Ir a un coñazo de concierto y venirte arriba (gracias a tus colegas)

Todas las fotos cedidas por los autores excepto en los casos indicados.



Tenemos cinco testimonios (o, más bien, cuatro + uno) hablando de ese bolo al que les arrastraron y pensaban que sería un turronazo, pero al juntarse con toda la cuadrilla de colegas se lo acabaron pasando en grande. La música fue lo de menos, lo memorable fue acudir y vivir la experiencia en grupo con todas sus anécdotas. Las buenas… y las no tan buenas. Recientes y menos recientes también pero, en todos los casos, grabadas a fuego en la memoria de nuestros protagonistas.

CRYSTAL FIGHTERS COMO SI FUERAN LOS STONES

«Me habían convencido para ir al Dcode de este año», nos cuenta Guillermo Giménez. «Habían sido ellos, los amigos del colegio, los que te hacen chantaje emocional. Trabajé todo el día, llegué justo a tiempo de ver a Suede y tomar una cerveza. Pero ellos no aparecían. 30 whatsapps de búsqueda, cuatro llamadas, tres mensajes de texto y por fin terminó el concierto de Izal. Foals sonaban de lujo, les escuché un rato y reinicié la búsqueda. Ya sólo me quedaban los Crystal Fighters, y la motivación era escasa. Cuando sonaban los primeros acordes… ¡¡sí!! ¡Eran ellos!. Habían llegado. Abrazos, cánticos y ¡lo, lo, looo…! Crystal Fighters siempre me dieron completamente igual, pero ¡sentí que estaba viendo a los Stones!»

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MCNAMARA NOT DEAD

Ilustración de Roberto San Martín.

«No fue exactamente un concierto al que me arrastraron, pero sí uno al que no tenía pensado quedarme», explica Roberto San Martín, ‘Pelu’ . «Fue en Gijón, en 2001, y el cartel era un tanto peculiar: Cooper + Nosoträsh + McNamara. Mi intención era ver a los dos primeros y pasar del amigo Fabio, al que imaginaba un dinosaurio de la Movida y más acabado que Rosa Díez (¡qué ignorantes somos a veces!). Yo no tenía ni idea de que, aquel mismo año, el antiguo compañero de escenario de Almodóvar acababa de sacar junto a Luis Miguélez ‘Rockstation’, un disco lleno de hits incontestables y que le sirvió para situarse de nuevo bajo los focos. Me convencieron para no irme y ver un par de temas, a ver qué pasaba.

Y entonces salió el hombre al que Warhol invitó a mear en uno de sus cuadros, llevando puesta una máscara a lo Eyes Wide Shut y escoltado por Miguélez a la guitarra y Juan Tormento a los teclados; y el cielo abrió mi corazón y entro él más rápido que una bala y con la precisión de un cirujano plástico… y acabamos mezclados con un público entregado, botando como locos y hasta pidiendo bises. Ninguno sabíamos por entonces que aquello sería una especie de canto del cisne, ya que en los años siguientes, el dúo McNamara-Miguélez se rompería, y Fabio iniciaría una nueva travesía por el desierto en la que enfermaría, se recuperaría, y abrazaría después la fe cristiana de una manera tan surrealista y delirante que hasta aparecería en Intereconomía hablando sobre su milagrosa conversión y abominando del aborto y la homosexualidad (¡las drogas siempre terminan pasando factura, niñas y niños!) Al menos, siempre me quedará aquel concierto, al que no tenía pensado quedarme y que hoy, casi quince años más tarde, sigo recordando vivamente. Moraleja: ¡hay que comer de todo!»

KIKAGAKU MOYO, O COMO QUIERA QUE SE LLAMEN

Carlos Muñoz nos retrotrae a «un jueves de junio de este año, de esos en los que te quieres ir a la cama cuanto antes. A unos amigos les sobraba una entrada para un concierto en la sala Siroco (Madrid) de un grupo que no conocía en absoluto, y como camino de la cama entré en la sala. A cada trago que nos pedíamos, avanzábamos más posiciones, hasta acabar en primera fila vibrando como fans incondicionales. Por el camino conocimos gente que hicieron de aquella noche una inolvidable mañana. Así que repitan conmigo: ¡Kikagaku Moyo!»

CHANTAJE EN EL PRIMAVERA SOUND

Imagen vía.

Paula A. recuerda le época en que ella y sus colegas iban a los bolos «sólo para pasárnoslo bien o porque conocíamos a los camareros». En el Primavera Sound de 2005 era ella quien desempeñaba esta última función, en este caso el de inductora (no inducida). Les mandó un email invitándolos a asistir y añadiendo un plano infográfico que indicaba dónde la podían encontrar: «Yo estaba trabajando en la barra del escenario principal y, durante ese fin de semana, conseguí que el grueso de mis amigos, incluso los que pasaban del festival, se acercaran hasta allá bajo la promesa de copas gratis. Cayeron, claro. No es que el festi fuera precisamente un rollo, pero es obvio que conmigo de dispensadora de bebidas fue mucho mejor». ¿Algún concierto especialmente memorable para el recuerdo? «El de New Order», cuenta ella. «Pese a que tocaron con el culo, fue bastante divertido ver a todos mis amigos como locos».

EL BARRIO Y SU GORRITO DE FELPA

Pero no siempre en estos conciertos a los que se va por motivos no voluntarios, el final es feliz. La historia de MaríaMoreno es la siguiente: «Yo tenía un novio cani, de mi pueblo. Muy listo no era. Unas navidades le regalé dos entradas para un concierto de El Barrio, con la esperanza de que se fuera con un amigo suyo de su mismo síndrome. Me tiré un par de meses diciéndole: «Nada, cariño, vete con tu amigo Fulanito», «vete con mi amiga Elsa, la que está buena». Al final tuve que ir yo. Y nos fuimos pa’ Madrid al concierto.

Total, que yo no me acuerdo cómo entré al concierto, sólo sé que cuando me di cuenta estábamos en la pista con todos los barrieros y había un grupo de chonis haciéndome un corro. Creo que las toqué o algo, porque se pusieron a chillarme. Mi novio tiró de mí y nos fuimos. Media hora aguanté en el concierto viendo a este hombre con el gorrito de felpa. Todo el mundo me empujaba, así que me empecé a encontrar mal, salí corriendo y me senté en unas escaleras. Mi novio vino detrás: «¡Cari, cari, cari!, ¿qué te pasa?», ¡con lo que me reventaba que me llamase cari!. «¿Estás mal, cari?». Así que cari y su novio se quedaron en las escaleras siguiendo el concierto de lejos. Él quería volver e intentaba arrastrarme del brazo hasta allí, así que una de las veces que me movió, le vomité en los pies. Moraleja: si quieres invitar a alguien a un concierto que no te gusta, o le regalas una entrada nada más o te metes en una cueva para siempre. La duda ofende en pensar si le he vuelto a regalar a alguien una entrada para un concierto». O eso, o no lo dejes todo a expensas de tu pareja: haz siempre amigos, que es mucho mejor.

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