Opio, bombas y gasolina

La versión afgana de “la droga mata”. Afganistán produce el 90% del opio y la heroína mundial y la inmensa mayoría sale de las amapolas del sur del país. Tráfico rodado por el único paso “oficial” en la fronteriza Nimroz.

Videos by VICE

Karim Brahui, hoy gobernador de Nimroz pero antaño fundador y comandante de uno de los grupos insurgentes más desconocidos de la historia reciente afgana. checkpoints El cauce seco del río Helmand es el lugar donde dar con la escena motera local. Danesh net rickshaws Sattar en plena tarea a orillas del río Helmand. La escasez de agua en la región ha obligado a miles de familias de campesinos a emigrar a otras partes del país. business Anochece sobre el desierto de Nimroz. Tanto baluches como pastunes son musulmanes sunitas y se toman muy en serio sus obligaciones religiosas.


Curiosamente, Ahmed parecía pasar por alto el hecho de que su negocio funcionaba principalmente gracias a una frontera dejada de la mano de Alá. Tuve que recordarle que no había tropas, ni nacionales ni internacionales, en este confín de Afganistán al que los marines llaman el “fin del mundo”. “Aquí estamos convencidos de que hay un pacto secreto entre Kabul y Teherán. En Helmand hay soldados americanos, británicos, canadienses, estonios, georgianos…Pero un despliegue como ese en esta frontera haría saltar la zona por los aires”, replicó Ahmed. Otra paradoja más de la remota Nimroz.

Al día siguiente conocí a Ashraf, un joven pastún en “viaje de negocios”, y me invitó a un picnic junto con sus amigos Juma Khan, Aziz y Muhamadí (puede que la guerra sea endémica en Afganistán pero también lo es la hospitalidad). Tras comprar varios kilos de granadinas de Kandahar (“las mejores del mundo”), Juma Khan condujo el Mitsubishi Pajero de su padre a 180 km/h por la rectilínea carretera de Zaranj hacia el norte, una vía que una organización india reconstruye durante el día y la oposición afgana “redestruye” por la noche. Fue media hora de frenética incursión en terra incognita talibán durante la cual me puse el cinturón de seguridad. Agradecí que mis nuevos amigos se tomaran con humor esa inequívoca señal de que uno es un nenaza.

Nos detuvimos junto a un mar de dunas desde las que observamos a unos pastores baluches atravesar el desierto con sus ovejas y camellos mientras nos comíamos las granadinas. Nuestros shalwar kamiz (ropa holgada local) blancos se tiñeron de rojo y pensé en contarles que parecía que viniéramos de los sanfermines, aunque Aziz me ahorró una interminable explicación apuntando que parecíamos cinco chiítas ensangrentados después de sacudirse de lo lindo durante la Ashura. Mejor así.

Tras las risas tocaba rezar. A falta de un muecín, fueron los aullidos de los chacales al anochecer los que recordaron a mis compañeros su compromiso religioso. “Rece usted también, Mr. Karlos”, me invitó amablemente Muhamadí, un chaval de 23 años y frondosa barba negra que trabajaba en una escuela de Zaranj. Abrí las palmas de las manos hacia el cielo por pura educación pero me sentí algo ridículo. Preferí inmortalizar con mi cámara otro momento inolvidable en el indómito y bello suroeste afgano.
 

TEXTO Y FOTOS DE KARLOS ZURUTUZA

Thank for your puchase!
You have successfully purchased.