Siempre os suelo traer historias de muerte, enfermedades,
perversiones sexuales y autodestrucción, que son la mayoría de cosas que veo a
lo largo del día en la unidad de Urgencias. Pero a veces hay un descanso fugaz en la horrorosa
monotonía del fracaso corporal. La semana pasada traje al mundo a mi primer
bebé: para ser justos, fue algo truculento que demuestra que la
humanidad es jodidamente despiadada.
Como médico, no asisto
partos y no sé nada sobre traer bebés al mundo salvo que salen de tu vagina con
altas dosis de dolor, desgarros e incontinencia. Si una mujer viene a urgencias,
haremos todo lo posible por llevarla a un paritorio para que de a luz, pero la
semana pasada no tuvimos tiempo.
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La ambulancia
trajo una niña de 15 años que tenía unos retortijones horribles en la barriga.
Tenía un novio con cara de crío, como el adolescente que quiere ser padre en la
peli de Alfie. Sin duda, estaba embarazada. Ni siquiera estaba gorda. Sólo
estaba embarazada y tenía un poder genial de autonegación.
A pesar de que
tenía las tetas hinchadas, le pesaban dos toneladas, y le faltaba la regla
desde hacía un tiempo, algunas mujeres sufren una negación dominante que
producen uno o dos partos sorpresa en urgencias de media al año. Normalmente se
trata de una adolescente regordeta a la que lían y se acuesta una vez en algún
rincón oscuro con el hermano mayor de su amigo lleno de granos. Se niega a
creer que está embarazada a pesar de las contracciones hasta que, creyendo que
su cuerpo tiene ganas de mear, corre hasta el baño y lo echa en el retrete. Una
buena forma de empezar la vida. Por esa razón, las enfermeras inteligentes
ponen a las adolescentes regordetas en la sala de espera para ver cuando paren.
Esto fue lo que
le pasó a mi chica embarazada. La llevamos hasta la sala de exploración
abandonando a su novio adolescente ahí fuera. No sólo estaba teniendo
contracciones sino que estaba casi llegando al momento estelar. Cuando la
cabeza del bebé ya estaba pidiendo libertad ya era muy tarde para enviarla al
hospital maternal ─iba a dar a luz en urgencias en ese momento. Sin tener ni
idea de para qué estaban, les pedí a las enfermeras que trajeran agua caliente
y toallas, porque eso es lo que hacen las comadronas en las pelis, ¿no?
Me puse entre
sus piernas preparándome para todo lo que pasase, pidiendo a gritos ayuda a
cualquiera que estuviera en urgencias y que hubiera traído al mundo a un crío
antes. La chica reclamaba la presencia de su novio jadeando y llena de dolor.
Supongo que alguien se lo habría dicho a él pero estaba esperando fuera
pensando aún que su novia tenía algo en el estómago. Entonces descubre, vaya,
que te puedes quedar embarazada mientras te acuestas con alguien de pie o
usando cualquier otra estupidez contraceptiva, yo qué sé que habrán hecho,
mientras camina para ver cómo sale la cabeza de un bebé de su vagina en medio
de la sangre asquerosa de costumbre, excrementos (casi todas las mujeres se
cagan mientrasv paren) y líquido amniótico.
Estaba
comprensiblemente asustado, no por su inminente paternidad sino por ver a la
que antes era su hermosa novia convertida en carne picada por ese
extraterrestre que se retorcía dentro de ella, así que lo condujimos hasta
donde ella estaba sorprendementemente aún negándose a creer lo que estaba
pasando a pesar de estar retorciéndose del dolor y haciendo un trabajo estelar
sin mi ayuda ni la de la secretaria de admisiones (también conocida como la
jefa) que afortunadamente había aparecido por allí.
En diez minutos,
su cuerpo expulsó un bebé percfectamente sano. Lo que no sabía que podía llegar
a existir unos minutos antes estaba ahora mirándome como una personita con unos
brazos y piernas graciosos y regordetes e incluso yo, con la sangre fría que
tengo, me emocioné.
Lo llevé para
que conociera a su mamá y ella dijo inmediatamente «ese no es mi
bebé». Sorprendidos, le aseguramos que era su bebé y que lo acababa de
parir, a lo que respondió, «no es mi bebé ahora por favor,
llevároslo».
Esto se conoce
como desvinculación y es bastante normal en las mujeres que sufren una negación
dominante. Sin embargo, esto provocó que mi emoción se sustituyera por mi
antipatía normal ante toda la humanidad. Limpié los restos del parto, tapé un
poco al crío y lo envié a pediatría, que lo cuidarán un par de semanas mientras
ella decide si quiere quedárselo o no. Después de eso, si las estadísticas
significan algo, el chaval pasará su vida de casas de acogida, lo detendrán
continuamente de joven y será padre adolescente.
Este blog no ha sido tan feliz como pretendía. Lo siento.
Dra. MONA MOORE
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