Antes de haber visto esta sucesión de imágenes no sabía quién era Miguel Ángel Revilla y aún menos conocía ese pedazo de tierra que algunos se atreven a calificar como “Cantabria”. A veces el desconocimiento es un artefacto brillante y maravilloso que le permite a uno ignorar desastres mayores, como en este caso, en el que yo veo a un tipo bebiendo leche de vaca directamente de sus tetas mientras el resto de gente ve al actual presidente de la comunidad autónoma de Cantabria (una persona, digamos, un poco influyente) desarrollando una actividad no exenta de polémica.
Pero este tema da igual, da completamente igual. El debate este de la leche cruda de vaca es de “primero de debates”, solo interesa a esa clase de gente que se indigna cuando en un supermercado no les cobran las bolsas de plástico. Debates que ni hacen falta. Lo importante de estas tres instantáneas es que reflejan perfectamente a España.
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En tres actos asistimos a una definición exacta de este país: el exceso, el tiro en la cabeza y el eterno sufrimiento. Los tres pasos de, por ejemplo, la crisis económica, con 1) la articulación de las necesidades de inversión; 2) la orgía de créditos, hipotecas e inversiones y 3) los desahucios de los vecinos o el encarcelamiento de los especuladores seguido del eterno llanto de dolor que nunca se acaba.
Como España, este ser llamado Revilla está viviendo por encima de sus posibilidades, pero, en este caso, bebiendo por encima de sus posibilidades, pues su rostro final no es el del ganador que se alza en el peldaño más alto del podio, sino que es la viva imagen del triunfo de la muerte. Es exactamente igual que el baño nuclear de Manuel Fraga en Palomares, un sacrificio humano en toda regla que responde a un objetivo mayor, casi etéreo y celestial.

Esta cara. La misma cara del tipo que, borracho, se ha comido un bote entero de pegamento para hacer una broma y que acaba de darse cuenta de que la ha cagado muy fuerte y que quizás se muere por unas risas. Ese vacío en los ojos está en la cara de Revilla. Una mueca de trance religioso que nubla toda lógica, la catarsis espiritual que derrumba al héroe y que nos demuestra que dentro de esa cabeza no hay nada, ni tan siquiera dolor ni sufrimiento.
Y, mientras este pobre diablo se derrumba, mientras España (digamos) se va a la mierda, ahí están esos otros, esos civiles ahí acurrucados por detrás con sus sonrisas mofándose de todo lo que acontece, viendo al pobre hombre desmoronándose y sufriendo el peor de sus calvarios y ellos preocupados por las risas y las fotos. El escarnio malvado e inocente que tanto nos caracteriza, cuando disfrutamos de que sea el otro el que está en la mierda o de que el otro también esté en la mierda. La tranquilidad de que somos todos unos perdedores. El deseo de que Rosalía fracase porque su éxito nos da rabia. Estas actitudes.
MIRA:
Mirad esa camisa manchada, como las tierras ensangrentadas de España; esa mirada perdida del que se ha comprado un piso en una de esas protourbanizaciones que han quedado abandonadas y que ahora son un cementerio de esqueletos de casas; esa boca que alberga el grito afónico de la España que no entiende que en el siglo XXI haya hombres que amen a otros hombres. Y lo peor, esa mano que sujeta con orgullo y lozanía ese bote de plástico medio lleno de leche que representa la misma guadaña de la muerte, Revilla sujetando el artefacto que le dará muerte.
Porque este cuadro nos recuerda que vivir en España es morir en España y que aquí todos hemos venido a sacrificarnos y a embadurnarnos en nuestros propios errores y terrores. La España de la eterna caída, la España negra incapaz de avanzar porque es mejor tragarse la mierda que limpiarla e intentar mejorar.
Sigue a Pol Rodellar en @rodellaroficial.
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