Pinche puerco, marrano, cachetes de sope, seboso asqueroso, panzón de mierda, botija: de todo me han dicho en esta puta vida tan sólo por ser gordito. Desde mi más tierna infancia, familiares, amigos, enemigos, conocidos y desconocidos, todos por igual, me dieron a entender —sin sutilezas, claro— que yo era tan atractivo como puede serlo, por ejemplo, el cadáver de un perro sarnoso en avanzado estado de descomposición al que devoran con gusto pálidos gusanos, cucarachas voladoras y gigantescas y babeantes moscas verdes sobre una cama de excremento. Perfecto: destruyeron mi autoestima. ¿Contentos?
Bueno, eso hasta que llegaron a mi vida, cual príncipes azules, los anastimafílicos.
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La anastimafilia no es más que una parafilia. Okey, ¿pero qué coñitos son las parafilias? Bueno, pues, ¡son la revancha de los hijos ilegítimos de Dios! O, dicho con menos entusiasmo, patrones de conducta sexual que van más allá de la norma, deliciosas excepciones a «Me encantan las nenas rubias, ultradelgadas y tetonas» y «Adoro a los chicos altos, supermamados y guapísimos». En ellas encuentran su espacio quienes gustan, por ejemplo, de fornicar con personas con una sexy amputación de brazo: la acromotofilia. Y, sí, ¡también hay quienes no hallan cosa más cachonda sobre la faz de la Tierra que retozar con un cuerpecito sobrado de carnes, incluidas papadota y lonjotas! Estos mágicos y misteriosos seres amantes de los gordos son, ¡sí, sí!, los mismísimos anastimafílicos.
Cuando los conocí, quedé sorprendido. Y no fue sólo porque amaran a los gordos, sino porque su gusto por la grasa, lejos de lo que podríamos pensar, no se debe a que los anastimafílicos sean feos o poco agraciados. Claro que los hay de todo tipo, incluso horrendos, pero también se hallan en las filas de la anastimafilia miembros tan delgados y tan altos y tan fornidos y tan rubios y tan simpáticos y tan inteligentes como el que más, ¡y, aun así, no se imaginan al lado del escuálido y desabrido cuerpo de alguien que no sea gordo por más alto y fornido y rubio y simpático e inteligente que pueda ser! ¡Es la gloria!
Dentro del mundo de los anastimafílicos, sin embargo, los hay con sus exquisiteces. Una vez, por ejemplo, uno me aseguró que le gustan las personas arriba de los doscientos kilos. Otro, en otra ocasión, me dijo que prefiere a quienes, además de gordos, son velludísimos. Alguno más, luego de palparme con gusto la panza, me preguntó sobre el tamaño de mi verga puesto que a él, me confesó, le gustan pequeñitas. ¡Para todos hay!
Así que, chicos, chicas, no se sorprendan si, en la próxima fiesta a la que vayan, el wey más «Oh, Dios mío, dámelo, por favor» que vean, en vez de acercarse a ustedes, decide coquetearle a ese gordito del que tontamente piensan que ni coge.
Ahora, para deleite de todos los anastimafílicos que leen Vice, aquí dejo unas fotos mías. (Si cualquier cosa, escríbanme a ivan@vicemexico.com, jeje).
POR IVÁN SIERRA
FOTOS, POR AMANDA MACEDO E IVÁN SIERRA
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