Música

Los niños del gabber


Internet ama al gabber, un fenómeno holandés que duró más o menos poco pero que marcó la mente de muchos en los 90s, y sigue haciendo su dañito. Entre la reciente colección de Tom Nijuis inspirada en Rotterdam, los mixes gabber de Soulwax, y la inmersión de Big Night Out en el corazón del cagadero hardcore, podemos ver el regreso de esta extraña subcultura.

El momento más pirata del gabber está sin duda en este video de Youtube, titulado “Rave Party 1997 For Kids Level 1” donde se ven morritos de entre siete y ocho años con ropa noventera, y bien entrados en algo que parece un rave.


Luego de mucha investigación, este video posteado medio al azar con el título “Hakke and Zage Parties for Kids” contiene extractos de dos fiestas gabber: la primera en Zoetermeer, en el oeste de los Países Bajos, y la segunda en Zandaam, cerca de Ámsterdam. “De hecho era el Día Nacional del Niño, con música y jueguitos”, dice Istvan Etekes, un gabber húngaro entusiasta que trepó videos a internet que pasó de un VHS.

Mientras nosotros intentábamos bajar nuestros trucos de skate como el shove-it, una generación entera de mocosos holandeses se reunían en clubes del tamaño de miniaeropuertos para bailar gabber y techno hardcore durante horas. ¿Puede que esto explique por qué los mejores DJs del planeta vienen de allá?

Para dejar en claro las cosas: a finales de los 90 en Holanda, el gabber y el hardcore no eran considerados como oscuros nichos ni subculturas, sino que estaban bien asimilados en la cultura popular. Los discos del estilo tenían una gran distribución, les dedicaban espacios en la tele y festivales como el Thunderdome podían reunir hasta veinte mil ravers de un chingadazo. “Los organizadores del Thunderdome se hicieron ricos vendiendo millones de discos al principio de los 90”, confirma Aron Friedman, el editor de THUMP Escandinavia. “Todas estas compilaciones los han vuelto millonarios”.

En 1997, un artículo de Billboard titulado “Dutch Dance Spotlight” definía el movimiento gabber como “la primera subcultura netamente holandesa”. ID&T, los organizadores del festival anual Thunderdome (y de los actuales Sensation y Mysteryland) se encargan de la selección de compilaciones del mismo nombre — mismas que, en 1997, vendieron tres millones de copias por año—. Para darte una idea, en enero de 2014, el cuarto álbum de Katy Perry no alcanzó a vender un millón de copias.

Pero vayamos directo a la pregunta que todo el mundo se hace: ¿En dónde estaban los padres de estos niños? ¿Por qué ese país de evangelistas de derecha no aplastó este gigantesco y blasfemo cagadero desde el principio?

“En algún punto, el gabber se convirtió en algo tan mainstream que las personas ya no lo veían como una subcultura relacionada directamente con las drogas”, me explica Frieman vía mail. “Pero, en efecto, ¡los conservadores se enojaron! El canal de radio Evangelische Omroep (EO) hizo un chingo de ‘documentales’ sobre las tendencias satánicas del gabber. Todos se pusieron bien locos”. Por su parte, la firma Hall of Shame del Thunderdome puso al coro Nederland Zingt, de la televisión evangélica, en su lista de enemigos jurados.

Free Your Mind es uno de estos documentales producidos por EO a principios de los 90, el cual explora las esquinas olvidadas del house en Holanda, y muestra una imagen deplorable de los gabbers. “Hubo disturbios cuando esto salió, porque fue pedido por el EO”, me dice quien subió este video a Youtube. “Cuando entrevistaron a la gente, mintieron sobre su identidad porque las personas que salían jamás habrían accedido a ser grabadas por ellos”.

Pero los cristianos no eran los únicos enemigos del hardcore bátavo, y conforme este estilo desplegaba sus tentáculos diabólicos en la cultura popular holandesa, las personas más detestadas alcanzaron cierta reputación.




Puede quien “pegó” de forma más abierta haya sido Gabber Piet, un ario con aretes de pirata y con uno de los cráneos más resplandecientes jamás vistos. Su parodia gabber de 1996 “Hakke & Zage” fue un hit instantáneo, una pieza para niños inspirada en la genética de la serie de televisión Peppi en Kokki.

No fue el único, incluso si su visibilidad estaba al máximo, en intentar crear un “diálogo” entre pop y gabber. “Nuestra empresa desarrolla constantemente conceptos nuevos”, dijo Robert-Jan Hertog, el manager de Mecado Records y quien fuera director de ID&T, en Billboard en 1997. “Usamos algo de hardcore pero eso es sólo una pequeña parte de lo que hacemos”.

Ese disco le valió a Gabber Piet pasar de su posición cómoda en la productora ID&T a una lista negra de la escena gabber que, en 1997, veía con malos ojos los intentos de paracaidismo de los grupos conocidos y de pop para acercarse al planeta hardcore. Piet intentó salvarse por medio de un disco auténtico de gabber el año siguiente, llamado Love U Hardcore (la última canción del álbum no es ni más ni menos que una apología del underground), pero eran patadas de ahogado, y ya había caído demasiado bajo.


Porquería de Vengaboys…

Algunos afirmaron que un sonido industrial más eufórico, basado en el trance, mató al género holandés, llevándose a los fans a esferas más aceptables y a un sonido menos viciado. El fenómeno comercial de grupos hardcore bonbon como Vengaboys —y su “We like to party”— ilustra perfectamente este proceso, y es así que sin sorpresa lo encontramos en la lista de la vergüenza de Thunderdome. Al Dome le fue bien hasta mediados de los 2000, se debilitó en la primera década y acabó por cerrar sus puestas en 2012.

“Gabber Piet es visto por muchos como aquél que se llevó el tiro de gracia del gabber”, me dice mi interlocutor holandés. El repunte de todos estos falsos grupos no fue posible gracias a un nuevo público compuesto de niños y de géneros normales, quienes —y las productoras lo sabían— pronto conformarían el grueso del mercado. Y no importa que un ejecutivo de la industria del tabaco que pasa su vida vendiendo cáncer ordene: “¡Agárrenlos, desde al más pequeño!” Para los desertores del gabber, esta campaña de marketing para niños fue la gota de derramó al vaso.

“Empecé a ir a raves hace cuatro años, y ahora estoy viejo y cansado”, admite un fanático del gabber en el documental demencial de Lola de Música, en 1995 (que puedes ver aquí). “¿Por qué?” pregunta el periodista. “Las fiestas eran mejores antes. Ahora ya hay muchos chavos. Parecía que estábamos en Minikeums”.

Sigue a Max Pear en Twitter: -@maxpearl


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