Ocultando el horror

Los restos resecos de una tarántula Goliath. FOTOS DE JOHN MICHAELS

En la civilización occidental, la aracnofobia es un trastorno corriente. Según afirma un estudio inglés1, más de la mitad del total de mujeres y cerca de una quinta parte de todos los hombres tienen miedo a las arañas. Para la mayor parte de estas personas, los arácnidos no acostumbran a provocar más que un rictus de desagrado; para una minoría, sin embargo, el pavor es tal que se manifiesta en forma de rituales que pueden llegar a afectar a su vida cotidiana. Aún más problemática, la aracnofobia extrema puede desembocar en la peor forma de agorafobia: una preocupación incapacitante por que el enemigo invada el santuario doméstico a través de incontables, casi imperceptibles grietas y huecos. Por fortuna, es una afección que se puede curar.

Fue hace sólo unos años cuando empecé a darme cuenta de la severidad de mi aracnofobia. Toleraba a las arañas pequeñas, pero cualquier cosa más grande que una viuda negra normal me provocaba un terror instantáneo: me empapaba en sudor, mi corazón se aceleraba y me temblaba la piel. Haría lo que fuese con tal de escapar. Bastaba ver una araña en televisión durante un segundo para provocar esta reacción.

No es un misterio cómo empecé a sufrir este problema. Fue por culpa de La tribu de los Brady. En concreto, “Pass the Tabu” (temporada 4, episodio 2), en el que la familia va a Hawaii y una tarántula repta colcha arriba en dirección a un aterrorizado Peter Brady. Yo tenía 3 años, y aunque no me acuerdo del resto del episodio, esta escena forma parte indeleble de mi infancia. Uno de mis más tempranos recuerdos es estar intentando quedarme dormido, esperando a que apareciera la tarántula caminando encima de la sábana. Un suceso así, por inocuo que pueda parecer, podría provocar un trauma: el punto A de mi presente punto B.

En verano de 1985 pasé un mes de acampada en las selvas de Panamá. Tenía 16 años y había sido aceptado en la Escuela de Estudios de Campo (SFS), un programa de estudios sobre el medio ambiente. Tras reunirnos con nuestros instructores en la capital, mi grupo se desplazó en tren y en barco hasta una cala al este del lago Gatún. Acampamos en un claro, comimos mangos y jamón, bebimos refrescos de cola y aprendimos a sobrevivir en un ecosistema extraño.

Plantamos las tiendas al lado de la jungla y los instructores abrieron un camino a través de un follaje tan denso que parecía que camináramos por un laberinto de maleza, o por un pasadizo con paredes de hojas. El día de trabajo solía comenzar con una incursión a través de este frío y oscuro pasaje. Un paseo de cinco minutos llevaba a campo abierto y, de ahí, a las localizaciones de la investigación. Volviendo al campamento por la tarde se hacía imposible ignorar la enorme tela que había justo a la izquierda de la entrada al camino. Una araña gigantesca, con patas como agujas de hacer ganchillo, pendía del mismo centro. Nunca se movía; sólo oscilaba un poco cuando el viento golpeaba en su tela. Uno de nosotros le había puesto el nombre de Mike. Cada tarde, de regreso al campamento, saludábamos a Mike alzando el machete. El último día, de vuelta del campo, me percaté de que Mike no estaba en la tela. El compañero que iba conmigo y yo hicimos un alto, nos reímos y nos retamos el uno al otro a volver atrás, al interior del camino entre la maleza. Parecía una trampa sacada de una película de terror, pero tras unas cuantas risas decidimos adentrarnos un poco más. No daba tanto miedo.

¿Y por qué tendría que darlo? El papeleo de SFS incluía advertencias sobre la fauna local. Sabíamos que la mordedura de las enormes arañas lobo eran dolorosas, pero no letales. También se nos había avisado de que no debíamos sacudir los árboles, no fuese que molestáramos a una tarántula Goliath devoradora de pájaros (llamada así por un explorador del siglo XIX que, supuestamente, vio a una zamparse un colibrí). En el vasto panteón de bichos de la jungla que reptan, se arrastran y dan repelús, las arañas, pese a lo que pueda parecer, figuran hacia la mitad de la lista. Daban más miedo que el escorpión al que tuve que echar de mi bota, pero no eran ni de lejos tan escalofriantes como el leve atisbo de una monstruosa pitón deslizándose, o los hormigueros que llegaban hasta la cintura, o los monos aulladores, cuyos distantes e inhumanos chillidos interrumpían en seco nuestras conversaciones. Cuando, una vez finalizado el mes de acampada, volví a mi casa, le dije a mi madre, “Bueno, supongo que ya he dejado de tenerle miedo a las arañas”.

1 Davey, Graham, Phobias: a Handbook of Theory, Research, and Treatment, (Londres: Wiley, 2000).

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A diferencia de la mayoría de fobias, el miedo a las arañas puede infantilizar a los adultos, hacer que parezca como si nunca hubieran superado sus miedos infantiles.

El miedo regresó unos años más tarde y, a inicios de los años 90, me hice a la idea de que padecía alguna forma de aracnofobia. Entre 1989 y 1993, por ejemplo, cada vez que quería acceder a la oficina donde estaba mi apartado de correos tenía que hacerlo por un camino indirecto para así evitar pasar frente la tienda de cómics Forbidden Planet y ese póster en el escaparate que mostraba a una mujer sexy besando a una enorme araña. Mientras buscaba información para escribir este artículo, les pregunté a varios viejos amigos si sabían entonces de mi problema con la arañas. Prácticamente ninguno lo sabía. A pesar de que mi edad adulta se caracteriza por mi incapacidad para mantener en secreto mis asuntos privados, de alguna manera había logrado ocultar esta vulnerabilidad en concreto.

Mi colega Adam confirmó mi sospecha: “De haberlo sabido, te habríamos atormentado con arañas de goma” (En su defensa, debo decir que yo habría hecho lo mismo de estar en su lugar). Llamé a mi amiga Christina, a la que conocía desde el instituto (es decir, desde antes de ir a Panamá), y que en los años 90 fue roadie de mi grupo. Me dijo que nunca estuvo al tanto de mi fobia. La conversación derivó a un reciente viaje suyo a Ecuador y a una habitación de hotel en la que una araña gigante “salió arrastrándose de la puta taza del wáter”. Tuve un desagradable sobresalto y vi en mi cabeza un mapa de Sudamérica con la zona correspondiente a Ecuador fundiéndose a negro. Otro sitio que jamás visitaré.

Las fobias son, en esencia, errores de los recuerdos, subproductos de hechos traumáticos instalados en la memoria, alojados en el interior del cerebro reptiliano. Muchas fobias nacen de incidentes triviales sucedidos en la infancia y que persisten sólo como una imagen fantasma. Para muchos fóbicos, la presencia física o visual de sus miedos puede disparar una serie de reacciones físicas instantáneas: sudoración, temblores, confusión, náusea y dificultad para respirar, entre otras respuestas. Las fobias pueden imitar o acentuar otros trastornos de pánico (como el TOC o el TEPT), pero se trata de condiciones aisladas y su diagnóstico exacto depende tanto de la presencia de un miedo desproporcionado como del autoconvencimiento de que ese miedo es irracional. El instinto de supervivencia dicta que ver una serpiente peligrosa—o cualquier serpiente—en un ámbito salvaje debería activar una respuesta de miedo. Ver una fotografía de esa serpiente no debería.

A diferencia de la mayoría de las fobias, el miedo a las arañas desprende un tufo a inmadurez e infantilismo perpetuado en la edad adulta. De modo algo perverso, el horror y la humillación son agentes que mantienen atrapado en su fobia a quien la padece. Muchos aracnofóbicos jamás han considerado pedir ayuda profesional.

No contribuye a mejorar su situación el que muchos terapeutas especializados en fobias logren que el proceso parezca un viaje a la Habitación 101 de Orwell. En 2008, el canal National Geographic emitió un desagradable y birrioso programa en el que un aracnofóbico llamado Alfred visita a un doctor para quien la superación de una fobia no es nada más que un ejercicio de fuerza de voluntad. (“Estamos hablando de valor. Tiene que decirse: ‘Voy a prevalecer sobre mis miedos’”). El pobre Alfred era obligado a confrontarse con arañas vivas, y en cierto momento se le deja solo y descalzo en una sala vacía con una peluda tarántula. Durante la climática escena de la-araña-en-la-mano, Alfred describe su nivel de miedo como del “90 por ciento”. El tratamiento funciona—de lo contrario no habrían emitido el programa, por supuesto—, pero me pregunto cuántos espectadores, tras verlo, decidieron no seguir el tratamiento, asustados por su severidad y sadismo.

La pasada primavera decidí por fin buscar un tratamiento para mi aracnofobia, más allá de los confines de un especial de televisión. Sabía que tenía que descubrir un método que no requiriese unos niveles sobrehumanos de masoquismo. Descubrí más de lo que esperaba: desensibilización sistemática, terapia cognitiva y del comportamiento, tratamiento de realidad virtual, algo llamado Cura Rápida de la Fobia y esa vieja conocida, la hipnoterapia. Mi postura respecto a esta última fue al principio de cautela. No se trataba tan sólo de mi percepción de este método como algo que cae en el resbaladizo terreno de la New Age (muchos hipnotizadores de Los Angeles, además de terapia antifóbica, ofrecen “ayuda contra el decaimiento”, “empuje de motivación” y “rememorar vidas pasadas”; estaba también el hecho de que muchos anunciaran sus servicios en páginas web con imágenes prediseñadas de bosques oscuros en los que un aracnofóbico jamás osaría poner el pie.

Algo más de investigación y unas llamadas telefónicas me hicieron la hipnosis un poco más atractiva. Hasta el más prometedor doctor especializado en desensibilización sistemática podía ponerme una araña gigante encima. Muchos especialistas estaban ocupados, y la mayoría eran demasiado caros. Entonces hablé con Brennan Smith, un hipnoterapeuta de Los Angeles descrito en Extra como “el más celebrado especialista en hipnosis para dejar de fumar”. Brennan me dijo todas las cosas correctas y en su página web no había ningún bosque. Concerté una cita.

A la semana siguiente llegué media hora tarde a la cita tras conducir a toda la velocidad que me permitió el espeso tráfico. Me sentía tenso y frustrado, y no precisamente del mejor humor para luchar contra mi más profundo miedo. La oficina de Brennan, en la cuarta planta de un edificio bancario en Beverly Hills, consistía en una pequeña sala, no mucho más grande que un armario, en la que había dos sillas, dos mesas y un sillón con aspecto de ser cómodo, cubierto con una sábana. Cerca de la puerta, unas persianas cubrían discretamente una larga ventana. No era ni de lejos el espacio New Age que yo había imaginado. Tampoco lo era Brennan, un hombre enjuto y de largos dedos, que recordaba vagamente a un joven Bret Easton Ellis y hablaba con la voz autoritaria pero tranquilizadora de un piloto de avión. Me cayó bien al instante.

Smith me contó que él mismo tuvo que lidiar con la aracnofobia en el pasado. A diferencia de mi variedad, la suya consistía en un miedo a todas las arañas, grandes y pequeñas. También él había experimentado el rechazo inmediato, un fenómeno familiar para todos los aracnofóbicos. Brennan se enfrentó a ella mediante hipnoterapia. Me habló de una noche en la que, tras haber completado sus propias sesiones, una araña trepó por su pecho desnudo. En vez de gritar, se limitó a encogerse de hombros y decir, “Uh”.

Brennan investigó los parámetros de mis miedos. Le describí un reciente viaje a California Adventure, un pariente pobre de Disneylandia. En cierto momento mi esposa y yo entramos a ver una película “experiencia” en 3D titulada ¡Es duro ser un insecto! Había olvidado que padezco fobia, pero ya era tarde. Se mitigaron las luces de la sala y una araña del tamaño de un autobús escolar avanzó lentamente por la pantalla en vívidas tres dimensiones. Encajonado entre familias con niños, no tenía forma de escapar sin llamar la atención sobre mi bochornoso miedo. Cerré los ojos y, pese a que mi corazón iba disparado, fui capaz de reírme de lo absurdo del aprieto. Al final del pase, unas enormes arañas animatrónicas descendieron del techo, deteniéndose lo bastante cerca de mi cabeza como para rozarme el pelo. Me agaché, la cabeza entre las rodillas, intentando atajar la hiperventilación. Cuando salimos del cine pude oír a varios niños llorando a cierta distancia. No me costó identificarme con ellos.

Antes de su tratamiento de hipnoterapia, el autor no podía ni mirar a una araña en cautividad.

Brennan esbozó una visión de conjunto simplificada de mi cerebro y de las regiones que afectaban a mi fobia. Una gran tira horizontal representaba la circunvolución cingular anterior—el portero de tugurio del cerebro, el encargado de separar el 12 % consciente de mi mente del turbio 88 % por ciento restante. Brennan me explicó que esta zona determinaba qué pensamientos tenían permiso para entrar y salir de la taberna de mi subconsciente de acuerdo a asociaciones positivas y negativas previamente establecidas. Su diagrama no tardó en llenarse con tantas pequeñas cruces que empezó a parecerse a un cementerio salido de unos dibujos animados. Sentí una punzada de miedo. ¿Y si el tratamiento no funcionaba? Pronto lo iba a averiguar, porque había llegado el momento de ser hipnotizado.

Me senté en el sillón. Cerré los ojos y Brennan me condujo hasta un nivel de relajación. Podía oírle, pero su voz quedaba en segundo plano, dirigiéndome a distancia. He experimentado una sensación parecida con anterioridad, intentando dormir en vehículos en movimiento mientras el conductor y el pasajero a su lado hablaban. Pronto olvidé que esa voz tranquilizadora me hablaba a mí. En ocasiones me pedía que respondiera a alguna pregunta moviendo mi dedo índice. Yo lo extendía como si fuera la pata de una tarántula alzándose para atacar.

Brennan hizo que visualizara una sala de cine en la que yo era a la vez el proyeccionista y el único espectador. Me instruyó para que viera, a través de la ventanilla de proyección, una película sobre arañas. Imaginé el film como un breve documental sobre una visita que hice al zoo de Santa Ana, donde vi en una jaula a una tarántula Goliath. Brennan hizo que visualizara una y otra vez aquel breve y humillante encuentro, añadiendo cada vez una nueva capa de ridículo. Me instruyó para que imaginara la escena en colores fluorescentes y añadiera zapatones de payaso a cada una de las ocho larguiruchas patas del enorme arácnido; Brennan, a continuación, se puso a cantar, muy entonado, el tema de la serie Sanford and Son. Sugirió que yo añadiera mi propia banda sonora y que “escogiera algo divertido”. Elegí “Yakety Sax”, la sintonía de El show de Benny Hill.

Conozco lo bastante sobre terapias como para saber que las epifanías repentinas nunca suceden. Sin embargo, sentí como si ése fuera uno de esos momentos. Como YouTube ha demostrado, no hay en la vida muchos desastres que no puedan hacerse más llevaderos con la adición de “Yakety Sax”. ¿Por qué deberían la arañas ser distintas? Brennan me sacó de la hipnosis y dio por concluida la sesión. Me preguntó cuánto creía yo que había durado. Apunté alto y dije, “18 minutos”, en realidad creyendo que habrían sido unos diez. Él sonrió y dijo, “28 minutos”.

Esa noche soñé con arañas. Estaba en un siniestro callejón, justo al caer la tarde, y las farolas colocadas a intervalos regulares creaban series de arcos de luz que se perdían en la distancia. Alcé la mirada hacia el árbol más cercano y entreví el cuerpo metálico y brillante de una araña descomunal. Era más pequeña que una persona pero más grande que un perro, y caminaba entre las ramas con movimientos lentos e inexorables, de película de terror. Me di cuenta de que las copas de los árboles estaban llenas de arañas monstruosas. Me di cuenta de otra cosa: de que tenían su mundo, como nosotros tenemos el nuestro. Estaba rodeado de arañas, lo cual podía ser un potencial problema. Pero no lo era en ese momento. En vez de gritar, me encogí de hombros y dije “Uh”.

Pensé en el sueño y en “Yakety Sax” durante los días siguientes. ¿Podía realmente ser tan fácil? En el nombre de la ciencia me dirigí al zoo de Santa Ana. No muy lejos de la puerta de entrada me topé con una cómica choza con techumbre de paja con el rótulo PUESTO BAUER DE OBSERVACIÓN DE JAGUARES. Unos altavoces cercanos emitían los sonidos de la jungla que yo, en una vida anterior, había oído en persona.

Reconocí la gravedad del error casi de inmediato. Una araña de plástico en una vitrina fue suficiente para que me quedara paralizado y después caminara a paso rápido de vuelta hacia la entrada. Desde ahí podía ver el terrario de la Goliath en la esquina de la choza. Me puse furioso, la entrada estaba bloqueada por unos tornos que llegaban a la cintura y hacían imposible salir por allí. Volví al interior de la estructura, decidido a tocar el cristal que me separaba de mi mayor miedo. Llegué a la distancia suficiente para leer una placa que decía TARÁNTULA GOLIATH DEVORADORA DE PÁJAROS. La madre que la parió.

Me detuve a un metro del vidrio, paralizado. Atisbé al animal, enorme y quieto, en la parte trasera del terrario. En Panamá hubo muchas ocasiones en las que una de esas cosas pudo caerme en la cabeza. ¿Cómo me habría comportado de haberme picado una Goliath en el cuello, o en la nariz, o en un ojo? Tarareé débilmente “Yakety Sax”, pero la canción parecía mofarse de mí y no de la araña.

Las vigas de la techumbre de la falsa choza adquirieron un aire de inminente amenaza. Pensé en las arañas descendentes de California Adventure. En una viga descansaban los restos resecos de una tarántula diferente. ¿Había escapado una de ellas y muerto fuera de su expositor? Me subí la capucha de mi sudadera. Unos cuantos niños se interpusieron entre la Goliath y yo, examinando la bestia a corta distancia, pegando alegremente las palmas de sus manos contra el cristal y exclamando, “¡Papá! ¡Qué araña más grande!”. Se me ocurrió que un adulto merodeando por un zoo con la capucha de la sudadera puesta probablemente parecería un acosador de niños. Sintiéndome un desgraciado, emprendí la retirada.

El hedor de la vergüenza me acompañó durante días. La Goliath me había aterrorizado seriamente. Pero, ¿por qué? ¿Qué había en esa configuración de formas que provocaba el miedo? Podría pegar con cola dos bolas de billar y unas escobillas y me volvería loco de terror. He meditado sobre esto durante años, y aunque nunca he deducido lógica alguna para mi miedo, creo haber localizado su centro. No se trataba de su piel, ni de las patas, ni siquiera su forma de caminar, sigilosa y siniestra. Eran esos pequeños y bulbosos abdómenes. Ésa era la razón de que no me asustaran los cangrejos o los escorpiones, ni siquiera un vídeo de la araña robot japonesa de Kondo Kagaku, pero sí una configuración de hojas húmedas de aspecto vagamente “arácnido” debajo de un puente.

Brennan empezó nuestra segunda sesión con un incidente que le sorprendió haber olvidado. De adolescente, en Kansas, asistió a un campamento de verano rural. En una ocasión captó a una tarántula que avanzaba sin prisas hacia la casa. Recordó haber intentado articular palabras para avisar a los demás. Finalmente, un instructor se aproximó a la araña y la ahuyentó a escobazos. Brennan recordó haber pensado, “Ese tío está muerto”.

El tratamiento de hipnoterapia fue sutil, pero exitoso.

Lo pude entender. Le había pasado por la cabeza que la tarántula subiría por la escoba más rápido de lo que el ojo humano puede ver y se habría aferrado a la cara del instructor—como las crías de Alien—o, peor aún, introducido debajo de sus ropas. Yo habría pensado lo mismo.

Al día siguiente de mi segunda sesión me di cuenta de que podía leer un artículo del National Geographic sobre tarántulas sin estremecerme. Pasé el resto de la tarde aprendiendo cosas sobre estas criaturas. No tenía ni idea de que eran caníbales ni de que su sangre era entre azul y lechosa, ni de que mudaban de piel. Pasé una hora leyendo sobre su proceso de muda, maravillándome de su demente complejidad. Si las tarántulas no tienen suficiente energía, por ejemplo, pueden morir atrapadas en las ruinas de sus viejos cuerpos.

Esto consiguió que sintiera un poco más de simpatía. Cuanto más leía, más difícil se me hacía que me desagradaran. Su forma de alimentarse—empapando a su presa con líquidos digestivos para después absorber sus entrañas—era desagradable, sin duda, pero, ¿lo era más que los humanos moliendo y licuando los alimentos en sus bocas? También el mito de la araña que ataca a humanos se me estaba empezando a desmontar. En nuestra conciencia colectiva vemos las tarántulas como animales cientos de veces más rápidos y pesados y fuertes de lo que son, cuando, en realidad, hasta su postura de ataque da cierta impresión de impotencia. Su forma de echarse hacia atrás y levantar las patas delanteras recuerda a la mano de un prestidigitador haciendo un truco de salón (o, ya puestos, hipnotizando a un voluntario).

Me horrorizó más leer sobre su enemiga natural, la avispa araña; más conocida, de forma algo perversa, como avispa tarántula halcón. De cinco centímetros de longitud, este brutal monstruo de la naturaleza tiene largas alas rojas y patas ganchudas y vive para atormentar a su tocayo de tierra. La tarántula halcón persigue a la tarántula y, una vez le ha dado caza, le provoca una parálisis clavándole su aguijón. Que la tarántula pueda sobrevivir a esto ya es de por sí asombroso; la picadura de esta avispa es una de las heridas más dolorosas que un no mamífero pueda infligir a un mamífero; el dolor puede, literalmente, hacer que el cerebro humano desconecte unos segundos por pura agonía. La tarántula, no obstante, sobrevive, sólo para ser arrastrada por la avispa hasta su escondrijo y serle implantado un huevo en su abdomen. Tras nacer, la larva de tarántula halcón se alimenta de los órganos no vitales de la araña hasta que, alcanzado un determinado tamaño, revienta el abdomen de la tarántula para salir al exterior. Al final resulta que las tarántulas son los buenos de Alien, no los monstruos.

Esto fue para mí un auténtico progreso. Puede que demasiado progreso. Pensé que tal vez me estuviera confiando demasiado. En mi siguiente sesión con Brennan, nos dedicamos a definir lo que podría considerarse como “estar curado”. Sostener una tarántula en mi mano sería una buena forma de probar que había superado mi fobia, pero no la única. El objetivo, me recordó Brennan, era simplemente llegar a un punto en el que mi calidad de vida no se viera afectada por un miedo interno. Sería bueno para mí poder subir sin aprensión a explorar el ático de mi casa, o no romper a sudar cada vez que aparece una araña en televisión, pero tampoco necesitaba irme a hacer espeleología en busca de la araña de cueva mexicana.

Acordamos una sencilla comparación de tolerancia: las ratas de alcantarilla. Cuando vivía en Nueva York, me distraía del aburrimiento de esperar la llegada del metro viendo corretear a las ratas por las vías. Si una se me hubiera acercado a un pie, habría dado un paso atrás para apartarla de mí de una patada, para después continuar sin más con mi vida cotidiana. Mi reacción ante las arañas debería ser la misma.

Antes de irme, Brennan me informó de que el cerebro expulsa los pensamientos fóbicos del mismo modo que un ex fumador expele fragmentos de alquitrán. Al igual que Ebenezer Scrooge, tenía que estar preparado para recibir visitas de fantasmas, una ronda final de pesadillas mientras mi mente purgaba sus miedos profundamente enterrados.

“Eso será buena señal”, me aseguró.

Visité una tienda de animales Petco que me quedaba cerca para evaluar mis progresos. Mis viajes previos a Petco los había resuelto a toda prisa. No importaba lo mucho que necesitara complementos para animales, para mí era una idea irracional entrar en un edificio sabiendo que tenían una tarántula viva. Esta vez no me encontré con ninguna de mis habituales manifestaciones físicas: manos sudorosas, expectación, vigilancia periférica. Mientras me aproximaba al pasillo de los Animales Que Dan Miedo, me asaltó una sensación de fastidio. La disposición de las plantas en Petco era la misma que en el zoo de Santa Ana, y me obligaba a pasar por uno de los pasillos más estrechos.

Me acerqué al tanque de la araña lentamente, sin toparme con un muro de miedo. Una pequeña tarántula cebra (una especie costarricense conocida por su velocidad) se acurrucaba en una esquina, sin moverse. Su abdomen parecía uno de esos muñecos que pitan cuando los aprietas. Un grillo diminuto deambulaba por el tanque. Tiempo atrás habría sentido auténtica pena por el pobre bicho. Ahora me parecía que la araña se merecía varios de esos Happy Meals.

Me sobrevino una sensación nueva: el miedo y la ausencia de miedo existían simultáneamente. En una parte de mi consciencia, la tarántula cebra seguía siendo un monstruo, algo antiguo y lovecraftiano. En otra, era el patito feo de una tienda llena de animales adorables. Nunca tendría que enfrentarse a una avispa tarántula halcón, pero tampoco conocería la seguridad de su propio escondite. Y aunque llevaba en la tienda una existencia regalada, su fealdad aseguraba que terminaría al cuidado de la peor clase de excéntrico, condenada a pasar el resto de su vida con alguien que se olvidaría de darle de comer, de echarle agua, o que dejaría que se la comiera otra mascota, una más grande y menos exótica. Solapándose con estas sensaciones contradictorias, una tercera: me sentía tranquilo. Era lo más cerca que jamás había estado de una tarántula.

Poco tiempo después, mi esposa me compró una tarántula de goma en Target. El juguete formaba parte de una línea llamada TARANTULA PLANET—su logo era el dibujo de una tarántula montando guardia en su propio planetoide—y ofrecía ACCIÓN REPTANTE ACTIVADA POR EL SONIDO. En la parte de atrás de la caja figuraba la línea al completo: Octane “la Corredora” (azul, con llamas negras en su abdomen), Tango “la Soldado” (de camuflaje, con un cómico casco del ejército), Barbarroja “la Pirata” (negra, con sombrerito, gancho y un loro) y Spike “la Rockera” (con cresta púrpura, muñequeras y ojos pintados). Me compró una Spike. Sólo estaba un paso más allá de la Goliath con zapatones de payaso de mi hipno-película. No costaba mucho oír mentalmente “Yakety Sax”.

Al día siguiente le quité la cresta y las muñequeras. Daba más miedo así. Me quedé a solas una hora con mi miedo. Entonces dejó de darlo. Hacia el final del día veía la tarántula de goma como un emblema de mi exótica aventura, como las goletas a escala que decoraban mi sala de estar.

Cada noche me iba a dormir con temor a sufrir pesadillas. Aunque no era seguro que fuera a tenerlas, cabía la posibilidad, siguiendo con el paralelismo con los ex fumadores, de que se presentaran como los sueños vívidos provocados por los parches de nicotina. Cuando la pesadilla finalmente llegó, fue risible, de pacotilla: una tarántula de trapo, con ojos como luces de bicicleta, asomándose a mi cama como el típico susto fácil de caseta encantada de feria.

Una tarántula repta por la mano del autor, la prueba de que ya no es aracnofóbico.

Mi última sesión con Brennan fue más desprogramación que terapia. Me había pasado la última semana exponiéndome a las arañas en todos los sentidos excepto en el táctil, y no había tenido ninguna reacción. A efectos prácticos había vencido a mi fobia en tres sesiones. Con una sombra de sospecha, le pregunté si esto era algo insólito. Brennan sonrió y dijo que mi experiencia era común y corriente. La gente asume que, puesto que su respuesta emocional es tan intensa, superar sus fobias le ocupará meses, si no años. De hecho, estos flujos neuronales son tan frágiles que pueden romperse tan fácilmente… como una tela de araña.

Brennan y yo dejamos la oficina y condujimos hasta Medusa, una tienda de mascotas. Aunque había superado su fobia tiempo atrás, Brennan nunca había sostenido una tarántula y decidió sumarse a este ritual de conclusión.

El encargado estaba ocupado atendiendo a un cliente cuando llegamos. Respeté que no lo dejara todo para chismosear con la prensa y nos fuimos a buscar a la araña. Había una gran selección de peces exóticos y de corales. Pasamos junto a unos grandes tanques de plástico con pequeñas y bellas serpientes. Miré en mi interior. ¿Qué clase de emoción estaba sintiendo? Mi nerviosismo daba impresión de tener una raíz social antes que fóbica. Quería estar seguro de no comportarme de manera ruda al arrastrar a mi hipnotista y a un fotógrafo por los pasillos de la pequeña tienda de alguien.

Nos encontramos con el dueño, Josh, con quien había hablado por teléfono. En un terrario de plástico tenía una tarántula de pelo rosado, un animal pasivo, lento y no muy buen escalador: un buen preliminar para un aracnofóbico. En la tienda no había superficies apropiadas para el experimento, de modo que salimos al callejón de la parte de atrás, donde la luz diurna incidía con fuerza. Esto añadía un toque ligeramente absurdo a lo que debería ser un momento importante en mi vida; era como si estuviéramos negociando la compra de una mascota ilegal.

Josh nos avisó de algo que encontré chocante: las tarántulas son frágiles. Una caída desde la altura de la cintura humana podría quebrar, literalmente, a una araña como la tarántula rosa. Yo no estaba seguro de lo que la visión de una tarántula hecha pedazos haría por mi fobia, pero sí lo estaba de lo que le haría a mi karma, mi moral y mi integridad periodística. Josh sacó del terrario a la pequeña araña y la depositó en la palma extendida de Brennan. Brennan tembló ligeramente y dijo, “¡Qué ligera es!”

Le hice a Josh algunas preguntas, quizá para retrasar mi propio momento de la verdad. ¿Requería cuidados especiales un animal como éste? No, la mayoría de tarántulas no los requieren: sólo un terrario decente, un bloque de sustrato Bed-a-Beast, medio tronco donde ocultarse, comida y agua. ¿Era cara esta tarántula? No, costaba 18 dólares. ¿Corría el riesgo de acabar en manos de un mal propietario, algún colgado con ganas de echarse unas risas? Ninguno, dijo Josh con solemnidad. Prácticamente todos los que acudían a la tienda buscando una mascota exótica poseían un conocimiento enciclopédico del animal que querían. Sólo en una o dos ocasiones se había negado a venderle un animal a alguien que no le pareció responsable. Uno de sus mayores problemas era la gente que entraba con intención de comprar un animal exótico como regalo.

“Y el veneno de insecto”, añadió con expresión bovina. “Ése es un enorme problema para mí. Soy muy alérgico al veneno de insecto”.

Había llegado mi momento. No estaba seguro de cómo evaluar mi falta de miedo (después de todo, ¿cuándo estamos realmente seguros en este mundo?), pero sabía que mi temor estaba tan cercano a cero como podía estarlo. Por un breve instante sentí una punzada del antiguo miedo cuando la araña se giró hacia mí y me miró con su multitud de pequeños ojos, negros, extraños, incapaces de transmitir emoción. Después, con cautela, pasó de las manos de Brennan a las mías.

Era en verdad ligera, como la madera de balsa o una ramita de helecho. La brisa la levantó por un momento. La araña se estabilizó. Luego decidió que quería explorar mi mano. Sus movimientos eran como los de un gato, sólo que con una configuración corporal diferente. Giré lentamente las manos y la araña pasó de una a otra.

Volvió a soplar la brisa en el callejón y la araña se volvió hacia mí. De repente vi auténticos ojos en aquellos puntos negros; ojos que transmitían una verdadera necesidad, un miedo a esa brisa que podía arrastrarla y hacerla caer al suelo, donde se rompería en pedazos. Noté cómo dentro de mí se activaba otro tipo de interruptor. Estaba sosteniendo algo vulnerable. De golpe, la tarántula se había antropomorfizado, la mayor defensa posible para un animal en un mundo dominado por los humanos. Al igual que mi fobia, era una sensación interna, psicosomática, pero la notaba de un modo increíblemente real, conectando con un núcleo cerebral distinto, pero igualmente antiguo.

Esos ojos diminutos me estaban hablando:

Sé mi amigo.
Protégeme.
No me dejes caer.


El autor se permite un salto de júbilo post curación.

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