Michael Arroyo es el americanismo

En segundo plano quedaron la avalancha de cartulinas amarillas y una irrisoria presentación musical con instrumentos electrónicos que ni siquiera estaban conectados. América quiso celebrar su centenario ‘a lo grande’ sin comprender que aquello que hizo a su nombre tan importante fue siempre lo que sucedía dentro del campo, durante noventa minutos. Ayer quedó claro de nuevo. Ni el mosaico, ni un himno plagiado al bellísimo grito de guerra del Sevilla, nos demostró qué era el América; Michael Arroyo sí.

No ha quedado muy claro si las Águilas logran imponer prácticamente siempre el dominio sobre el rival a partir de sus virtudes futbolísticas o a través del respeto ­—o directamente miedo— que infunden al enemigo. La cancha del Estadio Azteca suele estar siempre inclinada hacia el arco visitante, aún sin que podamos trazar una superioridad de nombres marcada. En el año de su centenario, América cuenta con un buen guardameta, dos centrales cumplidores que coquetean bastante con el fallo, la educada zurda de Sambueza, la efervescencia de Renato Ibarra, la sapiencia de Oribe y a un artillero que no suele quedar a deber, pero que está a años luz de ser un Cabañas o un Benítez. Es curioso que la grandeza americanista, en estos tiempos, se desborde desde el banquillo.

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Michael Arroyo es americanismo, es infundir pánico en el rival. Da lo mismo verle en banda esperando el cambio, iniciando un contragolpe o, sobre todo, perfilándose para cobrar un tiro libre. No sé yo si el aficionado americanista celebra más la marcación de un penalti o un cobro directo con el ecuatoriano en el campo; Arroyo es un futbolista que casi mete al América en una Final sin ofrecer mayor argumento que dos faltas cercanas al área. ¿Existía alguien ayer que no supiese que Arroyo pondría el balón al fondo de la portería apenas comenzó a perfilarse?


Entró. La pelota fue desviada, pero sería ingenuo tachar el gol como fortuito. Arroyo acumula varios cobros que terminan en explosión de júbilo con la complicidad del arquero o algún rebote incomprensible. Hemos vivido pensando que es la suerte, nada más alejado. Esas jugadas entran porque el América lleva consigo una grandeza inabarcable que transmite a través de unos pocos: Arroyo entre ellos. Quizá los goles como el de ayer son una treta para que nos enojemos más: vemos como fortuitas acciones proyectadas por una grandeza imparable. Parecen evitables, pero son imparables. Esas jugadas solo le salen con frecuencia al América.

Así ha sido por cien años y podrá seguir siendo por cien más. En 2116 será alguien más quien se enfunde la camiseta amarilla y nos provoque un lapidario «ya fue». Como Arroyo ahora; como Cabañas en cada pelotazo sin ton ni son que convertía en medio gol; como Zamorano ante un balón muerto dentro del área; como todos aquellos a quien buenamente han premiado en el entretiempo de cada partido en casa. Son adalides de una grandeza impostergable.

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