La frontera



SAN YSIDRO

Me encuentro en la zona fronteriza más ajetreada del mundo. La atravieso rápidamente porque voy en la dirección correcta, que es como decir que estoy yendo en la dirección equivocada. Me dirijo al lugar en el que nadie quiere estar. En el carril de al lado de la Autopista 5, una brillante línea de automóviles, atascada en una caravana, se dirige al norte, a Estados Unidos.

Los laterales de los carriles de tráfico son aquí como pasillos de un supermercado. Puedes comprar palomitas de maíz, galletas, caramelos, cigarrillos. ¿Quieres café? Se lo puedes comprar a un chaval de tan corta edad que apenas llega a la ventanilla del coche. ¿Un periódico en español? Sin problemas. ¿En inglés? Tal vez. ¿Una toalla con estampado de animales? Hay cientos para elegir.

Voy de camino a un certamen literario que se celebra en Tijuana y Mexicali y que ha sido programado como un encuentro, algo a medio camino entre “festival” y “congreso”. El término insinúa el trajín de disipación y mesas redondas en el que me voy a meter: las historias serán moneda común, habrá gente que se sentirá confusa, habrá gente que firmará libros, gente cerrando tratos editoriales, gente echando pestes de Mexicali y deseando estar en Oaxaca. Habrá gente teniendo sexo. Nada se hará a la hora acordada. Por la mañana se servirán galletas y cafés en vasos de poliestireno. Por la noche se servirán rayas de cocaína sobre la cisterna del lavabo.

Me acompaña en mi viaje a través de la frontera una mujer llamada Sidharta. Sí, me dice, como el libro de Hesse. Tiene una hermana llamada Ana Karenina. Me entero de algunas cosas sobre Sidh. Le gusta José Saramago. Le gusta salir de fiesta. Le gusta bailar con chicos y también le gusta bailar con chicas. Esta semana es posible que vuelva con un músico de Tecate que tiene problemas con la metanfetamina y una personalidad “con altibajos”. Aunque podría no volver. Sidh es así. También lleva zapatos de tacón de aguja.

Me cuenta que las cosas han mejorado mucho en Tijuana en los últimos dos años, que es lo que los medios americanos también han empezado a decir. Pero fluctuaciones y variaciones suelen inevitablemente pasarse por alto cuando nosotros, allí arriba, hablamos de lo mal que están las cosas “ahí abajo”. Por supuesto, ahí abajo no es un lugar sino miles, y la verdad es que han mejorado en Tijuana, empeorado mucho en Tamaulipas y siguen siendo horribles en Ciudad Juárez, donde la vida cotidiana es tan violenta que resulta difícil apreciar los niveles intermedios entre malo y peor.

Le pregunto a Sidh cómo era vivir en Tijuana durante los peores meses, y ella contesta algo interesante—no tanto sobre vivir con la constante amenaza de la violencia sino sobre hablar acerca de vivir con la constante amenaza de la violencia. Es imposible hablar cuando estás inmerso en ella.

“Cuando era malo no decíamos lo malo que era”, dice. “Ahora podemos decirlo”.

Sidh no se refiere a la prensa. Se está refiriendo a sus amigos más cercanos. Incluso cuando se reunían para cenar, un acto privado, sus conversaciones nunca giraban en torno a lo que sus vidas se habían convertido: miedo a salir de copas, miedo a ir a trabajar, miedo a coger un autobús o comprar un paquete de cigarrillos o a cruzar la puta calle. Ahora hablan. Hablar es más fácil cuando lo peor ya no está al alcance de la mano y no puede volver para vengarse de aquellos ilusos que creían estar ya a salvo. Sidh me cuenta que varios amigos suyos empezaron a tomar antidepresivos durante la época de los días malos. Ella nunca tomó medicación pero ahora cree que tal vez debería haberlo hecho.


TIJUANA

La avenida Revolución está cubierta con las cáscaras vacías del turismo barato. Las bares vacíos parecen reliquias de una civilización extinguida por sus propios excesos hedonistas: silenciosas pistas de baile rodeadas de paredes de juncos y decoración falsamente selvática, terrazas llenas de antorchas tiki y pancartas ondeantes anunciando happy hours de tequila a los que nadie irá. Los clubs dan impresión de casas clausuradas. Los turistas han huido despavoridos. Aún deben venir algunos, supongo, pero no veo ninguno en las calles. El Centro Cultural Tijuana tiene un precioso techo abovedado, con vidrieras de cristal a través de las que se filtra la luz del atardecer, teñida de vivos colores: fucsia, naranja, verde oscuro. En el interior sólo encuentro a unos cuantos hombres vendiendo billetes de autobús a otros lugares.

Todo el mundo pregona mercancías por las calles, pero nadie compra nada. Podría conseguir cualquier cosa, si quisiera: un burro con rayas de cebra, postales mostrando diez pares de tetas y una lata de Tecate enterrada en la arena, una pequeña rana tallada delante de mis ojos por un viejo y con un cigarrillo en sus labios de madera. Podría comprar una camiseta estampada con el estoico rostro de Pancho Villa o la inevitable cara del Che, una camiseta con un chiste sobre la cerveza, otra camiseta con un chiste sobre la cerveza, una con un chiste sobre el tequila, otra con un chiste sobre mezclar cerveza y tequila, u otra que va directa al corazón de todo este asunto de la bebida con un lema estampado que dice “Mojé en la primera cita”. De forma harto conveniente, hay un hotel enfrente de todas estas bodegas kitsch que anuncia habitaciones por 99 pesos. No veo a nadie entrando ni saliendo.

No dejo de sudar durante todo el tiempo que paso en Tijuana. Estamos casi en noviembre. Espero a que vuelva el agua para poder darme una ducha. Garrapateo los eslóganes de las camisetas en mi cuaderno de notas. Me hago preguntas sobre los vasos tequileros. Intento descifrar el híbrido spanglish de sus chistes. Y durante todo ese tiempo no dejo de pensar en Sidh, dos años atrás, sus tacones de cuero sonando suavemente al caminar sobre estas mismas aceras rotas, click-click-click, rápida como una respiración agitada, más lenta que el tableteo de una ametralladora. Entonces no podíamos hablar de ello… Otros pueblos fronterizos siguen atrapados en este muro de silencio. La gente que califica a Ciudad Juárez de la ciudad más peligrosa del mundo es aquella que no vive allí.

Se me ocurre que si camino por las calles de donde todo el mundo tiene miedo, donde una ciudad entera tiene miedo, quizá lograré entender ese miedo un poco mejor. Esta es la gran ficción del turismo, creer que llevando nuestros cuerpos a algún sitio lograremos acercar más el lugar a nosotros, o nosotros a él. Un chute rápido de empatía. Nos lo tomamos como un trago de tequila o una esnifada de coca en la llave de la casa de un extraño. Deseamos la embriaguez de la presencia para disolver el hecho de la indiferencia. A veces la ciudad jode en la primera cita, a veces no. Pero siempre, siempre, despertamos por la mañana y nos damos cuenta de que lo ignoramos por completo.

Por la mañana me levanto y desayuno unos huevos con jamón en un local llamado Tijuana Tilly’s. Podría haber pedido un gofre, pero no lo hice. Podría haber pedido pan blanco y crema batida, pero no lo hice. Voy de auténtico. Estoy comiendo con una publicista llamada Paola y un novelista llamado Adán. Los dos piden gofres. Paola me dice que no puede creer que México DF sea hoy en día, posiblemente, el lugar más seguro del país. No es a lo que está acostumbrada. Adán me dice que Mexicali, donde iremos a reunirnos con los otros escritores del certamen, también es un lugar relativamente seguro. Relativo es un adjetivo importante por aquí.

Mexicali, en cualquier caso, está a dos horas en dirección este. La ciudad explotó durante la época de la Prohibición, igual que Tijuana, pero en cualquier otro aspecto son muy diferentes. El español de Adán es rápido y no estoy seguro de si estoy captando bien lo fundamental de lo que me está contando—o, al menos, su sentido correcto—porque me parece entender que está hablando de un lugar subterráneo lleno de chinos. Mis conocimientos de español no iban muy desencaminados: en Mexicali, durante los años 20, los trabajadores chinos superaron a los mexicanos en una proporción de 8 a 1, y una red de túneles subterráneos conectaban fumaderos de opio y burdeles para que los ansiosos americanos, durante la Prohibición, accedieran a ellos desde el otro lado de la frontera.

Tijuana se desvanece. Una vez abandono la ciudad ardo en deseos de hablar de ella, del mismo modo en que uno tiene ganas de hablar del sueño que tuvo la noche anterior, temeroso de que se disuelva si no pone los detalles en sus correspondientes lugares, antes de trazar una línea que enlace un absurdo con otro. Apenas la he dejado atrás, pienso, ¿qué era esa ciudad? Un vestíbulo mal iluminado cerca de unas oficinas con las ventanas rotas (mi hostal) y un plato de tiras de cerdo cocinado a la naranja (mi cena). Era un grupo musical integrado por hombres jóvenes llamado La sonrisa vertical, y un grupo de hombres mayores, no sé cómo se llamaba, pidiendo constantemente que les trajeran más vino Charles Shaw Shiraz y tocando sus guitarras eléctricas a todo volumen. Tenían dos huevos, quizá crudos, quizá cocidos, puestos encima de uno de sus amplis. Su presencia allí carecía de sentido pero sin duda estaban donde tenían que estar.




MEXICALI
 

Si la carretera que va a Tijuana está obstruida con armas y coches y hombres en uniforme, el pánico americano en todo su esplendor, la que sale de la ciudad es fantasmal y está cubierta de polvo, serpenteando desde los barrios periféricos hacia las peladas colinas del desierto fronterizo. Las chabolas, apenas unas raquíticas construcciones de fragmentos de muro y verjas, abundan en las embarradas laderas más allá de los límites de la ciudad. Muchas emplean vallas publicitarias a modo de paredes y techo. Tienen aspecto de regalos. Los laterales muestran los gigantescos tubos de pasta dentífrica y las sonrisas humanas de los carteles anunciadores. La zona de chabolas da finalmente paso a la carretera conocida como La Rumorosa, un carrusel de subidas, bajadas y curvas cerradas a través de las montañas de tierra rojiza.

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Saliendo de una curva, en un mirador a medio camino de Mexicali donde la carretera desciende bruscamente hacia la izquierda, vemos los restos parcialmente ennegrecidos de un semirremolque siniestrado. La cabina del camión está a poca distancia del borde del precipicio. Hay un hombre tumbado en el suelo, en posición fetal, sangrando por una herida en la frente. No parece estar muerto. No se ve una ambulancia cerca, pero hay un sacerdote junto al hombre, de pie, bloqueando el sol del mediodía y murmurando plegarias, haciendo gestos a los coches que pasan: no tan rápido, no tan rápido. Debemos estar a más de 30 grados en pleno octubre y este hombre lleva negras vestiduras clericales que absorben todo el calor. El sol arranca destellos plateados de su cruz, igual que de la reja del morro del camión, detrás de él.

No es sólo que la violencia suceda aquí—intencionada, casual, accidental, incidental—, es que la perspectiva y las secuelas de la violencia están constantemente alrededor tuyo: hombres con metralletas en la avenida Revolución, perros gruñendo y olfateando en los vehículos en los que han entrado para detectar drogas, un borracho desmayado delante de la panadería, un conductor que casi se despeña con su semirremolque montaña abajo. Pasamos delante de un soldado que permanece alerta, con una semiautomática en las manos, aparentemente vigilando el gigantesco montón de neumáticos viejos que hay detrás de él. No hay nada más a la vista. En este país, los soldados permanecen atentos a un posible estallido de violencia incontrolable, encaramados en la basura, sus armas apuntando al cielo.

Cuando una tropa de Niños Exploradores (algo parecido a los Boy Scouts) fueron llevados a recibir a unos altos funcionarios de visita en Ciudad Juárez, su líder scout les animó a hacer un ejercicio. “¿Cómo juegan los niños en Juárez?”, dijo. Todos los niños se tiraron al suelo.1

En un control antidrogas nos obligan a vaciar toda la furgoneta. Es inevitable que los vehículos más grandes atraigan más sospechas. Los soldados vacían nuestras mochilas. Todo parece llevarse a cabo según las normas, pero aún así, el episodio crea un ambiente, una atmósfera, un tono. Mientras nos alejamos echo un vistazo atrás y me doy cuenta de que otro soldado, de pie junto a un camión, ha estado todo el rato apuntándonos con una metralleta.

En Mexicali no hay clubs llamativos, ni burros cebra, ni horas especiales para tomar copas. No podrías encontrar una rana fumadora aunque tu vida dependiera de ello. Puedes comprar bolsas de plástico llenas de trozos de cactos, o cigarrillos, por dos dólares. Lo más parecido a un bar de tequilas es un club llamado SlowTime, desde donde emerge una canción con una voz de mujer que susurra, una y otra vez, “Oh, tú me haces sentir bilingüe”.


1 De “Ground Zero in Sinaloa”, un artículo de Elmer Mendoza aparecido en el New York Times el 16 de octubre de 2010.



La luz es más cruda en esta ciudad, y todo más polvoriento. Los hoteles anuncian tarifas por cuatro horas, en lugar de una. No sé lo que esto significa, pero me parece que sugiere una diferencia importante en materia de comportamiento cívico.

El Barrio Chino está vivo y bien, y en la superficie. Aquí los restaurantes sirven tofu con salsa y tacos de aleta de tiburón. Almuerzo en el Dragón de Oro, cuyo aparcamiento se extiende hasta la misma frontera, una gruesa pared de unos 6 metros de altura. Pueden verse las casas de estuco y los campos de béisbol de Calexico a través de los listones.

Los asistentes al encuentro somos unos 50, aproximadamente. Está Óscar, un poeta que una mañana me explica su visión de Heidegger mientras damos cuenta de unos chilaquiles, y Kelly, una intérprete simultánea que está escribiendo un glosario de terminología erótica. Está Marco, otro poeta, que atraviesa la frontera para comprar un nuevo par de Converse en Calexico. Marco me informa de que hace un año abandonó su “yo lírico”, cuando su ciudad se volvió tan violenta que tenía miedo de salir de su casa. Estos días necesita una nueva poesía. Está interesado en replantearse las cosas, en general, y el Flarf en particular.2 Marco da clases a estudiantes universitarios. Su vida suena mucho como la mía hasta que deja absolutamente de hacerlo.

La noche antes de venir a Mexicali se había quedado despierto hasta la 1:30 de la madrugada corrigiendo una pila de exámenes, después decidió que a la mañana siguiente se recompensaría pulsando el botón “beber”. Era lo justo. Apenas dos minutos más tarde le despertó la explosión de una granada, seguida de un intercambio de fuego de ametralladora. “Como una conversación”, dice, “una voz y a continuación la respuesta”. También dice que aquello no era nada fuera de lo común.

Conozco a un hombre llamado Franco, un hedonista con barba, fundador de la “Conspiración Shandy”. Cada vez que me ve, Franco me pregunta si estoy listo para ser shandyficado. Todo lo que sé sobre el proceso es que en él intervienen “sutileza” y “oscuridad”. Franco es el camello residente en esta fiesta—el expendedor, más bien; a menudo parece no cobrar nada—y cambia de habitación dos veces porque está harto de tanto tráfico delante de su puerta. Saca una revista (el epicentro de su “conspiración”), en cuya cabecera aparece el dibujo de un león atacando a una cebra. En lugar de sangre, del cuello de la cebra mana un chorro de un fluido arco iris. Es Darwin en viaje de ácido. Me sorprendo a mí mismo analizando las ilustraciones en términos de fractales sociopolíticos: ¿cómo es posible ver la narcoguerra en cada dibujo de una cebra? Es una sensación extraña, los borbotones que surgen de las fauces de la guerra—como un lamento gutural, abrasada, desollada, esta absurda fuente de sangre con los colores del arco iris. Todo lo retuerzo de acuerdo a la gravedad del conflicto.

Expuesto de forma más exacta, retuerzo aquello que logro entender. Hay muchas cosas que se me escapan. En una congregación de escritores bilingües, mi español es embarazoso, y este embarazo empieza a confundirse con un profundo sentido de vergüenza política y nacional. Temo hablar del panorama actual de la guerra contra los narcos porque me preocupa interpretar algo mal. Los americanos somos conocidos por interpretar mal las cosas cuando el tema son los conflictos en otros países. Así que escucho. Gradualmente empiezo a entender. El cártel de Sinaloa controla gran parte de la línea de costa al oeste del país —donde se cultiva la mayor parte de hierba y aún se mantiene el mito fronterizo del traficante de drogas como forajido—, mientras que el cártel del Golfo opera, evidentemente, a lo largo del Golfo de México, traficando con cocaína e inmigrantes ilegales centroamericanos, los conocidos como “pollos”, campesinos a los que bien extorsionan, bien cobran por pasar la frontera.

Leer sobre la narcoguerra es como intentar desenmarañar una tela de araña de intrincados dobles negativos. Un cártel soborna a una funcionaria de prisiones para que por la noche deje libres a los presos y puedan así ejercer de asesinos, tomando como objetivos a los peces gordos de otro cártel; después, el cártel atacado secuestra a un agente de policía y le tortura hasta que admite el caso de corrupción. Graban en vídeo la confesión. Las autoridades dan un paso al frente, la funcionaria es apartada de su puesto; los presos se amotinan para exigir su regreso; los periodistas que cubren el motín son secuestrados por los rivales del cártel que hicieron público el vídeo del agente torturado y lo contraprograman con sus propias cintas de vídeo de otros hombres torturados confesando otros casos de corrupción.

¿Lo habéis pillado?

Tratar de seguir aspectos más concretos del asunto es como escuchar alguna especie de horrible cháchara ingeniosa en un idioma creado para las bocas de otros, participando en una conversación en la que uno no tiene capacidad para hablar. “Conversación” significa algo nuevo en este lugar: un torrente de palabras que no logro entender, un tableteo mutuo de semiautomáticas que nunca antes había oído.


2 Flarf es un movimiento poético americano que convierte en versos cosas como búsquedas en Google y mensajes de spam; sus practicantes detestan ser encasillados y probablemente se sentirían agraviados por esta definición.



Trabo conocimiento de otro elenco de personajes, no autores sino asesinos: está El Teo, que pugna por el control del cártel de Tijuana y gusta de matar en fiestas porque eso hace que su mensaje sea más visible; está El Pozolero, que disuelve a las víctimas de El Teo en ácido una vez se necesita que el mensaje se haga de nuevo invisible. El señor de la droga más famoso en México es El Chapo, el jefe del cártel de Sinaloa, que actualmente ocupa el 60º puesto en la lista Forbes de las personas más poderosas del mundo. Eso le pone por detrás de Barack Obama (2), Osama bin Laden (57) y el Dalai Lama (39), pero por delante de Oprah Winfrey (64) y Julian Assange (68). El presidente de México ni siquiera figura en la lista. Me encuentro a mí mismo en Mexicali enterándome de las estadísticas de dos economías—los autores no reciben pagos por adelantado por sus obras, los asesinos de Ciudad Juárez cobran dos mil pesos por cada trabajo—y los contornos de dos geografías paralelas, una que traza la narcoguerra y la otra el panorama de la producción literaria. La primera topografía se superpone a la segunda como un horrible velo. Durango, por ejemplo, es la ciudad donde El Chapo conoció a su joven esposa, pero es también donde vive un poeta que lleva botas militares y escupe cuando lee sus poemas, la mayoría de los cuales tratan sobre tetas. En Sinaloa está instalado el cártel del mismo nombre, obviamente, pero también es el hogar de Óscar y sus grupos de estudio sobre Heidegger. La capital de Sinaloa, Culiacán, tiene un cementerio lleno de mausoleos de dos pisos de señores de la droga, acondicionados de forma impecable y dotados de aire acondicionado para mayor confort de las familias y amigos que tengan que ir a guardar luto. Óscar vive en una casa al otro lado de la ciudad con su gato, Heidie. Me imagino toda una colección de mascotas: un perro llamado Dasein y dos pájaros llamados Tiempo y Ser. Imagino un aparato de aire acondicionado emitiendo un suave zumbido cerca de las cenizas de un hombre. Estoy intentando mezclar estas dos Sinaloas, convertirlas en una sola.

La lección de geografía se desplaza hacia el este: Tamaulipas es una región famosa por la masacre en agosto de 72 ilegales que no quisieron pagar al cártel del Golfo cuando éste les exigió un pago. No quisieron. De acuerdo. No pudieron. Pero Tamaulipas también es donde reside Marco, el poeta interesado en el Flarf. Cuando pienso en el Flarf, me vienen a la cabeza poemas que deconstruyen y ensamblan fragmentos de textos aparecidos en blogs sobre el petróleo en Irak y la vida sexual de Justin Timberlake. No deja de ser cierto que Marco se dedica a esto, pero su proyecto se compone de materiales diferentes y desprende menor tono irónico. Én sus poemas, él da un nuevo propósito al lenguaje del conflicto. Se sumerge en los foros de internet, llenos de mensajes de gente que tuvo que marcharse de sus casas. Toma frases de los letreros que los cárteles dejan en los cuerpos de sus víctimas y de los mensajes que graban a cuchillo en la piel de los muertos. Hace collages de citas textuales, encaja entre sí las piezas del puzzle del miedo para crear sus poemas. Esta es una nueva iteración: Flarf de y para y sobre la narcoguerra: el narco-Flarf. Me pregunto cómo este tipo de trabajo suyo conserva esa parte del Flarf que parece ser tan importante: el sentido del humor. Me pregunto si esto importa. A juzgar por lo a menudo que Marco ríe (mucho), importa mucho.

Todo el encuentro es una extraña mixtura de jolgorio y seriedad. La gente habla constantemente y con dolor de la narcoguerra, pero también se mete mucha coca. La toman directamente de encima de las llaves de sus casas, justo como yo imaginaba que harían, y me descubro haciéndome preguntas sobre esas llaves y las cerraduras que abren. ¿Cuántas cerraduras tiene la gente en sus casas? ¿Más de las que tenían antes? ¿Con qué frecuencia se van a dormir con miedo?

Apenas unas semanas antes de venir a Mexicali, Marco presentó su trabajo en una galería americana llamada LACE (Los Angeles Contemporary Exhibition). La obra se titulaba SPAM. Consistía en un muro colgante en el que se podía leer un poema que había compuesto con fragmentos de mensajes en foros—en este caso, mensajes de los residentes de Comales, un barrio en las afueras de Tamaulipas en el que abundan los escondites y las guaridas. Marco llama a este vecindario “zona cero”.

En internet, y en la obra de Marco, estas voces encuentran la movilidad que se les ha negado a sus cuerpos: “no se trabaja, no hay escuela, tiendas cerradas… estamos muriendo poco a poco”. El lenguaje no es “poético”, ya que no partió como poesía. Partió como un grito. Y ahora se ha convertido en otra cosa. Marco, por supuesto, abandonó su yo lírico unos años atrás. Ahora sus poemas no expresan una única voz sino una masa de voces comunes que hablan con palabras desesperadas, convertidas en una cadencia por sus propias manos desplazadas.

SPAM se creó en Tamaulipas y se exhibió en Los Ángeles, pero estaba compuesta de materiales procedentes de un mundo inmaterial (internet) que existe suspendido, infinito, en contrapunto, entre estos lugares y, en esencia, en ningún lugar en concreto. La obra tiene algo de fe en internet pero al mismo tiempo es consciente de cómo la red convierte la experiencia real en una abstracción, en algo ilegible o sin sentido (¡spam!). La pieza habla de forma explícita de las fronteras y a la vez se mofa de ellas: “La pieza intentará crear diálogo más allá de las fronteras…” Su obra no es meramente un mensajero, escribe Marco, sino parte de la conversación—la misma conversación, pienso yo, que la explosión de una granada en esta misma calle.




CALEXICO

Está ahí, Calexico, justo al otro lado de la verja. Pueden verse los contenedores de reciclaje volcados sobre el asfalto. Pero se tarda más de una hora en cruzar la frontera. Son las 4:30 de la madrugada cuando vamos, y esto ni siquiera es Tijuana. En San Ysidro pueden tardarse hasta cinco horas si tienes que cruzar en mal momento.

Para algunos mexicanos, la frontera no supone un gran problema. Unos pocos afortunados tienen el equivalente fronterizo de una tarjeta de libre acceso. La abuela de Sidh entra en Estados Unidos cada domingo a comprar comestibles. Marcos no le da ninguna importancia a cruzar aquí para comprar un nuevo par de zapatillas, pero se acobarda ante la perspectiva de tener que cruzar más cerca de su casa porque la frontera es más peligrosa en el territorio del Golfo.

Para otros, la frontera es el confín del mundo. Manuel, un teclista, explica que le encantaría dar un concierto en California pero sabe que nunca podrá hacerlo. No dispone de dinero suficiente para hacer una llamada telefónica y concertar una entrevista para la concesión de un visado, y mucho menos de una cuenta corriente que le permita comprar uno.

Cruzo desde Mexicali con Sidh, Marco y un novelista peruano llamado Ezio. Conducimos un Jeep rojo y cubierto de polvo. Nuestra variedad de nacionalidades pone alerta al guardia fronterizo. No parecen convencerle nuestras explicaciones. ¿Un encuentro? Interesante. Me hace pasar un mal rato. También esto es interesante. He entrado y salido de muchos países extranjeros y nunca me han apretado así las tuercas. Hasta ahora mi perfil personal había jugado siempre a mi favor. Ahora estoy viajando en compañía. He olvidado quitar de mi pasaporte un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla, y parece que eso es un problema. El guardia me pone el papel delante de la cara. “¿Qué es esto?”, dice. “¿Tiene usted un perro?” No sé de qué está hablando, pero no tengo perro y eso le digo. “¿Pero es usted de Estados Unidos?”, dice él, como si me hubiera contradicho a mí mismo. Le digo que lo soy, pero puedo oír en mi voz algo extraño: la ligera inflexión de una pregunta, como si ya no estuviera seguro. Puede que haya hecho algo mal. “Intentan confundirte”, me explica Marco.

Tampoco la verdad necesariamente te hace un buen servicio. Digamos que eres una mujer mayor mexicana con hijos ya adultos residiendo en Estados Unidos. Mejor que no les menciones en la entrevista para el visado. Podrías pensar que son una razón que te garantice la entrada, pero en realidad son la mejor razón posible para que te la denieguen. Esta mujer era real, me cuenta Marco. Estaba detrás de ella en la cola que tuvo que hacer en el consulado. Probablemente haya seis como ella, diez como ella, miles de ellas a lo largo de la frontera. Como suele decirse: basado en un hecho real. Ya le han denegado la entrada tres veces, sigue pagando 100 dólares por intentarlo de nuevo, sigue hablando de sus hijos, se está quedando sin recursos, se está quedando sin dinero.

Calexico es una ciudad pequeña con un feo paseo principal lleno de casas de cambio, pero los campos en las afueras lucen a primera hora de la mañana exuberantes, del color de la esmeralda. En los alrededores de Mexicali todo era seco, seco, seco. “La hierba siempre es más verde”, dice Marco, y Sidh se ríe. Yo también me río. ¿Está bien esto, que me esté riendo? Supongo que sí.

Pasamos delante de una comisaría de inmigración interior, una segunda línea de defensa contruida en vez de diseñar alguna clase de política decente de inmigración. Hace alarde de sus estadísticas, como si se trataran del tanteo en un evento deportivo: 3.567 inmigrantes ilegales detenidos, 370 arrestos criminales, cuatro kilos de droga decomisados. Marco pregunta: ¿qué significan estos números? No hay fechas. Las cifras son simples juguetes, vacías de contexto y significado. Es de suponer que la razón de ser de estas estadísticas es la de asustar por ósmosis a los pollos analfabetos, o quizá inundar los corazones de los americanos de visita con esa elusiva sensación de seguridad nacional que tanto ansiamos.

Se me ocurre que tal vez sea otra clase de poema, este tablero lleno de números. Pretende asustar a la gente y, a la vez, dar consuelo; quiere darles la sensación de estar en medio de algo más grande y más poderoso de lo que pueden entender—el tráfico de drogas y cuerpos, un algo inquieto y no muy bien sujeto, el peligro mismo, poroso y fluido. Por cada 3.567 inmigrantes interceptados, imaginamos, hay otros 10.000 que no lo son. La persistencia del miedo puede ser muy útil. Los anuncios oficiales siempre están llenos de espacios vacíos, saltos de línea y campos en blanco en los que palpitan sugeridas amenazas y promesas.

Y, así, la conversación prosigue. Los señores de la droga escriben mensajes en los cadáveres, y estos mensajes le dicen jódete a los controles fronterizos y a sus 370 arrestos criminales. Los poetas tienen ideas y tienen visados y tienen vuelos a Los Ángeles. Le hablan a los americanos de los mexicanos de un pequeño barrio llamado Comales. Vuelven a casa y los cárteles están haciendo estallar granadas que dicen: Quédate en casa y cállate. Todo el mundo trata de ser el que más alto habla. Todo el mundo ansía la oportunidad de hablar.

Despuntando el alba, conduciendo en dirección a San Diego, Marco me habla de otra pieza suya, una que hizo justo después de la masacre de agosto. La diseñó de modo que recordara a las páginas amarillas. Era una lista de todas las tiendas y servicios que tomaban su nombre del Golfo: Siderúrgica del Golfo, El Restaurán del Golfo, Transportes Línea del Golfo. En el espacio en el que debería aparecer El Cártel del Golfo podía leerse: Puede anunciarse aquí. Dirigido al cártel, a sus rivales, a las víctimas: podéis anunciaros aquí.

ILUSTRACIONES DE BENJAMIN MARRA

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