NO MÁS GRINGAS EN NOGALES

Drogalitos, como se le conoce coloquialmente a Nogales, Sonora, es una ciudad culeramente fea, tanto que hasta le dicen “Tijuanita”, el apodo que sus habitantes sienten más ofensivo.

En esa frontera viví durante diez años, pero me fui porque ser burrero o pollero no se me dio.

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Hace poco, volví a la calle en la que aprendí a fumar y en la que me emborrachaba con dos cervezas cuando tenía 13 años. Ahí siguen muchos de los compas. Unos han migrado al gabacho, otros están en la cárcel por robo de carros. Hay quienes están detenidos en EUA por tratar de cruzar drogas. Pero la mayoría, allí sigue. Bueno, menos el “Benny”, quien se metió de tirador y luego de sicario. Le volaron la cabeza de un escopetazo, encontraron lo que quedó de su cuerpo cerca de Mexicali, en Baja California. Lo reconocieron por los tatuajes.

Cuando abandoné el barrio, hace unos 13 años, había un grupo de morritos que apenas caminaban. Hoy están más altos que yo y son un ejemplo de la juventud nogalense. Tienen entre 16 y 20 años, algunos estudian, la mayoría trabaja en maquiladoras, otros son choferes de camión y unos cuantos se dedican al ocio.

Casi no toman cerveza, no compran cigarrillos, juegan futbol en la calle y fuman mota casi todo el día. Contrario a lo que dice el gobierno sobre fumar plantas, ellos se portan muy bien. De hecho, evitan relacionarse con los cocainómanos, que siempre andan alterados quemando llanta en sus trocas con vidrios polarizados.

En Nogales, es más fácil y barato conseguir marihuana que comprar unos Marlboro (la cajetilla cuesta $40 pesos) o un six de cerveza ($75 pesos). Con diez pesos te compras un porro ya forjado, bien reportado y que se puede compartir. Además, en las fronteras mexicanas se queda mucha mota calidad de exportación, por lo que te encuentras con gratas sorpresas en un gallo de diez varitos.

La vida nocturna ha cambiado. Hace años, era común que cientos de gringos y gringas menores de 21 años vinieran desde Tucson, Arizona, a ponerse hasta el culo en los bares cercanos a la garita fronteriza. Pero la violencia y la campaña propagandística sobre México los ha espantado. Ahora, es más fácil encontrar a un narquillo gordo golpeando una piedra de coca contra la pared para rasparla que ver a una güera enseñando las chichis. No more gringas.

Desde mucho antes de que el gobierno federal iniciara su “Guerra contra el Narcotráfico” en Nogales ya había ejecutados. Pero los “mafiosos”, término que luego fue sustuído por “sicarios”, seguían reglas: levantar a su víctima, asesinarla y dejar el cuerpo en un cerro en los alrededores de la ciudad. Hasta había honor, era como en las películas de los hermanos Almada. Pero las cosas cambiaron.

Hace dos años se vivió la ola de violencia más dura, los encontronazos a balazos se tornaron casi diarios. Mucha gente que conozco tiene anécdotas de esa época. Las cuentan con la mayor normalidad. Un morrito de 8 años me comentó se enojaba porque a veces no podía salir al recreo en la Primaria porque había una balacera afuera. Mi hermana me relató cuando un grupo de sicarios se enfrentó a la Policía, a las 8 de la mañana, y ella vio claramente cuando una granada le voló los pies a un agente. Todos los putos días había balas en el aire.

Actualmente, las balaceras en lugares públicos han disminuído. Pero todos los días hay ejecuciones. A nadie le sorprende que en la Unidad Deportiva encuentren, dentro de una hielera, el cuerpo destazado de un hombre al que le cortaron el pito y se lo pusieron en la boca, “por andar de soplón”. Los matones tienen un sentido del humor muy culero.

Cuando en las noticias se mencionan las ejecuciones o balaceras, los rucos nogalenses repiten la misma frase: “Se están peleando la plaza”. Dicen que esa frontera, al igual que todo Sonora, siempre ha sido territorio del “Chapo” Guzmán y que todo el pedo es que un narco de antaño, que estuvo recluído en Michoacán durante casi 20 años, regresó a reclamar sus terrenos acompañado de unos compas que hizo en “la grande” y que apodan los Zetas. Eso dicen los señores que leen los periódicos.

En Nogales es difícil agarrar la fiesta si no eres narco. Si la Policía te agarra tomando un bote de cerveza en la calle y le ofreces $50 o $100 pesos de mordida, no te los acepta. Pero la chota nogalense no es honesta, es cara. Los “mulas” están acostumbrados a extorsionar a cabrones que siempre traen un fajo de dólares en la bolsa, que manejan una Ford Lobo negra del año, les tumban cien dólares y un perico, mínimo. Cien pesos los ofenden.

Pero en Nogalitos no todo es violencia. Trato de hacer memoria para recomendarles lugares que pueden visitar. Ah, sí, hay una estatua gigante conocida como “El Mono Bichi”, (el nombre real es Monumento a la Ignorancia). Es, tal vez, el único lugar en el mundo donde verán unos testículos enormes detrás de la cabeza de Benito Juárez. Son los huevos de un hombre que mata a una criatura parecida a un murciélago. Los lugareños dicen que el pajarraco era la mascota del Benemérito de las Américas.

En la ciudad existe un deporte extremo no oficial. Todos los días, todos los putos días, el tren con cientos de vagones que llevan a EUA miles de carros Ford ensamblados en México, divide la ciudad en dos. Y a veces se detiene durante periodos que van desde 5 minutos hasta una hora. ¿Tienes que cruzar la ciudad? Bríncate el tren. Es normal ver señoras arriesgando el físico y cruzar entre vagones para no llegar tarde a la chamba. El tren está detendido pero cuando cambia de máquinas pega un chingazo que a veces tumba a la gente. Han ocurrido casos en los que personas pierden alguna extremidad. ¿Puentes para cruzar? Sólo hay dos y están bien lejos.

Otra rama de esta actividad extrema es agarrar al tren de taxi. Los camiones son lentísimos, pero si tienes los huevos suficientes te puedes trepar a las escaleras de los vagones y llegar en chinga hasta “la Línea”.

OSWALDO OLIVAS

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