Música

La «Radical Sonora» de Bunbury

Durante los noventas era más sencillo escapar de un disco o una canción de lo que es hoy en día. La opción de no ver MTV una o dos semanas quedaba ad-hoc para un público que podía verse saturado por la forma de graznar de x o y baladista o rockero del momento. En los días que vivimos, escapar del Top Ten con la Diana cancionera en turno se ha vuelto imposible. Todo es cuestión de abrir sesión en algún portal o red social, para que el brote de cantantes a promover se suceda como galería de ratas en quemazón.

Entre las bandas que se encargaron de llenarme el buche de piedritas durante mi adolescencia, la ganadora indiscutible es Los Héroes del Silencio. Enrique Bunbury, el Jim Morrison de Zaragoza, se las ingeniaba para causar convulsiones de hartazgo con pasión y vocación por el pancho megalómano. Con una forma de cantar que podía pasar por una imitación afeminada –sí, eso es posible- de Raphael, el divo de Linares, Bunbury se volvía el Rey Midas del ácido, convirtiendo en una tonada insufrible toda aquella canción que le pusieran en frente.

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Luego vino la debacle: problemas al seno de la agrupación musical dieron un instante de respiro que no se vivía desde el control de la poliomelitis, por ejemplo. Algunos comentaban que la genialidad del líder, aunado a su carisma y oficios en la canción, atisbaban una carrera en solitario que una legión de fanáticos, con mal del niño artillero, esperaba.

Pasaron los meses y Enrique Bunbury volvió por sus fueros. He de admitir que en ese entonces fue capaz de darme una bofetada con guante blanco y dejarme de boca callada, pues nunca antes pude reconocer que lo que facturaba este cantante tenía el potencial para ponerse aun más culero. El disco Radical Sonora, nos traía la encarnación más vanguardista del Bunbury rockstar: uñas pintadas en dos tonos, pelo corto en plan rompedor, atuendos que más tarde retomaría el Steve de Las pistas de Blue, zapatos de plataforma, texturas del charol al peluche y esa extraña fascinación por poner cara de tonto tras unas gafas de mosca que ya no se pone ni Elba Esther Gordillo.

Por alguna extraña razón, cuando un rockero intenta renovarse, recurre a giros estilísticos inesperados, siendo la electrónica ese páramo de recreación de las fantasías más dudosas, ese Berlín eterno, esa fábrica de ruiditos que huelen a puesta al día. Unos recurren al tracatrac, otros al ummmalumm y otros al punchis-punchis: una canción de rock es fácil de convertir en un elefantito parado, es cuestión de emprendedores de la producción que sean arriesgados y no tengan miedo al ridículo.

Radical sonora: experimento que llevó al límite los devaneos con el jungle y el sonido Bristol. Los sencillos fueron sucediéndose en orden ascendente, pues cada uno de ellos era más absurdo que el anterior. En este microcosmos sofisticado hasta el tope, canciones como «Big Bang», «Alicia (expulsada del país de las maravillas)» y otras gemas del rock de fusión, nos brindaban la particular visión de electrónica de autor. Para la historia queda el experimentalismo a ultranza y las ganas de hacer la mamarracha que marcaron la época sintética de Enrique Bunbury.

Las letras de esta placa no se andan por las ramas si hablamos de grandilocuencia mamerta. Perpetuando la idea del rockcito en español y sus efebos de más de treinta: eres súper individualista y estás por encima del rebaño por el hecho de parar el dedo y abrir los brazos en plan liberador en las fotografías, o llevar las botas más pendejas que encontraste en el tianguis cultural. A los tabúes establecidos por mediocres y poderososrechazo y me burlo, me tomarán por loco.

Radical Sonora es la punta del iceberg de la vanguardia musical en nuestro idioma. Superados Cerati, Charly García y otros visionarios del rock, Bunbury se hizo presente en el mercado del mañana. Este disco es el que el músico y el fan no quisieran que escucharas, después de todo, es de humanos guardar un lugar en la esquina para los visos de pasado que nos tateman. Pero no soy Enrique ni soy el fan, para la posteridad queda esta grabación que puedes escuchar cualquier día que circules por la curva pronunciada de los servidores de video de internet.

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