Seth MacFarlane es un genio especializado en poner voces. Ahora le gusta también dar la cara. Salir en pantalla. Y por su cuenta de Twitter nos hemos enterado de que a) el protagonista de su nueva peli le saltaría los dientes al mismísimo Chuck Norris en un combate b) está fascinado por la voz dulce pero varonil de Liam Neeson y que c) contesta a sus fans en pelotas y por eso no se desnuda en el cine.
Comenzó escribiendo guiones y animando series de horario infantil destinadas a inocentes niños. Vaca y Pollo o Johnny Bravo ya tenían esas notas de humor mostrenco que luego desarrollaría a sus anchas en Padre de familia o American Dad. Es curioso, porque Seth MacFarlane siempre ha tenido un hueco dentro de la industria, aunque su sentido de la comedia no ha sido nunca para todos los gustos y su catálogo de chistes supera con nota lo políticamente incorrecto.
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Será por su cara de niño bueno, que incluso le dieron la oportunidad de presentar los Oscar para que hiciera competencia a los Globos de Oro, que ya tenían a otro macarra (Ricky Gervais). Pero no va a repetir, una y no más. Nombró como su sucesor natural a Joaquin Phoenix, pero los académicos prefirieron mirar para otro lado. Por si acaso. En su primer largometraje, Ted, utilizó arquetipos del cine infantil-familiar para desmontarlos y acoplarlos a sus intenciones.
Consiguió que un peluche cobrara vida (con su propia voz) para convertirse en el mejor colega de Mark Wahlberg. Por eso quizá la Wikipedia la considera una comedia fantástica. El osito en cuestión es muy aficionado a las prostitutas, un gourmet con las drogas, vive en una resaca eterna y violentamente honesto: “Hamburguesas de pavo, ¿vendrán homosexuales a cenar?”. MacFarlane ya está preparando la segunda parte.
Antes ha tenido tiempo para regalarnos Mil maneras de morder el polvo (A Million Ways to Die in the West), un homenaje al western o ¿una forma de reírse del género?. Se declara fan de John Ford, por encima de Sergio Leone, pero nosotros no hemos detectados conexiones trascendentes con el estilo del director de La Diligencia. Sólo hemos detectado ese humor cazurro basado en el ingenio de los diálogos y secuencias de gags visuales sacados de contexto.
En el Oeste de MacFarlane -en el puto y jodido Oeste, como dice el personaje que interpreta Charlize Theron- se fabrican galletas de marihuana, los indios aconsejan que las merendolas de peyote las hagas en grupo y tener bigote está de moda. Vamos, como en el siglo XIX. MacFarlane se reserva el personaje principal, un ganadero de ovejas enamorado de dos mujeres y ahogado por sus dudas existenciales.
Es verdad que MacFarlane se extiende y se dilata, porque controla mejor el humor en formato de ‘veintitantos’ minutos. Y alterna secuencias en los que se acumulan tres o cuatro gags en un minuto (al ritmo que marcaban en su manual no autorizado los geniales Abrahams, Zucker y Zucker), con otras que intentan justificar la trama. ¿Para qué, Seth? No hacía falta, sabíamos a lo que veníamos y nos gusta.
El espectador de MacFarlane quiere cachondeo y ese humor que se mueve tan bien entre las parodias de Mel Brooks y los Monty Python más inspirados. Como en esa magistral secuencia en la que la droga convierte el Monument Valley en un cuadro de Dalí. Y que Hollywood te conserve por muchos años tu mala hostia, Seth.
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