la manera más rápida posible. Es el fast food de la electrónica.
Esto es Tiësto este año en el Ultra Music Festival de Miami. Es una hora y media de pura demagogia, sonidos atascados y visuales excesivos. Se aleja de lo místico hacia el consumo vacío y la alabanza repetitiva de un bajo muy ruidoso. Y la gente se ve feliz….
Guetta no se queda atrás. En los últimos años ha hecho colaboraciones con las estrellas pop más famosas del momento como Kelly Rowland, Rihanna, Akon, Fergie y LMFAO. Y vaya, ni siquiera disimula que busca hacer una música que pegue en la «radio»:
«The more melodies and chord changes, the less good it is for the clubs, but the better it is for radio, because it makes it really emotional…Yet, what gives dance music energy and drive is that it’s hypnotic and repetitive. My battle is to find the balance between the two.»
When Love Takes Over, la rola que hizo con Kelly Rowland, fue coronada en Billboard como la mejor canción de dance-pop de toda la historia. Estoy seguro que varios la ubican de taaaaanto que la tocaron el año pasado:
En fin, todo esto para decir que me frustra un poco que la música electrónica esté tomando este camino. Si todo lo empezamos a sujetar a las pinches reglas de mercado, la vanguardia, la experimentación y la ruptura de reglas, va a terminar muriendo. Y de eso se trata la electrónica: lo comercial no se lleva con la rebeldía, porque la rebeldía no vende.
Varios me dirán que es sólo una impresión subjetiva, y que el trance comercial tiene su lado bueno. Yo digo que hay que ser críticos con lo que escuchamos: el trance comercial ha dejado de ser electrónica, para convertirse en el pop de una época clavada en el vacío.
Gisela sigue teniendo roces con la electrónica en– @gisela_pda
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