LUNES LITERARIOS: 10% Y LA CAMA


Groucho Marx está en una fiesta donde se acerca a una señora para preguntarle: Disculpe, ¿se acostaría conmigo si le pagara un millón de dólares? A lo que la dama le contesta que por supuesto, con un sonrisilla picarona en la cara. A continuación, Groucho le vuelve a preguntar: ¿y se acostaría conmigo si le pagara diez dólares? A lo que la señora le responde: Por supuesto que no, ¿qué clase de mujer se cree que soy? Entonces, el mayor de los hermanos Marx le replica: Estoy muy seguro de qué clase de mujer es usted, tan solo estaba negociando el precio.

Como todas las anécdotas de Groucho Marx que existen, uno no sabe muy bien sin son reales o inventadas, lo que a fin de cuentas viene a darme completamente igual. No obstante, si cambiamos a Groucho por un editor cualquiera y a la señora en cuestión por una agente literaria, encontraremos un estimulante esquema de cómo funcionan las relaciones comerciales entre ambos especímenes del universo editorial. Malas noticias para el sexo masculino: la profesión de Agente Literario (con licencia para arrasar en Fiestas y Eventos culturales) solo pueden ejercerla los habitantes de Vaginatown y en muy contados casos, algún eunuco perdido o fugado de la tiranía de las damas bellas, como es mi caso. Pero ¿qué motivo oculto se esconde detrás de esta condición sexual en una profesión que consiste en ser un proxeneta pero justo al revés? ¿Acaso la mayoría de los editores y escritores son hombres? ¿Cuál es la opinión de Juan Manuel de Prada?
Si alguno de los presentes lectores ha intentado superar el trágico tramite de publicar un libro (y creo que muchos de vosotros no sois más que unos modelnos letraheridos e incomprendidos por la sociedad y el mercado) muchas veces se habrá topado con un email (en el mejor de los casos) que os rechaza amigablemente vuestra creación. Lamentablemente, ante la avalancha de subnormales que tienen instalado una versión pirata del Word, las editoriales optan por lo seguro: triturar cualquier material no solicitado. Pero ¿no solicitado a quién? Bueno principalmente, en eso consiste la vida de una agente literaria (además de alternar en la fiesta de Qué Leer, en la noche del premio Planeta o en las terrazas de hotel de las ferias de Frankfurt, Londres y Guadalajara) en remitir y remitir con cuanta gracia puedan material editable a cuantas editoriales existan. Así pues, vuestro primer objetivo en esta vida es engañar a una agente literaria para que se encargue de mover su culito y vuestro material por todas las perreras de la zona. Todo ello a cambio del diez por ciento de vuestros beneficios, queridos aspirantes a escritores. Pero ¿cómo se hace para que una agente literaria llegue a saber de vuestro manuscrito si al igual que en las editoriales pueden llegar a destruir tanto papel en un día como para reconstruir el camping de Las Nieves? En ese caso volvéis a estar en manos del becario de turno (sí, el entrañable personaje que redacta los mails de rechazo) o de un lector profesional, un tipo que se dedica a leer por un mísero precio toda la basura que el universo le envía en forma de novela, los cuales tienen los huevos tan pelados que aunque estuvieran delante del mismísimo Proust ni se enterarían. Pero bueno, eso mismo ya le ocurrió a Proust cuando la persona que evaluó su manuscrito para la editorial Gallimard afirmó [sic] “es un pesado, no puedo entender por qué tarda treinta páginas en describir las vueltas que da en la cama antes de dormir”.
Como en todas las profesiones en las cuales el género femenino ocupa un lugar mayoritario [pocas pero intensas], los hombres son los que se encuentran en la cúspide de la pirámide de la excelencia. Podemos ver claros ejemplos con las cocineras y Ferrán Adrià, las modistas y John Galiano, las prostitutas y Dinio o las agentes literarias y Andrew Wylie: el chacal.

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Wylie es considerado por todos como el mayor hijo de la gran puta del mundo del libro, el culpable de que se pague lo máximo de lo máximo por cualquiera de los miembros de su larga lista de clientes, y no estoy hablando de bestselleros, sino de premios Nobel y clásicos modernos de las letras. La crema de la crema de la intelectualidad, su última adquisición sin ir más lejos ha sido el chileno Roberto Bolaño, que finalizaba contrato con la Madame y abeja reina de las agentes españolas: la enorme Carmen Balcells, la eficiente inventora del Boom Latinoamericano en España. Wylie, en su visita a España hace unos años, dejó caer en una entrevista otra de las funciones de las agentes literarias de nuestro país y motivo por el cual –según él- le cuesta menos hacer negocios en el Congo que aquí, en parte porque según él se dan relaciones tan extrañas entre editores y agentes: “No digo que seamos más listos, pero trabajamos limpio. En algunos países, tras muchos años de estar juntos y hasta durmiendo juntos, la gente, editores y agentes, se acomodan… Nosotros venimos, abrimos la luz y decimos: ¿pero qué pasa aquí?” Todo ello a cambio del diez por ciento, ¿y la cama?
En fin, solo me resta deciros, que detrás de cada Premio Planeta que no ganéis, detrás de cada rechazo editorial, detrás de cada libro inferior al vuestro publicado, se esconden ellas, sí. Las agentes literarias y bonito arsenal de bragas con encaje.

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