Aunque parezca mentira, en OT existen unos momentos de extrema y extraña belleza. Dentro de esta jauría competitiva y mediática existen revelaciones preciosas, minutos, incluso segundos, en los que lo inesperado y mundano se torna excepcional.
Me estoy refiriendo a esos pausados instantes del despertar del día en los que la casa —o la academia, o lo que sea— está completamente vacía. El espacio antes de ser ocupado. Los primeros minutos del Canal 24h de OT son una bella enumeración de planos estáticos extremadamente sencillos pero cargados de un significado descomunal.
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Estos planos nos muestran puertas, pasillos y habitaciones de la casa, siempre vacíos. Todos estos escenarios poseen la potencialidad de la acción, la nada que devendrá alguna cosa. La quietud que antecede la explosión, como en el óleo de Salvador Dalí Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar.
Lo que me apasiona de estos planos inertes es su sencillez y su involuntariedad, pues esta sensación de belleza que me generan dudo que haya sido buscada por un equipo de realización; la existencia de estos planos debe responder a unos criterios y necesidades técnicas más que a, digamos, unos valores artísticos.
Aunque puede que la comparación sea lamentable —tanto por pretenciosa como por comparar OT con un cineasta de este calibre—, estos planos me recuerdan profundamente a los llamados pillow shots de Yasujiro Ozu. Esos instantes entre escenas de pura tranquilidad pero a la vez tensión, que muestran espacios y objetos del día a día, totalmente familiares e identificables. Instantes que ayudan a generar un ritmo dentro de la secuencia.

Esos escenarios deshabitados también esconden un drama latente; son los contenedores de unas emociones y conflictos silenciados que flotan en el aire pero que no se ven, se mantienen ahí enterradas, en algún sitio, entre esas puertas y sillas que nos acompañan en nuestro deambular por lo cotidiano, bajo una superficie tranquila y ordinaria.
En OT, el set albergará los futuros dramas de los concursantes, es el entorno donde emergerán los miedos, los prejuicios y toda la fragilidad humana; son el contraplano perfecto para toda la locura de emociones hiperbólicas que contiene el programa. Es por esto que esta quietud resulta tan conmovedora, un espacio liberado de todos los excesos de un producto televisivo prefabricado.

OT es un programa que pretende comprimir en menos de cuatro meses el abanico completo de emociones humanas. Hay exceso, desde las barrocas galas hasta las personalidades de los profesores. Ante esta caricatura, el reposo de estos planos fijos es totalmente necesario. Es también un paréntesis de la excesiva presencia mediática y de toda esta fiebre OTniense que ha invadido España. Son unos momentos en los que el espectador puede dejar de pensar en el concurso dentro del mismo concurso.
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Podría resultar incongruente que estos planos existan. En televisión, los planos de esta índole son escasos o, directamente, inexistentes. Secuencias en las que no pasa absolutamente nada, donde no existe ningún elemento que enganche al espectador. Toda la lógica televisiva desaparece, estamos ante otro tipo de producto audiovisual; de hecho ya no es ni un producto, pues no sucumbe a la lógica recaudatoria de los minutos televisivos.
En una época en la que la actualidad no dura ni media jornada, donde la velocidad y la inmediatez son las necesidades imperantes, un respiro en televisión, sin ánimo de enganchar al espectador, es algo maravilloso. Una pausa para que todos nos detengamos, respiremos y seamos conscientes, ya no de lo que tenemos delante, sino de nosotros mismos. Sin duda, estos planos son lo mejor de OT.
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