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Hace 10 años se organizó la primera marcha zombie en Bogotá. John Karlos y un grupo de amigos decidieron disfrazarse y evocar el horror de las películas de los italianos Lucio Fulci y Dario Argento. Esa ocasión fue simplemente una reunión de amigos que compartían el gusto por las películas del cine giallo, ese subgénero italiano, cruce entre el thriller y el cine de terror. Pero John Karlos no quiso quedarse allí. Hace seis años gestionó los permisos y desde entonces La Marcha Zombie cuenta con el respaldo del Distrito de la ciudad. Las calles se cierran, el tráfico se desvía, la policía y los empleados de la Alcaldía acompañan a un grupo de muertos vivientes que caminan desde la Plaza de Toros de Santamaría hasta la Plaza de Bolívar de la capital.
John Karlos lidera la marcha. Camina al frente de una gran pancarta sostenida por hombres y mujeres con laceraciones en mejillas y brazos. En la pancarta se lee, en letras amarillas, azules y rojas: P.A.Z. Partido Alianza Zombie. John Karlos se detiene y les pide a los cientos de marchantes un grito por el movimiento. Las bocas se abren, los puños golpean el aire sobre las cabezas. El grito vibra bajo las gotas de una llovizna incesante. Los curiosos a lado y lado de la calle toman fotos. Los disfrazados posan, hacen muecas, se agachan. El líder de la marcha va disfrazado de Rick Grimes, el policía icónico de The Walking Dead. «A mí me gustan más los zombies tipo La noche de los muertos vivientes de George Romero ––dice John Karlos–– pero con el pasar de los años, la serie de Frank Darabont ha logrado que muchísima gente tenga amor y gusto por los zombies».
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El Partido Alianza Zombie es una parodia de los partidos tradicionales. Varias veces han querido politizar la marcha zombie y varias veces John Karlos ha rechazado las ofertas. «Nuestra manifestación no tiene nada que ver con politiquería. Esto se organizó para que las familias y los amigos vengan a pasarla bien. La idea de P.A.Z. surgió como resistencia a las propuestas de los partidos que quieren hacer parte de esto. Es un símbolo para que las gente se una por la paz de Colombia, independientemente de cualquier partido», dice John Karlos y agrega: «sin embargo, los zombies sí tienen un gran componente político, porque son una crítica social a la alienación de muchas personas, que se dejan manipular por los poderosos de turno. Los muertos vivientes representan eso».
John Karlos, además de ser el organizador de la Marcha Zombie de Bogotá, está al frente de una empresa de mercadeo y publicidad. Le pregunto su apellido, pero se niega porque me cuenta que los cristianos suelen buscarlo en Facebook para putearlo.
Los zombies, en la ficción, se alimentan de carne humana y sienten una predilección especial por los cerebros. Para derribarlos es necesario dispararles en la cabeza, o darles un golpe contundente en la misma (con martillo, con bate, con pica o pala). Así lo estableció George Romero en la película La noche de los muertos vivientes de 1968. Si bien Romero se basó en la novela Soy Leyenda, de Richard Mathesson, en la cual los muertos vivientes son una especie de vampiros, el director de cine introdujo la variante del zombie, legándole al mundo contemporáneo una nueva forma en la estética del horror. En la Marcha Zombie de Bogotá hay monstruos de distinta pelambre: payasos asesinos, Freddies Kruegers, soldados de las stormtroopers, Pinheads, enfermeras de Silent Hill, Jokers macabros, matrimonios desenterrados, abuelos mutilados, demonios alados y novias cadáver. Pero hay una variante que llama mucho más mi atención: los zombies criollos.
Hay un grupo de campesinos zombies. Unos muchachos ataviados con sombreros, ruanas y alpargatas, maquillados con latex líquido, papel higiénico y sangre falsa. Las heridas mortales les cuelgan del pecho y el cuello, la simulación es tan real que resulta repugnante. Los zombies criollos gritan: «no más campesinos muertos, no más desplazamiento forzado, no más falsos positivos» y marchan junto a sus colegas ––extraídos de las ficciones del primer mundo–– bajo la fría noche bogotana. Los muchachos hacen parte de un colectivo teatral del centro de la ciudad y aprovechan la marcha para expresar su protesta.
El primer registro de una Marcha Zombie fue la de Sacramento, California en 2001. Desde entonces se ha celebrado en distintas ciudades del mundo, pero es en Bogotá donde la marcha ha tomado un carácter social. La de este año se organizó en contra del maltrato infantil. Los inscritos debían donar un juguete o una libra de comida para familias de escasos recursos. John Karlos lleva haciendo esto desde los inicios de este aquelarre familiar. Él toma las donaciones de comida, las duplica y arma mercados que reparte entre familias de zonas vulnerables de la capital del país.
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Los zombies también representan grandes miedos de la humanidad como las epidemias y las enfermedades. En los años recientes el ébola o la gripe H1N1 evidencian este terror colectivo, y existe el temor latente de que aparezca una enfermedad incurable, como la que simbolizan los zombies en el cine y las series. De ahí la vigencia de los muertos vivientes en el mundo contemporáneo. Por eso la Marcha Zombie de Bogotá fue multitudinaria y a medida que transcurría la noche, más y más ciudadanos fueron llegando a la Plaza de Bolívar, para compartir el gusto por el horror, celebrar la diferencia y superar los miedos en familia.
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