El autor (caracterizado de vaca lechera) y unos tíos disfrazados de gallinas y un huevo.
Me encantan los chistes de polacos. Ahí va uno: un italiano, un rabino y un polaco entran en un bar. El polaco, que sonríe de oreja a oreja, lleva una mierda de perro en la mano y le dice al camarero: “Mira, ¡casi tropiezo con esto!”. Un clásico… De adolescente me e-n-c-a-n-t-a-b-a contarles chistes de polacos a los niños polacos que vivían en mi pueblo, en New Jersey, un pueblucho de dos calles plagado de polacos. “¿Tú no eres medio polaco?”, me preguntaban. Y yo contestaba: “No. Soy medio polaco hijo de un medio polaco. ¿Cuánto es eso? ¿Una decimosexta parte de mí?”. No sé cuánto tengo de polaco. Según me han dicho, mi padre era un memo de Europa del Este y parte de su sangre de conejillo de Indias era polaca. Mi madre es portuguesa al cien por cien. Así que, cuando se tercia la discusión, ahora digo que soy medio polaco y medio portugués, una combinación espantosa: por un lado, tengo una piel fantástica y soy muy trabajador, pero por el otro llego tarde a todo. (Tíos, antes de disparar vuestras pistolas en el útero de una mujer, por favor, tened en cuenta vuestro bagaje étnico. ¿De verdad creéis que el mundo necesita más canadienses australianos o rusos africanos? ¿Quién creéis que sois, el Dr. Moreau?) Una vez entrevisté a un grupo de black metal polaco llamado Behemoth. Nunca había oído hablar de ellos y en realidad sólo me apetecía entrevistarlos para poder usar chistes sobre polacos a modo de preguntas. Ojalá pudierais oír las cintas de la entrevista. El cantante se tragó el anzuelo, peso de plomo e hilo incluidos.

La cosa ya se calentó un poco cuando pregunté: “¿Por qué crees que los nazis derrotaron tan fácilmente a los polacos?”. Él creía saber la respuesta. “Mi pueblo no estaba preparado. Teníamos un ejército muy reducido y muy débil, y no estábamos preparados para hacer frente a los nazis”. “No, no es por eso”, tercié yo, “¡Los nazis entraron en Polonia caminando hacia atrás y los polacos pensaron que se estaban yendo!”. Se puso hecho una fiera. Empezó a gritarme: “¡Eso es falso! Soy licenciado en historia y sé que eso no es cierto. Fue porque nuestro ejército era débil y no estaba preparado”. La retahíla se prolongó unos 25 minutos. No pilló la broma en ningún momento. Al final le agradecí que me hubiera dedicado su tiempo… pero, antes de colgar, añadí una última pregunta: “¿Cómo se mantiene a un polaco en suspense?”. “No lo sé, ¿cómo?”, preguntó, y le colgué el teléfono.
Todo esto era para explicaros que, cuando ejercí de juez en un campeonato de plataformas Red Bull en Providence, Rhode Island, me sentí como si estuviera protagonizando un chiste de polacos en la vida real. Mi colega Jeff Regis, el director de marketing deportivo de Red Bull en la Costa Este de EE. UU., me envió un correo electrónico que decía: “Eso es Pras Michel (de los Fugees), Miss Rhode Island, un piloto de coches de competición, y tú que entráis en un bar y… Vamos, que seréis el jurado”. Madre mía. Eché un vistazo a la lista de don nadies, viejas glorias y fracasados antológicos y me partí el pecho. Luego reflexioné un instante y me pregunté, acojonado: “Dios mío, ¿qué dice esto de mí?”.
¿Dónde me había metido? ¿Qué hostias es una carrera de plataformas? En serio, imaginaba que sería una movida en plan boy-scouts o alguna mierda por el estilo. Al visitar la página web del torneo me tranquilicé (redbullsoapboxusa.com). Red Bull había creado algo mucho más endemoniado y delicioso que esa basura de coches de carreras de madera que montaban los exploradores. Los participantes de aquel acontecimiento eran especiales. Al ver las imágenes de los vehículos (temáticos y absolutamente pasados de vueltas) de ediciones anteriores del concurso de “plataformas” y, sobre todo, al ver a sus extravagantes creadores disfrazados supe que estaba en mi salsa. Eran freakies, borrachos, fumetas y fiesteros con demasiado tiempo libre. Todos disfrazados como si fuera el último Halloween de la historia. Por ejemplo, el ganador de la carrera de Seattle fue El Equipo A. Recrearon la furgo negra de los míticos soldados de fortuna y se disfrazaron como ellos. Pensé entonces que mi presencia en aquel tinglado tenía sentido, así que puse rumbo a Providence disfrazado de Supervaca.
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Nunca había visto nada parecido al montaje de una carrera. Habilitaron un kilómetro y medio de carretera en Waterman Street, que hace pendiente, y lo flanquearon con pacas de heno y vallas metálicas para amortiguar los golpes de la gente que descendía por aquellas curvas traicioneras. Se puntuaba a los equipos en base a tres criterios: velocidad, creatividad y espectáculo. Yo diría que mi trabajo (y el del resto de jueces) era juzgar la espectacularidad de cada descenso. Pero tampoco estoy seguro, la verdad. No tenía ni pajolera idea de qué demonios estaba haciendo. No he estudiado en ninguna escuela de jueces de concursos. Me senté en un escenario elevado seis metros por encima de la multitud, que no paró de reírse en todo el rato. El Pras de los huevos actuaba como si fuese el Risto Mejide del sarao. Daba puntuaciones bajas y hacía comentarios despectivos sobre los participantes. Yo no. Yo sé lo que quiere la gente. Y la gente quiere beberse otra cerveza. Los demás jueces se tomaban su papel súper en serio. Yo me pasé el día bebiendo, hasta acabar como una cuba, y siempre puntuaba con un 10. Y cada vez que levantaba mi tablilla con el 10, miles de personas se engorilaban que daba gusto. Creo que Red Bull lo estaba grabando todo para la televisión y, en un momento dado, la anfitriona (a la que Pras intentó beneficiarse todo el santo día, con frases del tipo “Sí, guapa. ¿Sabes que tengo un apartamento en Manhattan? ¿Has estado alguna vez en Manhattan?”. ¿Quién coño no ha estado nunca en Manhattan, Pras? ¡Tío, que no es Bali ni nada por el estilo!), en fin, como iba diciendo, la anfitriona vino hacia mí, me plantó el micro en la cara y me preguntó que por qué le daba un 10 a una plataforma que parecía un cangrejo o el coche de los Picapiedra. Como ya llevaba una torta considerable, me reí, miré a Miss Rhode Island y contesté: “Lo que me gusta es lo que ellas intentan hacer por la paz mundial y para erradicar el hambre en el mundo”. Estallé en carcajadas. Miss Rhode Island no se reía.
Las reglas de la carrera, por si os interesa, son las siguientes: todas las plataformas deben estar accionadas por humanos, no se permite usar motores ni fuentes de energía externas; tampoco se aceptan vehículos prefabricados; todas las plataformas deben medir menos de 1,8 metros de ancho, 6 metros de largo y 2 metros de alto (desde el nivel del suelo); y ningún vehículo puede pesar más de 80 kilos.
Antes de la carrera, fui a los boxes, donde había más de 100 vehículos, para presentarme a los concursantes y averiguar qué diablos estaba ocurriendo (y filmar un especial para VBS.tv, claro). Mientras me abría camino entre la multitud, vi a un espectador discapacitado, sin piernas, desplazándose en una de esas sillas de ruedas motorizadas. Le grité: “¡Eh, eres un tramposo! ¡Ese trasto supera el límite de peso! ¡Y no puedes utilizar motores!”. No le hizo ni puta gracia. Vaya.
Me faltan palabras para describir lo asombrosos que eran aquellos cacharros. Aquella peña había invertido tanto tiempo y esfuerzo en sus coches de los Blues Brothers, sus barcos vikingos, sus Starship Enterprises y sus langostas gigantescas que basta con ver la grabación para entender mi postura como parte del jurado. El equipo ganador se llamaba “El Bueno, el Feo y el Freak”. Descendió en una calculadora con ruedas y se agenció el primer premio, que consistía en ir a la NASCAR (las carreras de automóviles de serie) con pase VIP. En segundo lugar quedó Deuces Wild (uno de mis favoritos), un cuarto de baño sobre ruedas con el conductor montado en una bañera y el copiloto (para mayor estabilidad) junto a él en un inodoro, bien agarrado a fin de salvar el pescuezo.
Pero, por muy divertidos que fueran todos aquellos participantes y vehículos, lo que más me inspiró fueron los demás jueces. En el coche, de camino al hotel, Miss Rhode Island explicó con mucha elocuencia cuánto detestaba París. “¡De verdad, todos tienen cara de memos! ¡Un tipo intentó tocarme el culo”. Entonces Miss Rhode Island Adolescente intervino para expresar el pensamiento lineal más asombroso: “Este año pasaré las Navidades en México”. Me quedé mirando su carita de adolescente, le sonreí y apostillé: “Sí, México… ¡el otro París!”.
Para más información, visita Chrisnieratko.com o VBS.tv.
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