Por mi experiencia, ser negro, calvo y corpulento requiere cierto grado de negociación silenciosa entre uno mismo y los desconocidos que habitan Nueva York. Empieza con lo básico: el espacio que ocupo representa un desafío para algunos. Te sorprendería saber la frecuencia con la que la gente pasa junto a mí empujándome o clavándome el codo. Invaden mi espacio con mucha frecuencia, disculpándose con excusas torpes, pero yo nunca puedo devolverles el empujón. Aunque pudiera hacerlo sin provocar un conflicto, en mi cabeza se desarrollan situaciones, todas ellas con implicaciones legales, como si mi mera existencia fuera un acto de desobediencia civil. Supongo que podría ser cierto, dependiendo de la perspectiva de cada uno.
Probablemente sea muy positivo que los poderes de Luke Cage, el último superhéroe con serie de televisión propia gracias a la colaboración Netflix-Marvel, sean ficticios y yo no tenga acceso a ellos, porque no descartaría presentarme al mundo como superhéroe dedicado a luchar contra la corrosión social que consume el mundo; si tuviera la piel de acero y una fuerza descomunal, la lucha contra el crimen sería la última de mis preocupaciones. Se impartiría justicia en los vagones del metro. Seguramente Luke Cage es mejor persona que yo. Me lo imagino en el tren número 1 de camino a Harlem, donde vive, ocupando alegremente el espacio que le pertenece por derecho. ¿Quién se atrevería a empujarlo? Ni siquiera la poli.
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La primera vez que vimos a Luke Cage fue en Jessica Jones. Interpretado por Mike Colter, Cage irradia la seguridad y la templanza de un hombre que sabe que nadie puede moverlo, hacerle daño o matarlo de un disparo. Su figura representa uno de los pilares sobre los que se sustenta Harlem. Aunque los propios vecinos del barrio nunca lo conocen, todos han oído hablar de él y corren historias y rumores sobre sus poderes sobrenaturales. Ahí radica el encanto de Marvel Comics: su tradición de situar a sus personajes en versiones ficticias de ciudades reales, lo que implica que el Harlem de Cage es como el Harlem real, pero no lo es.
Hace poco más de una semana se estrenó la primera temporada de Luke Cage. La serie es el intento de Marvel por recordar al mundo que hoy día su legión de fans es muy heterogénea y mucho menos tolerante a la falta de representación. El personaje de Luke Cage existe desde hace décadas, pero como Power Man, el compañero de Puño de Hierro en la antigua serie Héroes de alquiler. Luke Cage nunca antes había aparecido en las pantallas, y si me lo hubieras preguntado hace cinco años, te habría dicho con toda seguridad que Marvel nunca, jamás habría hecho una serie de televisión de este personaje.
No tenía razones para creer lo contrario, pero ahí está. El creador de la serie, Cheo Hodari Hoker, es el responsable del aspecto estético, una versión modernizada del género Blaxploitation con florituras de la época del Renacimiento de Harlem. Mahershala Ali interpreta a Cornell «Cottonmouth» Stokes, el opulento propietario del club nocturno Harlem’s Paradise. La música del local es moderna, con la aparición de invitados como Raphael Saadiq y Faith Evans al comienzo de la temporada. Uno puedo imaginarse la pista de baile llena de negros, a mediados de los años veinte, celebrando la vida y la cultura, relajándose en un espacio apartado del resto del mundo. La veterana Alfre Woodard encarna a la pragmática política Mariah Dillard (prima de Cottonmouth), inmersa en una cruzada por conservar un «Harlem negro» y librarlo del azote de la creciente gentrificación mediante sus iniciativas.
Y por supuesto está Cage, un hombre con extraordinarias capacidades muy poco interesado en heroicidades. Todavía guardando luto por la muerte de su mujer, Reva Connors (Parisa Fitz-Henley), Cage barre el suelo de la barbería de su amigo y confidente Pops (Frankie Faison). El local es terreno neutral donde la violencia y los insultos no están permitidos. La serie avanza a ritmo pausado, generando expectación por la llegada del incidente que hará que Cage entre en acción. Una venta de armas en la que están involucrados Cottonmouth y un cargamento de armas de Hammer Industries sale mal y se salda con un tiroteo y varios muertos. La detective del NYPD Misty Knight (Simone Missick) se encarga del caso junto con su compañero y no deja de toparse con Cage, el denominador común, que sabe más de lo que revela. La tensión va in crescendo y culmina con un tiroteo contra la barbería de Pops por parte de un secuaz de Cottonmouth. La muerte de Pops hace saltar el resorte de Cage, que finalmente encuentra una motivación para iniciar una cruzada por proteger las calles de Harlem.
Si me lo hubieras preguntado hace cinco años, te habría dicho con toda seguridad que Marvel nunca, jamás habría hecho una serie de televisión de este personaje
Pese a sus debilidades —un ritmo irregular, lagunas en el argumento, diálogos absurdos—, Luke Cage cubre ese vacío representativo de la comunidad negra. Luke Cage —un estadounidense negro— es Power Man: reto a cualquiera a que encuentre un héroe más transgresor, más divino en su capacidad de perturbar la paz, de hacer tambalearse a esa autoridad de rodillas endebles formada por frikis que se piensan que sus héroes blancos trascienden culturas.
La imagen de un negro a prueba de balas resulta inspiradora: encapuchado, imparable, Luke Cage es el epítome de todas mis fantasías infantiles de ser un superhéroe con superpoderes que significara algo para aquellos que más significaban. Frío e impasible, Luke Cage invita a imaginar una realidad alternativa en la que una serie de capacidades especiales garantizan a una persona negra la seguridad y la voluntad que se les ha negado en esta realidad.
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Traducción por Mario Abad.
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