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Reseñas DVD’s Abril

UNA LAGARTIJA CON PIEL DE MUJER Lucio Fulci Regia

Es un hecho, entiendo que malo, que un buen número de cineastas han pasado, y pasarán, a la historia por una única película; ya por ser la más potente de su filmografía, ya por haber abierto nuevos caminos cinematográficos, ya por simple chiripa, eso que nadie sabe cómo funciona ni cómo se controla y quien lo logre se forra. Fulci, director que en el cielo se sienta a la diestra de Mario Bava, entró en ella –a ojos de chavalería impresionable y salvaguardas de la moral– con la salvaje Zombi 2 (1979), film que todavía hoy se ve igual que se siente un puñetazo en el estómago; una panorámica más amplia revela que el puesto en la historia se lo gana Fulci con la llamada trilogia della morte, tríptico que forman la citada y las posteriores Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (1980) y El más allá (1981), genuinas anomalías de ayer y de hoy en las que los horrores metafísicos de Lovecraft se empapan de ese gusto tan mediterráneo por la dermis sajada en plano detalle. Y por si no fueran una exploitation de culto y una trilogía modélica en su circularidad motivos suficientes para garantizarle a Fulci plaza perpetua en el panteón del eurocine, ya en 1971 y 1972 había firmado el romano Una lagartija con piel de mujer y Angustia de silencio, dos juncales gialli que por sí solos refutan cualquier acusación de ser director de maza y espátula. La primera solo estaba disponible en España en VHS y versión amputada; se agradece esta nueva edición, que permite apreciar cómo la hitchcockiana semilla del “falso culpable” que germinó en Italia dio frutos como este cóctel de violencia explícita, trama laberíntica, resolución inesperada, sexo softcore (bollería de la buena aquí entre Florinda Bolkan y Anita Strenberg), secuencias oníricas, zooms a toda mecha, cromatismo psicodélico y música calientabraguetas de Morricone. Grande Fulci.

JESÚS BROTONS DREDD Pete Travis Aurum

Por lo que parece, Dredd ha sufrido un batacazo en taquilla descomunal y las posibilidades de que se convirtiera en la piedra fundacional de una posible franquicia, como así lo deseaban sus responsables, se han derretido como un helado al sol. Uno no lo entiende, pues Dredd lo tenía todo para triunfar por todo lo alto: un personaje con solera, carisma y popularidad, un diseño de producción atractivo, protagonistas adecuados, dirección ágil y una carga de violencia acorde con la del cómic original, cuya esencia respeta tanto como aquella chusca primera versión con protagonismo de Stallone se la pasaba por los huevos. Da igual, el público no ha respondido y como no hay demanda, pues no hay más oferta. Lástima. Dredd es una película que nació con vocación comercial, pero no es en absoluto un producto despreciable; bien al contrario, es un film ultraviolento y claustrofóbico (prácticamente toda la acción transcurre en el interior de un edificio) que respira el aire de los secos, expeditivos thrillers de los años 70 y el cine de acción de los 80. Hay ecos de la primera Jungla de cristal, eso está claro, pero no cuenta extrapolar a Dredd, el encallecido agente de la ley que ya lo ha visto todo, y a Anderson, la novata a la que Dredd tiene que evaluar en su primer día de trabajo, con los protagonistas de Harry el ejecutor (1976), por mencionar una, y su trama con la de un resultón combinado entre 1997: Rescate en Nueva York y Atmósfera Cero (las dos de 1981), esta última una versión futurista de Solo ante el peligro (1952)… Sirvan estas referencias para exponer que Dredd, bajo su capa tecnológica, es una película de corte muy clásico; una que va al grano sin digresiones humorísticas, guiños al gran público y fanfarrias porque sí. Y así le ha ido. Repito, una lástima.

JESÚS BROTONS STÖRUNG: SOUND & VISUAL ART Varios Cameo

“Störung”, para aquellos de ustedes no germanoparlantes, viene a significar “interferencia” o “alteración”, y es asimismo el nombre que recibe una plataforma radicada en Barcelona de artistas “que desarrollan entornos audiovisuales basados en el minimalismo electrónico y la experimentación utilizando nuevas tendencias tecnológicas y musicales”. Este entrecomillado es mío, pues corresponde a una cita que he extirpado del libreto de este DVD, un compendio de once obras por ordenador que sin problemas se adscriben al capítulo “videoarte” de las cosas. Vendrían a ser estas piezas una actualización de lo expuesto en los albores de este arte por gente como Nam June Paik y Bill Viola, a finales de los 60, y remontándonos más al cine experimental deudor de las vanguardias clásicas, como el que expusieran Hans Richter o Fernand Leger. Sí, la mía es una lista caprichosa y reductiva, lo sé. Y “reducción” es aquí el común denominador, pues casi todas las piezas están resueltas de similar manera, en base a líneas y formas que se retuercen en orgiástico ballet; ya las amebas desperezándose tras una siesta en la obra de Paul Prudence, ya los chafarrinones digitales que vienen y van en la de Andy Guhl (se desmarca Kim Cascone, con una especie de versión laptop del Proyecto de la bruja de Blair). Con música convenientemente abisal de Francisco López, Alan Courtis o los propios Guhl y Cascone, cada una de estas once piezas tienen impacto y razón de ser proyectadas en las paredes blancas de un museo moderno, y preferentemente con un potente sistema de sonido que aguante los subgraves, antes que en el modesto monitor de casa. Todo y así, un atractivo, útil artefacto, aunque de interés circunscrito a los iniciados en el arte visual electrónico. Los profanos se retorcerán, pero de impaciencia.

JESÚS BROTONS
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