Música

La culpa la tiene tu madre

Foto vía Hufftington Post

Nunca supe exactamente si era lástima o acaso la encarnación perfecta de la “pena ajena” lo que me invadió cuando vi esa foto en el Facebook posteada por un bato famoso y respetado para algunas generaciones de homosexuales simpatizantes del activismo con fondo musical de Eugenia León en su etapa del Fandango ya está aquí… No diré nombres porque esto no es el TvNotas y en su redacción les queda más sabroso el balconeo. Pero es famoso y respetado.

Videos by VICE

Dicha foto en cuestión capturaba un momento del bato, un atardecer con su pareja y su madre en una playa.

Pero lo que me trastornó fue el pie de foto.

Mientras que a su cabrón lo definía con metáforas de amor y milicias, a su madre le atribuía, mediante embelecos literarios, propiedades que iban desde un pilar que sostenía templos y su propia existencia, hasta una guerrera con plumas que me remitían no se porqué a Quetzatcoátl pasando por un homenaje poético y bastante viscoso al útero y los abrazos maternos. No puedo más que sospechar que el bato famoso y respetado había crecido sobreprotegido por su madre. Y pude imaginarme a la madre.

Una vez entrevisté al director de un suplemento gay políticamente correcto, de tradición izquierdista, y en algún momento tuve que parar la grabación porque su celular timbraba y timbraba, salió del vestíbulo, volviendo casi 40 minutos después: “Mil disculpas pero es que ya sabes, mi madre que le urgía contarme algo” dijo el director.

Si pensaban que los machos bugas con mamitis son enfermizos , no conocen a un gay que adora a su madre por encima del porno gay. Edipo vendría siendo Kurt Cobain grafiteando God is queer a comparación de un gay que le marca todos los días a su jefecita entre las 7 y 9 de la noche para contarle su día y uno que otro episodio melodramática.

Siempre he contemplado muchas (no todas, aclaro) de las relaciones entre madres y sus críos homosexuales de nacionalidad mexicana, como una foto de estudio de los años 60 que más que sonrisas acartonadas, captura una complicidad alcahueta, a gran escala, enmarcada en piuter y colgada en el muro que da frente al comedor de seis personas.

En efecto, no negaré que soy de esos parias de la Generación X cuyas relaciones con los seres que dieron la vida se gestaron entre divorcios y padrastros y madrastras. Pero conforme los treintas van tomando forma más me convenzo: la disfuncionalidad post comunista de mis padres tiene sus ventajas, de personalidad y sonoras. Gracias a su irresponsabilidad pedagógica y al Siamese Dream de los Smashing Pumpkins, la relación con mi madre es de un desapego traumático pero sano. Nos llevamos bien, pero nunca vamos juntos a untarnos cremas de Clinique ni escogemos artículos de colores chillantes para la cocina. Mucho menos hablamos de hombres, la única vez que tocamos el tema, terminó por aconsejarme cómo la haría cualquier señora enamorada y herida: que si tenía que citar al galán a propósito en un bar, pero que si un amigo me podía echar la mano para darle celos al galán en el bar. Decepcionado, cambié de tema.

Que un gay sobreviva desapegado a su madre le otorga cierto aire de austeridad con sus relaciones humanas, también es probable que se vuelva irrespetuoso con las costumbres y los mandiles de cuadritos y lo mejor, estará destinado a escuchar buena música, más arriesgada o al menos puede desarrollar la habilidad de diferenciar lo camp del desamor de vecindad que promueven las baladas de Estelita Nuñez o Amanda Miguel.

La fascinación de muchos gays mexicanos (de nuevo, no todos, vuelvo a aclarar… ahora resulta…) por las divas del pop aseñorado y la balada de clase media, que se la pasan coreando su obsesión por el reconocimiento de un macho que seguramente trabaja de ocho de la mañana a las seis de la tarde, usa calzones Rimbros y huela a Old Spice, deviene de una tradición impuesta por sus madres que encarnan a la esposa engañada pero con todas las facturas de los electrodomésticos a su nombre y eso más que suficiente para mantener la frente en alto, o bien se identifican con “la otra”, la arpía-amante supuestamente más cachonda, menos jodona, sin tubos, pero que en el fondo sueña con el día de usar mandil de cuadritos y tener los electrodomésticos a su nombre. La complicidad madre e hijo traducida en música.

“¿Qué es todo ese ruidero que estás escuchando?” no es una frase frecuente entre un gay y su madre que habiten un rinconcito mexicano

Cuando advierto que tres de cada cinco asientos del Auditorio Nacional están ocupados por gays cuando Yuri ofrece hasta 10 concierto seguidos, me da la impresión que son homosexuales rindiéndoles tributos a sus respectivas madres. Quizás ese diálogo melodramático entre las jefecitas y sus hijos gays, son los que propician decisiones lamentables como que Lucía Méndez haya sido coronada reina de una de las marchas LGBTTTI de la Ciudad de México.

Es curioso porque a un concierto de Emmanuel casi no van homosexuales.

Según yo, la lógica generacional apunta a que después de Yuri o Lucía Méndez o Rocío Banquells, la tradición de desamor nacionalista sea perpetuada por las nuevas generaciones, por las María José o las Gloria Trevi y así la comunidad gay va delimitando un común denominador musical, que aporta melodías con potencial de convertirse en himnos, portavoces de sentimientos y orgullo al mismo tiempo. Y los remixes a Thalía rematan el desviado gusto musical de muchos gays mexicanos.

Hace poco fui a un toquín de Celine Dion en Las Vegas en compañía de una pandillas de camaradas periodistas y gays. Todos aplaudían a la Dion desde la perspectiva hilarante de lo camp. Eso no pasa en el Auditorio Nacional cuando Yuri coge aire y posiciona la mirada en el horizonte de la dignidad y se dispone a entonar beligerante frase: “¿Es ella más que yo?” los gays le aplauden con religioso respeto.

Yo le tengo más respeto a Emmanuel y sus pasos de baile, sobretodo cuándo se pasa la mano por la entrepierna.

Thank for your puchase!
You have successfully purchased.