«Ocurrió cuando unos amigos y yo íbamos a buscar a unas amigas al centro de Parral, Chihuahua, por donde está el mercado. Ahí lo vi, me bajé del coche con un bate, le golpeé en la cabeza y después salí corriendo. Pensé que no iba a pasar nada, nunca imaginé que se fuera a morir, solo quería golpearlo y darle un susto. Al día siguiente, mi amigo y yo nos sorprendimos al saber que estaba en estado de coma y huimos a Chihuahua», cuenta Antonio Villanueva.
«Me jodí la vida sin proponérmelo», dice. Tiene 25 años y vive en una pequeña celda con siete compañeros: un violador y seis acusados de homicidio, igual que él. «Yo era una llama que quería estar en todos lados, me quería comer el mundo y de repente me cogen y me dicen: «Vístete de gris». Esto me apagó. La resignación nunca llega. Siempre queremos salir. Estamos esperando ese día. Nunca contamos un día más, contamos un día menos», confiesa en el patio de la prisión de Parral, Chihuahua, donde lleva cuatro años preso y aún no recibe una sentencia condenatoria.
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Tony cuenta que mató «por error» a José Alejandro Díaz Camacho, El Jandys , su compañero del instituto que lo molestaba. «Ahora le han puesto nombre, lo llaman bullying. Tenía 20 y él 17. Estábamos juntos en la escuela. Yo le caía mal y siempre estaba fastidiándome, siempre tuvimos problemas. Cuando estaba con sus amigos, decía: «Mira, ahí viene este culo «. Siempre se burlaba y hacía alusiones ofensivas sobre mí», dice.
La tarde del 21 de diciembre de 2009, Tony iba acompañado de dos amigos en un coche y se encontraron al Jandys, quien ofendió verbalmente a Tony. Al lado de Tony había un bate de béisbol. Al verlo, no dudó en cogerlo e ir contra de su hostigador. Le propinó varios golpes en la cabeza y otro de sus amigos, Víctor Enoe Guevara, le dio patadas en diferentes partes del cuerpo. Cuando vieron que ya no se movía, huyeron.
Aunque El Jandys tenía una excelente condición física porque practicaba fútbol, no pudo salvarse de sus agresores. Fue llevado con varias fracturas de cráneo a una clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), donde permaneció 28 días en terapia intensiva. Ahí pasó su cumpleaños, inconsciente, hasta que murió el 18 de enero de 2010.
Casi dos años después del asesinato, Tony fue detenido en la capital de Chihuahua, mientras trabajaba como cajero en un centro comercial.

Antonio Villanueva y la autora en la prisión de Parral, Chihuahua
«Estudiaba para ser químico bacteriólogo, parasitólogo y a la vez trabajaba en un Soriana como cajero. Un día me llamaron los de gerencia. Se acercó a mí la inspectora de cajas bien apurada, me dijo que me buscaban, que fuera rápido. Subí preocupado y cuando llegué a la oficina vi a una persona de espaldas con una carpeta de investigación y en ella mi foto. Ahí supe que iban por mí. Ya no quise huir, era inevitable, sabía que tarde o temprano iba a pasar, pero a la vez quería terminar mi carrera. Yo me cegaba, quería una vida normal».
Para Tony, su debilidad siempre fueron las mujeres y cuenta que a raíz de una de las siete novias que tuvo, inició este conflicto sin sentido, cuando decidió parar de una vez a su compañero de instituto, cuando las cosas salieron mal. «A fin de cuentas, este problema fue por una chica. Yo no sabía por qué él me molestaba tanto y me tenía tantas ganas, incluso en los expedientes dice que fue a causa de una mujer», explica.
Con la voz quebrada y los ojos vidriosos, cuenta que el remordimiento siempre ha estado presente, que está arrepentido y que intenta buscar el perdón de la familia. «Lo que todavía no logro perdonarme es el daño que le hice a los demás. Le pediría perdón a la familia de José Alejandro y he tratado de hablar con ellos, pero no quieren. Ellos quieren que me pudra aquí y los entiendo porque sé lo que hice y que nunca más van a poder recuperar a su hijo. Yo tal vez salga de aquí, pero ellos nunca van a recuperar a su hijo».
«También le pediría perdón a mi exnovia Alejandra, por la que se originó la pelea, pero sobre todo a mi madre, porque ha sufrido mucho. He visto cómo se deteriora su salud y cómo lucha para venir. Cuando entra en la cárcel, aunque finge una sonrisa, sé que está triste», confiesa.
Asegura que aunque su vida no fue fácil, ya que convivió poco con su padre porque también estuvo preso y acusado de homicidio, él anhela recuperar su vida. «Faltó un consejo. Faltó que alguien me dijera: «¿Sabes qué, Antonio?, las cosas no se resuelven a golpes». Si pudiera retroceder en el tiempo nunca me habría bajado de ese coche, ni me hubiera peleado. Le hubiera preguntado por qué me tenía tanta manía».
De acuerdo con la ley, su error podría costarle una pena de hasta 60 años de prisión, pero Tony no se desanima y espera tener la vida de su hermano gemelo, Fausto, quien ha formado una familia. «Trato de comprender mis emociones, de por qué hice lo que hice y de perdonarme. No estoy resignado. Espero que el Ministerio Público me baje la pena y pueda salir pronto para seguir estudiando y trabajar. Quiero tener hijos. Veo a mi hermano que juega con su hijo y veo cómo lo abraza, yo solo anhelo eso».
Lo que más extraña de ser libre, afirma, es algo tan simple como caminar por el parque, comprar una hamburguesa o comer algo preparado por su madre. «Echo de menos caminar, a mis amigos, mi familia, estar con ellos, reírme. Ya no me río igual. Hace unas noches lloré mucho porque no sé qué va a pasar. Trato de pensar positivamente».
Mientras pasa sus días en la cárcel, Tony estudia derecho, se ha acercado a los libros de psicología y la Biblia. Se entretiene en torneos internos de béisbol, su deporte favorito, y le gusta correr para abatir la ansiedad que lo invade. También colabora en el programa preventivo «Libre de Prisiones», mediante el cual cuenta su testimonio a jóvenes estudiantes de secundaria, preparatoria y universidad, para que reflexionen sobre lo que una mala decisión puede provocar en su vida.
«Me sirve como catarsis. Las primeras veces terminaba cansado por todas las emociones que me invaden mientras les cuento lo que hice. Después me sentía más tranquilo al saber que estaba haciendo bien», agrega.
Tony me cuenta cómo se desgració la vida en 28 minutos y trata de extender la conversación, porque para él, «esta entrevista ha sido lo más interesante que he hecho en todo el año», dice. También me pide que le explique qué es el WhatsApp, mientras me estrecha la mano con fuerza para despedirse y regresar a su celda.
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