Las personas que tomaron estas imágenes lo hicieron mientras estaban infiltrados en el mundo de las peleas ilegales de caballos en Filipinas. Las estaban documentando para Network for Animals, una organización que lucha por los derechos de los animales. Así pues, no sólo podemos mostraros estas fotografías, que despiertan la curiosidad morbosa más que cien accidentes de tráfico con gente arremolinándose en círculo, sino también deciros que tenéis que ir a networkforanimals.org y hacer un donativo, aunque sea pequeño, para detener a estos hijoputas torturadores de caballos. Y que nadie nos venga con eso de que “es otra cultura, gente diferente con costumbres diferentes”. Torturar a un caballo es torturar a un caballo sin importar lo cerca o lejos que vivas de la línea del ecuador.
Basta de racionalizar. Además, ni siquiera os estamos enseñando las imágenes más truculentas. Ahí vamos…
Una vez el caballo está lo bastante irritado y agresivo, le conducen a un lado del ring y ahí le sujetan. Introducen después a un segundo macho y se repite la operación. A continuación sueltan a ambos, que se acercan a la hembra e, instintivamente, empiezan a pelear por ella. Voilà! Un feo y cruel combate entre caballos ha dado comienzo.

Los sementales, al enfrentarse, se apoyan sobre las patas traseras, coceando con las delanteras y mordiendo. Van directamente a por el cuello y la espalda. A veces muerden justo donde la cola conecta con el cuerpo, apretando con fuerza las mandíbulas durante cerca de un minuto con el otro caballo retorciéndose entre dolores intentando romper la presa. Los combates pueden durar de un minuto a cerca de una hora. Contemplar criaturas tan grandes pelear delante de uno es un espectáculo totalmente surreal. Puedes sentir cómo tiembla el terreno mientras dura. Cuando uno de ellos impacta contra el suelo, da la impresión de que ha explotado una pequeña bomba.
Aún más extraño que el combate en sí es cómo reaccionan los espectadores, que ríen y jalean cada vez que los caballos se atacan. Esta gente, cálida y amable con dos foráneos como nosotros, aplaudía un deporte brutal y abusivo como si presenciaran algo tan inocente como, no sé, un grupo de payasos haciendo cabriolas. Lo incongruente de la situación nos produjo mareos.
La mayor parte de estas peleas tienen lugar en la isla de Mindanao, al sur del país, cada fin de semana y, por lo general, sólo en pequeñas aldeas remotas. Son especialmente populares durante la temporada de festivales, de noviembre a diciembre. No es fácil averiguar dónde y cuándo se celebrará un combate. Al llegar no teníamos ni idea de si lograríamos o no presenciar uno, pero un amigo de la región nos informó y condujo en un viaje de cinco horas a la fiesta mayor de un pequeño pueblo llamado Maramag. Los combates amateurs se suelen llevar a cabo en espacios abiertos, como por ejemplo un campo de fútbol. Vimos una pelea en un sitio en el que no había ring, con un grupo de hombres y algunos niños haciendo de barrera humana. A veces los caballos se desbocaban y abrían paso a través de la muchedumbre a la carrera. Era aterrador.

Se celebran unas ocho peleas al día. Los caballos menos experimentados se enfrentan durante un rato pero pronto pierden interés. En ocasiones los responsables de los combates van tras ellos y los traen de vuelta, o intentan que se exciten de nuevo. A veces funciona, hay un brote de energía y los caballos se enzarzan de nuevo en la pelea. Otras veces simplemente se rinden.
Mientras presenciábamos estas peleas tuvimos que desactivar nuestras emociones, de lo contrario no hubiéramos podido hacer el trabajo. Lo grotesco de lo que habíamos visto nos afectó realmente más tarde, cuando nos pusimos a revisar las fotos. Pero sería demasiado fácil deprimirse y decir “qué vergüenza”: pese a que nos sentimos impotentes viendo a los caballos brutalizarse entre sí para diversión de la gente, sabíamos que teníamos una misión y que había una buena razón para que estuviéramos allí.

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