LIBROS – AVENTURAS DE UN VIVIDOR

Errol Flynn: Aventuras de un vividor

Autobiografía

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T&B

Errol Flynn era uno de los nuestros. Esta frase es
tan imprecisa como mentirosa. ¿De los nuestros? ¿De qué nuestros? Ya me gustaría
a mí (que he escrito la frase) ser de los suyos. No ya por el cine, que también:
ponerse unas mallas verdes, saltar de cortina en cortina, partir flechas por la
mitad y matar al sheriff de Nottingham debería ser la fantasía infantil de
cualquier persona medio normal. No por eso, no. Sino por lo que vino después,
cuando seguías viendo a Robin Hood o al Capitán Blood con unos años más y allí
estaba ella: Olivia de Havilland, la mujer que justificó la invención de los
escotes y la ropa ajustada mucho antes de que una Scarlett Johanson cualquiera
se lanzara al mundo a hacer promociones de Central Lechera Asturiana cada vez
que sus tetas asoman por la pantalla. En «Aventuras de un vividor» está Olivia
de Havilland, claro, pero también mucho más y muchas más: en esencia, la vida
de Errol Flynn no deja de ser un manual de cine, literatura, drogas,
borracheras y chavalas en la primera mitad del siglo XX. O sea, todo eso que
nos gusta. Pero multiplicado por mil.

Lo peor de todo, lo que realmente a uno le hace
enfadar, es que encima el tío escribe bien. Sin ningún tipo de humildad, Errol
Flynn se jacta de que, además de haberse bebido hasta el agua de los floreros y
de haberse calzado a medio mundo, se leyó todos los clásicos habidos y por
haber. Y se nota: es irritante comprobar cómo alguien que vivió en una
constante búsqueda de placer encima de la erupción de un volcán sacó tiempo
para escribir tan divertidamente como Woodehouse o Chesterton, saltándose la
pesadez de los grandes cuadros morales para ir directamente a lo que nos
interesa, a las anécdotas.

Y así
sabemos de primera mano y con media sonrisa en la boca que le juzgaron por
asesinato y por violación varias veces, que pasó de las selvas de Nueva Guinea
a la jungla de Hollywood sin solución de continuidad, que gambiteó en los
casinos más sórdidos de Macao y que se tiró a alguna que otra princesa europea,
que fue voluntario en la guerra chino-japonesa y que se largó a la Guerra Civil española huyendo
de su mujer (una mujer, por cierto, apodada «Tiger Lili» que según él tenía el
culo tan firme como el mármol de Carrara). Casi nada. Eso por no olvidar que
tenía un espejo gigantesco encima de su cama, que se arruinó varias veces, que
es mentira que tocase el piano con la polla en las bacanales que se montaban en
su casa y que no le gustó casi ninguna de las películas que hizo.

Le enterraron con seis botellas de whisky (los más
listos de vosotros habréis deducido que esto no sale en la autobiografía) al año
de haber terminado un libro que se va apagando con un tono crepuscular, como
preguntándose de qué le han servido las juergas, las mujeres, las drogas y el
cine si él todo lo que quiso siempre era vivir al lado del mar. Con la rabia
que dan semejantes reflexiones, se acaba cerrando «Aventuras de un vividor»
pensando que él, por lo menos no tendrá que emborrachar a la primera que pille
el viernes para despertarse el sábado pensando quién es el callo que hay al
otro lado de la cama y por qué te gastaste, una vez más, mogollón de pasta en
pillar laxante de bebés a precio de mandanga para jugadores del Barça.

DANIEL LÓPEZ VALLE

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