La policía religiosa iraní, el Basij, cuya misión es vigilar que la población obedezca el código Islámico, observa una larga y orgullosa tradición de acosar a las mujeres con tendencia a vestir al modo occidental. Sólo recientemente los varones iraníes se han convertido en objetivo de similares campañas ultraconservadoras para cortarle las alas a quien se salga de la norma en materia de aspecto externo. Lo que ahora mismo más preocupa al Basij es la tendencia al alza entre la población masculina de lucir peinados llamativos, una moda que se extiende como mancha de aceite y acerca de la cual se muestran terriblemente preocupados. El corte de pelo favorito entre los jóvenes más aperturistas de Teherán, y en consecuencia el que la policía capilar está más determinada a alisar, por así decirlo, es el khorusi, lo que en occidente conocemos como el pelo en punta. Aunque en teoría estamos de acuerdo en que el corte en cuestión es una verdadera afrenta a la vista, no creemos que nadie merezca que le corten una mano sólo por lucirlo. Bastaría con hablarlo, ¿no?

A Teherán se la considera la capital de la moda en Irán, con centenares de tiendas de ropa y salones de peluquería afrontando la difícil tarea de adaptar y aplicar los usos y modos de la moda occidental sin levantar las iras de su conservador gobierno. Por desgracia a menudo no lo consiguen, y algún agente de policía o político se pone como las cabras y ordena que cierren el local. Vestido con un polo de color rosa pálido, el propietario de una de estas tiendas, que solicitó permanecer en el anonimato, nos dijo un poco a la defensiva: “Lo único que hacemos es darle a la gente joven lo que quiere”.
Pero basta un breve garbeo por las calles de Teherán para darse cuenta de que la política de tolerancia cero del Basij para con los peinados de fantasía no está dando resultado a la hora de acabar con una boyante corriente subterránea de peluqueros dispuestos a correr el riesgo que supone “puercoespinizar” las cabezas de sus clientes. Tras una larga, exhaustiva búsqueda, encontramos finalmente un salón en la zona norte de la ciudad en el que nos permitieran fotografiar uno de estos peinados en pleno proceso de creación. La cabeza receptora pertenecía a Hussan, un estudiante de medicina de 21 años de edad. El peluquero es Rodni, que lleva 20 años dedicándose al oficio y está estupefacto ante las drásticas medidas que se han tomado recientemente contra la industria a la que pertenece. Rodni nos contó que el gobierno le expulsó de Jordan, el suburbio de Teherán en el que trabajaba, por hacer esta clase de cortes de pelo, y que tuvo que irse más al norte.

La policía de Teherán se está empleando a fondo como sólo ellos saben hacerlo. El mes pasado, sin ir más lejos, organizaron un pase de (anti)moda con la intención de ganarse a los chicos. En dicho pase no desfiló modelo alguno, consistiendo en realidad en una exposición de maniquíes ataviados con lo que ellos consideran atuendos contrarios al Islam y una sarta de útiles sugerencias sobre peinados aceptables (y bastante aburridos, podríamos decir), complementados con una muestra de nuevos y “atrevidos” modelos de chador, el largo vestido negro que cubre el cuerpo de la mujer de la cabeza a los pies. Esto es lo que nos dijo Sardar Ansar, sargento de la policía iraní: “Nuestra intención es orientar a nuestros diseñadores para que satisfagan los deseos de nuestra sociedad. No queremos que saquen sus ideas de la televisión por cable”.

El Golestan, un centro comercial al noroeste de Teherán, es, al igual que este tipo de complejos en cualquier otra parte, un imán para la juventud, que se desplaza de todos los rincones de la ciudad hasta allí para hacer sus compras y pasar el rato. En la explanada que hay en el exterior, seis guardias de seguridad mantienen el orden en lo que aparenta ser, por lo demás, un lugar bastante pacífico. Aquí no hay alcohol, y tampoco drogas; sólo jóvenes iraníes sentados aquí y allá, sorbiendo jugos de frutas recién exprimidas y viendo pasar a las chicas mientras juguetean con su pelo. Nos acercamos a preguntarles si en alguna ocasión se las han tenido que ver con el Basij, y un chico de 16 años llamado Hameed no explicó que, efectivamente, la policía religiosa les respira en el cogote con frecuencia. “A mí me arrestaron una vez. Me llevaron al Centro para la Erradicación del Vicio, afeitaron la cabeza y condenaron a pagar una multa de 200,000 rials (unos veinte dólares). Después llamaron a mis padres para que vinieran a recogerme, diciéndome que la próxima vez me meterían en prisión”

En el extremo opuesto de la ciudad tuvimos la oportunidad de ver al Basij en acción. Fue en la plaza Vanak, una de las zonas más populares para ir de tiendas. La policía había aparcado tres furgones rodeando la plaza, en cada vehículo dos mujeres vestidas con chador negro y tres agentes varones con sus distintivos uniformes verdes. Observando la operación desde cierta distancia, pude verles llevándose aparte a las chicas para comprobar la longitud de sus mantos (abrigos, o gabanes) y cuán retirados hacia atrás estaban los pañuelos que llevaban en la cabeza. A quienes consideraban que habían vulnerado las normas las conducían a unos autocares con las ventanas tintadas, identificados como pertenecientes a las Patrullas de Orientación, para mantener con ellas una charla más larga. Las mujeres retenidas salían de los vehículos a los pocos minutos con una expresión de bochorno en el rostro, y casi siempre con un chador nuevo, más largo y más amplio.
El Basij no tarda mucho en fijarse en un chico de unos 23 años, al que interrogan acerca de por qué lleva tanto gel en el pelo y la razón de los desgarrones, con aspecto de haberse hecho deliberadamente, en las rodillas de sus tejanos. El chico les explica que es estadounidense y que no sabía que en el país había leyes contra este tipo de cosas. La explicación les convence y le dejan marchar sin aplicarle castigo alguno.
Lo siguiente que pude apreciar fue cómo una mujer de mediana edad vestida con un chador se enfrentaba verbalmente a la policía, poniendo en tela de juicio tanto la operación como a ellos mismos. “¿Por qué no vais a ocuparos de los auténticos problemas de Teherán, como el tráfico y el crimen?”, les espetó agriamente la mujer. La respuesta de uno de los agentes, con tono exento de emociones: “Normalmente los problemas se resuelven aquí. Y si damos con personas reincidentes, el caso se envía a los juzgados. Yo sólo estoy obedeciendo órdenes”.
Volvemos al salón de Rodni. El peluquero, desafiando las tajantes medidas de la policía, está trabajando en un blog, con la esperanza de que sirva de inspiración a la juventud iraní para que luchen por su derecho a lucir los mismos estrafalarios cortes de pelo que los mentecatos del resto del mundo pueden hacerse con total libertad. Rodni desearía que su URL fuese www.rodni.ir, pero tampoco tiene muchas esperanzas depositadas en ello. Para controlar este tipo de cosas ya existe en Irán una división de la policía encargada de los delitos internáuticos.
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