Retratos de Emilio Schargorodsky
A Jesús Franco hay que conocerle. Hay que conocerle si te gusta un poco el cine de serie B o el cine de género (de cualquier género), aunque sea por accidente, al toparte con alguna de sus películas. Hay que conocerle si echas de menos el erotismo afrancesado de la era pre-porno. Hay que conocerle si eres un rastreador de rarezas en VHS. Hay que conocerle si manejas con soltura los nombres de Orson Welles, Klaus Kinski, Christopher Lee o Howard Vernon. Hay que conocerle si te va el eurotrash. Hay que conocerle si crees que has entendido al Marqués de Sade, a Freud, a Alain Robbe-Grillet… Bien. Supongamos que lo conoces, y que ahora quieres conocerle bien. Deberías ver al menos 50 películas suyas, desde las más clásicas en blanco y negro, hasta los últimos experimentos en video digital. No creas que son muchas, es la cuarta parte de una filmografía que abarca más de 50 años. Procura que no falten estas: Tenemos 18 años, Miss Muerte, Necronomicon, Venus in Furs, Eugenie… the Story of Her Journey Into Perversión, Vampyros Lesbos, Christine, princesse de l’erotisme, Al otro lado del espejo, Doriana Grey, Macumba sexual, Camino solitario, El mirón y la exhibicionista, Vampire Junction…
Los que hayan llegado hasta aquí probablemente querrán también comprender su cine, que aparenta ser frívolo y casposo (y en parte lo es), pero esconde multitud de llaves secretas, guiños, referencias, hallazgos insólitos, y buen gusto musical. Comprenderle es más difícil, su obra está enredada en multitud de leyendas, errores, datos perdidos, contradicciones y falsos testimonios (muchas veces propagados por él mismo), pero si a pesar de todo lo quieres intentar, hay que conocerle en persona. Yo puedo decir que lo he conocido, al menos un poco, tres horas para mí solo. No sé si lo he comprendido del todo, espero que no, pero lo disfruté como un enano.
Jesús Franco en persona es otro misterio, quizá el último al que se tiene que enfrentar el francomaníaco para entender su obra, y seguramente el más infranqueable. El tío Jess te recibe cordialmente, bromea contigo, contesta tus preguntas con una mezcla de memoria borrosa, frases aprendidas y vaguedades improvisadas, pero al mismo tiempo te inspecciona, te tantea, y te desafía con sus propias preguntas. Enseguida uno se da cuenta de que no le entusiasma hablar de sus películas, especialmente de las que tienen más de 20 años. Es comprensible, él mismo reconoce que no le gusta ninguna, y no por falsa modestia. Prefiere hablar de las películas de otros (es una enciclopedia viviente), de las que va a hacer, o de música, y de eso sabe más que de cine, que ya es decir. Quizá por ello se define como un músico que hace películas. Un músico de free jazz, claro. No sé cómo empezamos a hablar de Miss Muerte, cuando le di a la grabadora, el tío Jess ya iba lanzado.
Jesús Franco: …me contrató Silberman para hacer Miss Muerte, pero la idea se la escribí yo. Estos dos, Silberman y Safra, productores de Buñuel, solían producir películas de dos en dos. Una vez era uno el productor ejecutivo, y otra vez era el otro. La importante desde el punto de vista de la panoja era Cartas boca arriba, que era más cara, y la otra era Miss Muerte, que a Silberman le gustaba más.
Vice: ¿Te gustaba Alphaville de Godard? Cartas boca arriba tenía mucho que ver…
¡Hombre, claro! Es el director que más me gusta de toda la historia del cine. Lo he pensado mucho, y me ha costado trabajo atreverme a reconocerlo, pero ya lo digo sin problema.
¿Y te gusta todo Godard? Porque ha cambiado mucho desde aquellos años.
Una de las cosas que me gusta es que cambia tanto. No es un tío de ideas cerradas, tiene una inventiva increíble. Sus Histoire(s) du Cinema son cojonudas, es la Biblia del cine.
¿Lo conociste en esa época? Tú ibas mucho a la Cinémathèque de París…
Sí, sí, pero no en la Cinémathèque. Yo ahí iba a ver películas, no iba de tertulia. Pero en aquel tiempo había dos puntos, el Capulade y Café de Flore, dos cafés donde iban los disidentes. Era un poco como el Café Gijón, si entrabas y te decían “siéntate” ya te habían admitido. Allí conocí no sólo a Godard, sino a mucha gente, pero yo a él le considero el más importante de esa generación. Conocí también a Melville, que es otro tío con una inventiva cojonuda, y a otros menos trascendentes. Pero, ¿sabes que lo primero que Silberman me pidió fue que rodara una película para Marcel Ophüls, el hijo de Max Ophüls, pero con su nombre? El muy zorro cabrón le veía muy verde y pretendía que yo la rodara y luego la firmara Marcel. Le dije que una leche, que yo sería muy novato y lo que fuera, pero que no hacía eso. La película era Peau de Banane, con Jean Paul-Belmondo y Jeanne Moreau, nada menos.
Menuda época aquella, de ahí te viniste a España a trabajar con Orson Welles, ni más ni menos…
Sí, yo siempre tuve buenas relaciones públicas… [ríe] Pero a quien le debo más y no me canso de repetirlo siempre que puedo, es a Juan Antonio Bardem, que me dio la primera oportunidad, al hacer de su ayudante, cuando yo no era nadie, ni tenía carnet de nada, ni de script, ni de hostias en vinagre. A Juan Antonio yo le caí muy bien sobre todo por cuestiones políticas, y eso me abrió muchas puertas. También me cerró otras, claro, porque yo era marxista, y los de derechas no me podían ni ver.
Y ahí empezó tu fama de gamberro…
No, bueno, empezó mi fama. La verdad que prefiero tener fama de gamberro que de prosélito del régimen.
Cuando haces Necronomicon (1968) hay un cambio radical en tu filmografía, empiezas a hacer un cine más abstracto, ¿te habías cansado de hacer cine ortodoxo?
Yo nunca quise hacer cine ortodoxo, lo que pasa es que no me dejaban, o lo hacía ortodoxo o me quedaba en casa. Necronomicon iba a ser una cosa más sencilla, pero como la censura española me prohibió el guión, porque también había censura de guión, el coproductor alemán me preguntó si podía hacerla sólo con él, y yo le dije que sí, que la hiciéramos. Entonces, dentro de los márgenes de la historia, me dio libertad absoluta para que la contara como a mí me diera la gana. Eso fue mi liberación mental. Y más en esos momentos en los que la censura era tan jodida… “hay un problema en la página 7, la escena tachada en rojo no la haga usted” y toda esa mierda. El hecho de poder hacer lo que me gustaba me sonó a música celestial.
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Bien pensado, tu primera película, Tenemos 18 años, de la que se habla menos, también tenía una estructura modernísima para la época.
Sí, sí, claro, y sigue siendo moderna ahora. Y eso que tú no la has visto entera.
¿No?
No, porque está cortada, y la versión completa no se ha visto. Le faltan unos 10 minutos.
Lo alucinante de esa peli es que parece un resumen de todo lo que hiciste después, casi 50 años de carrera condensados ahí: chicas muy lanzadas, humor cínico, cine negro, monstruos, drama psicológico, personajes de tebeo…
Sí, es un trailer de mi carrera [ríe].
No estaría planeado, porque es imposible…
No, pero es que eso lo tenía yo en la cabeza desde los 10 años. Sobre todo la idea de que el cine no es contar la típica historia de unos que se conocen, que son viejos o jóvenes, que tienen una casa no sé dónde, están enfadados con su tía… Nunca he querido que una película mía tratase de eso, y de hecho, creo que después de 200 y pico películas no he tratado de eso nunca. Pero antes, todas las películas iban de ese rollo, y el hecho de que las mías no, confundían a la gente.
¿Has tenido alguna vez ganas de tirar la toalla? Porque entre la censura, el Ministerio y los productores te las han hecho pasar canutas.
¿Y dejar de hacer cine? ¡Y una mierda! Nunca, nunca. Lo he pasado mal muchas veces, pero eso me ha servido de acicate. Siempre he sabido que esto era difícil y que era una lucha, pero yo he sido siempre luchador y no he tragado con nadie, ni con nada. La prueba es que ninguna de mis 200 películas ha estado subvencionada por el estado español. Eso ninguno lo puede decir. ¿Qué pasa? Que al no pedir yo dinero, ni pedirles nada, cuando me decían que mis películas no les gustaban, yo les decía: “pues jodeos”. Yo no me creo un genio, ni me creo nada, he hecho películas flojas y no pasa nada, pero las he hecho como yo he querido.
Y eso, obviamente, te trajo sus consecuencias…
Tener que irme del país para poder hacer cine, cosa de la que no me arrepiento en absoluto. La putada era cuando no me dejaban hacer mis películas. En esa época yo estuve a punto de hacer dos películas que me encantaban, una que la hice años después, A través del espejo, aunque era mucho más virulenta y cabrona cuando la planeé; y la otra, que tuvo una lucha a muerte con la censura y el Ministerio, era Los colgados, que nunca la pude hacer. No me dejaron. Estaba basada en una novela de Bruno Traven, que gracias al casposo de mi productor francés habíamos conseguido el permiso para hacerla. Eso fue una encerrona, no me dijeron que no al principio, pero me miraron como a un hermanito tonto: ¿vas a meterte en este lío? Ese plan. Total, que me la aprobaron y yo tenía ya el reparto, el productor español, el coproductor francés, y aquello se presentaba cojonudo. Traven era un escritor con mucha mala leche, muy moderno y muy duro. Y cuando llegó el día de la calificación definitiva, me la prohibieron, a pocos días de comenzar el rodaje me dicen que me la meta en los cojones. Fue entonces cuando a mí se me ocurre hacer otra película sobre la marcha, una que no pudiera molestar a esos hijos de puta. Una de vampiros, les dije a los productores. Me los llevé al cine a ver Las novias de Drácula de Fisher, les encantó, y de ahí salió Gritos en la noche.
Y ahora sí, exitazo.
Exitazo del copón, inenarrable. Y a partir de entonces ya sólo me empezaron a pedir películas de terror, por eso digo que no haber hecho s condicionó toda mi carrera.
¿Y cómo no la retomaste después, tú que eres tan aficionado a recuperar viejas historias?
Porque un día la quiero hacer de verdad, tal y como es. Es una historia dura, cojonuda, de las más virulentas de Traven. A lo mejor ya soy muy viejo para hacerla, pero pienso hacerla de todas maneras. A todos los directores les pasa, tienen películas aparcadas eternamente. Una vez hablaba de esto con Luis Buñuel, que después del éxito inesperado para él de El fantasma de la libertad, se encontró con la oportunidad de hacer 4 ó 5 películas que tenía en el cajón y nadie le había dejado hacer. Eso me parece absolutamente necesario, no renunciar nunca.
Se trata de saber sortear a los productores, ¿no?
No, no, los productores no saben nada, les da igual todo. No tienen ni puta idea.
¿Tú con cuál has trabajado más a gusto?
Hombre, yo la verdad, con el grupo de Samuel Arkoff y Roger Corman. Ni comparación. Son gente que sí sabe de cine, casi todos, entienden los problemas, saben enfocar los proyectos, y darte las chances que ellos creen que te pueden dar. Por ejemplo, cuando hice Venus in Furs o Justine de Sade, que tienen muy buena producción y son las más caras que yo he hecho nunca. Corman me ayudó mucho, y sobre todo uno de sus adláteres, un jefe de producción que era amigo mío y me echó muchos cables para hacer cosas, Steve Previn, hermano del compositor André Previn. Un tío muy majo que creía mucho en mí y me dio muchas oportunidades. Y después de Corman, el mejor productor que he tenido yo creo que fue Artur Brauner, con el que hice Vampyros Lesbos, She killed in ecstasy… y muchas más. [Jess apaga el cigarro, que se ha consumido prácticamente solo, y enciende otro. Aprovecha el momento para cogerme desprevenido] ¿Tú has visto mi última película, La cripta de las mujeres malditas?
Sí, la vi en el estreno de París, en el homenaje que te hizo la Cinémathèque el año pasado.
¿Y qué te pareció?
Pues muy radical…
¿En sentido peyorativo o positivo?
Me parece un experimento de anticine, en el sentido de ir contra todos los elementos típicos del cine: guión, fotografía, iluminación…
Exacto, todos fuera, ni uno, a tomar por saco.
Incluso pones unos espejos en el set para que se vea que ni siquiera tú estás presente, como si la película se hiciera sola, grabada espontáneamente por los propios personajes.
Claro, claro, es el mismo principio que en El sexo está loco, donde se veía en cuadro al director, reflejado en los espejos, pero en vez de hacerlo en plan de coña, hecho en serio y llevado al extremo. Me alegro mucho de que lo hayas comprendido tan bien, porque es una idea un poco complicadilla. También deberías ver Vampire Junction, que yo creo que te gustará. Y la que voy a hacer ahora, no sé si dentro de cinco minutos o de dos meses, pero nunca más de dos meses, donde voy a rizar el rizo en este sentido.
Tú siempre has tenido buena mano con las actrices: Soledad, Lina Romay, ahora Fata Morgana…
Hablemos ahora un poco de Sade, ¿te acuerdas cuándo lo leíste?
¿Y qué es lo más te atrae de él para haberle adaptado tanto? Porque no creo que sea el sexo…
Eugenie de Franval ¿Y qué te parecen las adaptaciones que han hecho otros de él? Saló de Pasolini, por ejemplo.
Zulú Paganini Tú con Kinski te entendiste siempre muy bien…
Justine ¿Y qué me dices de los directores eróticos de aquella época? Ese grupo de intelectuales de izquierdas tipo José Benazeraf, Alain Robbe-Grillet…
marchand de soupe Brigitte Lahaie en “Faceless”. Siempre me ha parecido que hay cosas en tus películas que me recuerdan a Robbe-Grillet…
Creo que Robbe-Grillet hacía un cine muy intelectual y pedante con un toque popular, y que tú haces un cine popular con ciertos toques intelectuales o pedantes.
Necronomicon Sí, claro.
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El conde Drácula Gritos en la noche Vaya pedazo de guión tienes ahí, es bien gordo: El hombre que no estuvo allí. ¿De qué va este?
Necronomicon El sexo está loco ¿Cuánto tiempo tardas en escribir un guión? ¿Te gusta escribir?
En muchas películas tuyas se nota también la influencia de Welles en los encuadres y la iluminación…
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