POR SADIE STEIN ILUSTRACIONES DE JOCELYN SPAAR
Mi novio y yo hemos roto. Ya está, pero yo sigo llena de una tristeza que no me puedo quitar de encima, y que además se ve empeorada porque sé que tengo un montón de cosas que hacer para desmantelar nuestros siete años de vida juntos: comprar cajas de cartón, vaciar su armario, separar nuestros libros… Y todavía no he hecho ninguna de ellas.
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Hay una cosa que sí que he hecho: ir al cajón de mi lencería y clasificarla.
Ha sido un proceso largo y lleno de emociones, aunque algunas decisiones han sido más fáciles que otras. Había dos juegos de braga y sujetador, por ejemplo, que inmediatamente decidí tirar, lanzándolos por el conducto de la basura de mi apartamento para evitar darles una segunda oportunidad. Eran las que me había regalado últimamente. Una era un sujetador de satén gris de Elle MacPherson acompañado de un tanga que tenía un lazo amarillo y el otro era un sujetador de encaje son pequeñas flores fucsia. Los dos eran bonitos y estaban en buen estado, pero los asociaba con conversaciones a altas horas de la noche en las que ambos sabíamos que todo había terminado.
Hubo otras decisiones muy fáciles. Algunas cosas (un sujetador con aros que compré en las rebajas de Agent Provocateur, estilo años 50 con lunares de Fifi Chachnil a través de eBay) podían quedarse donde estaban. Era posible que él los hubiese visto o incluso que le hubieran gustado, pero lo compré cuando él no estaba y no tenían un significado especial. Otros (unas prendas de Princesse Tam-Tam que había comprado en unas recientes rebajas de una de mis tiendas en línea favoritas), eran tan nuevas que él nunca tuvo oportunidad de verlas.
Los otros tres conjuntos de lencería que tenía fueron directos al Archivo, que es como llamo a un cajón muy concreto de mi cómoda. En el Archivo hay una simple caja de cartón marrón que contiene varias cajas de ropa interior más pequeñas con bragas y sujetadores perfectamente plegados y envueltos en papel. En total el Archivo tiene unos 12 conjuntos, el más viejo de los cuales (un sujetador Liberty Print rosa lleno de agujeros) data de la época de mi primer novio. En este cajón metí el sujetador rosa de seda con un poco de relleno y volantes que siempre fue uno de mis favoritos, el Mimi Holliday azul marino de seda y la braga a juego que llevaba el último día que nos vimos y un conjunto verde de Princesse Tam-Tam que compré durante unas vacaciones en París de hace unos años en las que me lo pasé muy bien.
Recordé lo divertido que fue cuando lo compré y se lo enseñé en la habitación del hotel, y cómo disfrutaba él con lo bien que yo lo estaba pasando, y como fingía que le importaba que fuera de una marca difícil de encontrar en los Estados Unidos.
Mis pensamientos, al guardar estas cosas, no eran simplemente que no quería que otros hombres las vieran. Aunque en realidad sí que había parte de eso, esa posibilidad me parecía un poco grotesca. En lugar de eso, yo lo veía como una forma de presentar mis respetos, de hacer una especie de ofrenda, como cuando se retira el número de un jugador muy famoso de un equipo cuando este termina su carrera. Embalsamaba los restos de las relaciones pasadas. Deliberadamente sacaba de mi vida la ropa interior relacionada con estas relaciones.
Pero el Archivo no solo está formado por reliquias de amores pasados. Incluso antes de romper, había guardado algunas cosas (el sostén con flores azules sin aros que llevaba en nuestra primera cita; el Princesse Tam-Tam negro con el que me vio desnuda por primera vez), Y mi selección siempre fue de hecho bastante idiosincrásica. Hay conjuntos que han acumulado durante años los estragos de la edad —elástico fláccido, tela rota—, y que no soy capaz de tirar, porque los asocio con buena suerte en entrevistas de trabajo o que me dan confianza si voy con ellos a una fiesta que me impone. Hay uno de encaje que, aunque parece un sujetador normal, que cubre lo normal, tiene aros y demás, tiene en realidad tanto poder para mí que lo tuve que poner en el cajón solo para controlar toda su fuerza; los hombres lo encontraban tan irresistible como el vestido de Afrodita, y no estaba segura de ser lo suficientemente mujer como para controlarlo.
En parte, la idea detrás de mi Archivo es simplemente que la ropa interior es muy cara. No puedes darle a alguien tu ropa interior usada, bueno, quizá si puedes, pero no creo que me gustase dársela a alguien que realmente la quisiera. Y por otro lado, me parece mal (a pesar del conducto de la basura de mi apartamento), tirar a la basura algunas de las prendas más caras que poseo. Aparte de hacer algún tipo de extraña performance de arte o una grotesca variación de un edredón hecho de parches de camisetas, no se me ocurre qué hacer con estas cosas aparte de meterlas dentro de un cajón. Esto que hago tiene algo de colección de sentimientos, lo sé, similar a conservar en ámbar momentos que ya han pasado inexorablemente, pero lo hago porque para mí la lencería siempre ha tenido un cierto poder, y no simplemente uno de tipo sexual.
Poco después de la ruptura, fui a un festival literario en Filadelfia y terminé visitando una tienda de lencería muy cara que estaba al lado de mi hotel. La tienda era muy femenina y tenía un toque de prostíbulo francés, con candelabros y perfume que flotaba en el aire; este plan que llevan las tiendas de lencería modernas con pretensiones de “elegancia traviesa” o lo que sea, tenía una cuidada selección de discretos vibradores y algún juego de esposas.
Esto me molestó un poco —solo quería ropa interior bonita, no liarla en una fiesta de solteras, y además, si hubiera querido juguetes sexuales habría ido a una tienda de eso—, pero se podía aguantar. Además necesitaba ropa interior tras la ruptura y el posterior archivo me sentía fatal respecto a mí misma y necesitada de sostenes.
El sitio no tenía mis marcas favoritas, y la estética no era de mi agrado, pero de todos modos encontré la experiencia muy relajante. Ir a comprar lencería siempre ha sido un remedio emocional durante años. Busqué entre las estanterías ordenadas por colores y encontré unos tops muy sencillas con unas bragas a conjunto que estaban bastante bien. La vendedora me condujo a un probador situado detrás de unas extravagantes cortinas de terciopelo rojo y me sugirió una serie de prendas que no eran para nada de mi estilo, pero que accedí a probarme.
Entonces entró la pareja. Esta tienda animaba a que las parejas compraran juntas —tenían anuncios sobre el tema, como supe después— y había un par de sillas especiales junto a los probadores. Tras seleccionar algunas cosas para que se probara su pareja, el tío en cuestión se colocó sobre una de estas sillas mientras que la vendedora lo agasajaba con champán barato y —no estoy bromeando— fresas untadas en chocolate. Mi corazón (cubierto en ese momento con un sostén horrible de color cereza que me había puesto para no quedar mal) se derrumbó.
Si esta especie de folie à deux hace que las parejas un empujoncito, bueno, bien por ellos, pero solo digo que desde el punto de vista de la mujer desnuda del probador de al lado, no lleva a que se realicen compras muy sustanciosas. Me encantó escuchar que ese body le hacía parecer muy sexy y un poco incómoda de que ese tanga le hiciera un poco gorda, pero sobre todo me hubiera gustado que su novio no estuviera mirando lo que yo escogía para probarme. Un hombre con un modelo de Victoria’s Secret puesto puede ser entrañable. Un master del universo que le dice a su mujer (probablemente se refiera a ella como “mi mujer”) qué ropa interior comprarse mientras se come una fresa con chocolate, no es entrañable en absoluto.
El primer sujetador de la era moderna fue inventado, después de todo, por una mujer, una bohemia poeta y editora que escribía bajo el pseudónimo de Caresse Crosby y que en 1914 obtuvo la patente de un “sujetador sin espalda”. Aunque en el curso de la historia de la ropa interior el hombre ha tenido mucho que decir, el propósito original del sujetador era meramente funcional, eso sin mencionar el bienvenido fin del corsé. Y, ¿no es ese una parte de su atractivo? ¿Algo hecho para un propósito claro y pragmático que decidimos en un determinado momento, convertirlo en algo bello y lujoso? Sí, uno puede ponerse esotérico: bodys, corsetería o sostenes de pinup en forma de bala que satisfagan todo tipo de gustos. No es esto de lo que estoy hablando ahora, sino de cosas que nos ponemos todos los días.
Las cosas que me gustan suelen ser de una determinada forma: de color azul y verde, con aros, copa media y con una parte de abajo que no cubra ni mucho ni poco. Aunque el tanga es algo inevitable con algunos pantalones y faldas, siempre los encuentro algo raros cuando me veo reflejada en un espejo. Los tangas también ocupan un
lugar especial de vergüenza en mi cajón de la ropa interior, que está ordenado en orden de preferencia descendente, en un contraste muy acentuado con el caos del resto de mis cajones y, por supuesto, mi vida.
Puedo aventurarme a hablar sobre el origen de mi amor por la ropa interior. Quizá una línea de una novela para adolescentes, o una escena de una película. O quizá, en lugar de eso, puede encontrarse su origen en una reacción a mi adolescencia. Mi madre siempre compra su ropa interior en tiendas de descuento, y mientras viví en su casa yo hacía lo mismo. En nuestro hogar no había mucho margen para darse caprichos, y mis deseos eran secretos y me daban algo de vergüenza.
Recuerdo entrar en la desvencijada tienda de lencería que había en la ciudad suburbana en la que vivía y comprar de forma furtiva un sostén de DKNY de color melocotón con una braga a juego. Era una tienda especializada en sujetadores para mujeres que habían sufrido una mastectomía y la selección era, cuando menos, limitada. Mi primer conjunto no me sentaba bien. Con el tiempo me di cuenta de que la banda posterior era como diez centímetros más pequeña de lo que necesitaba y las copas eran demasiado pequeñas. Esto lo descubrí al visitar una tienda de ropa interior regentada por judíos ortodoxos en el Lower East Side algunos años después. Pero me dio igual y me lo puse para ir al concierto de un coro, sintiéndome mala y ligeramente culpable.
Y no era porque nadie lo fuera a ver. No tenía novio ni siquiera la idea de tener uno y la idea de que alguien me viera la ropa interior me parecía casi imposible. Pero creo que ese fue el comienzo de un cambio, una enseñanza, aunque oculta, de que algo necesario puede ser fuente de placer, podía ser una representación de mí misma. Y eso era algo impresionante. Aunque algo menos cuando la señora de la tienda le contó a mi madre que había estado allí, lo que había comprado y qué bonito era que me estuviera “convirtiendo en una mujercita”.
Y sin embargo, mi camino ya estaba marcado. Mis gustos son habitualmente simples. Me va bien el papel higiénico más rasposo, el vino más malo y la ropa de segunda mano, pero desde que empecé a ganar dinero cuidando niños siendo adolescente, he estado gastándome secretamente una cantidad desproporcionada en ropa interior.
No digo que compre, no sé, ropa de Eres o Carine Gilson, aunque a veces voy a la planta de lencería de Barney’s a toquitear sujetadores de miles de dólares como un pervertido de bajos ingresos, pero las cosas que compro son ciertamente más caras de lo que debería. Las cuido mucho, las lavo a mano en una solución especial, protejo a cada sujetador de los malvados ganchos de los demás y pienso que son “inversiones”, lo que no tiene ningún sentido, particularmente cuando las guardo en la primavera de sus vidas en una caja de cartón para nunca más volverlas a ver.
Todos tenemos nuestros tótems y nuestras formas de exorcizar los demonios de amores pasados que fueron mal. Por supuesto que yo no quiero un exorcismo. Yo quiero un Archivo, un recordatorio de que hubo momentos en medio de todo este caos en los que ocurrió algo especial que me encantó y que un día me importó.
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