Estaba sentado en la parte trasera de un Gran Marquís, con las manos amarradas en la espalda, encapuchado con mi propia camiseta, con un constante chorro de sangre saliendo de la herida junto a mi ojo y un gordo barbón encañonándome con una pistola. Me encontraba a las afueras de un pueblo olvidado entre Jalisco y Michoacán. También era mi cumpleaños.
TV on the Radio es mi banda favorita y tocarían ese viernes en el DF. Días antes, gracias al poco dinero con el que contaba y ese absurdo instinto de buscar peligro, decidí viajar de aventón y mochilazo desde Hermosillo, Sonora, hasta la Ciudad de México, sólo para ver a la banda, conocer lugares y visitar a los compas.
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Salí de la capital de Sonora el martes por la mañana, y después de varias horas de usar la señal internacional del mochilero (mostrar el dedo gordo con la mano empuñada), pude montarme a la caja de un pick up lleno de productos de limpieza -acompañado de otro viajero de pulgar, Juan, quien se dedica al espectáculo urbano y viaja doscientos kilómetros diarios de aventón porque en su ciudad de origen la Policía no lo deja trabajar.
Después de 150 kilómetros recorridos, y una vez que Juan se bajó en el semáforo de la ciudad donde trabaja, el conductor y copiloto me invitaron a viajar con ellos en la parte delantera de la camioneta. Eran dos hermanos, adultos, que manejaban una empresa de limpieza y no paraban de hablar por el Nextel con sus múltiples amantes. Al paso de siete horas seguidas de viaje, pedí mi parada en Culiacán, Sinaloa; y como ya era de noche, decidí tomar un autobús para dormir y avanzar al mismo tiempo.
La madrugada de mi cumpleaños desperté en Zapopan, y esperé al primer camión urbano que me llevara al centro de Guadalajara. Tenía dos prioridades: desayunar y reparar mi teléfono, (es de esos a los que se les descompone la perlita). En el baño de un restaurante me uní al club “Sanborn’s, el tocador público de México”.
Entre camiones y raites en cajas de pick ups llenos de alforja, logré salir de Guadalajara y recorrer varios pueblos. Cuando llegué a uno, que es muy guadalupano, entre Jalisco y Michoacán, pasé un largo rato escuchando a los locales contar historias de criminalidad; decidí que lo mejor era tomar un autobús y evitar pedir aventón en la zona.
Recorrí el pueblo, tomé algunas fotos del lugar, bebí tres cervezas en una cantina muy antigua y me dirigí a la Central Camionera del pueblo a esperar mi transporte, que salía a las once de la noche.
Quince minutos antes de la hora de salida del autobús, me encontré a dos sujetos de aspecto buchón (gorra tipo Ed Hardy, playera con brillantes lentejuelas y pantalón de mezclilla deslavado). Se sentaron cerca y me observaron unos minutos, después se pusieron de pie y se dirigieron a mí: “Nos contaron que andabas tomando fotos por el pueblo, ven con nosotros”. Me negué y les pregunté quiénes eran. Me mostraron sus pistolas y comenzaron los forcejeos. A punta de chingazos me llevaron afuera, hasta un Gran Marquís negro, modelo viejo. Lograron subirme después una patada en la cara y unas cuantas en las costillas.
Amarraron mis manos por la espalda con el cable del cargador de mi teléfono y jalaron mi playera hasta romperla y así poder cubrir mi cabeza con ella. Un gordo con barba hizo que pusiera mi frente entre mis rodillas mientras me apuntaba con su pistola.
Creí que me estaban asaltando y les grité que se llevaran mis cosas. Me respondieron que “no era por ahí”. Sentí que el coche tomó camino de terracería y dejé de ver el reflejo de las luces alrededor. Una nueva patada en la cara hacía que sangrara profusamente.
“Valió madre, me van a matar”, pensé y sentí. “Oswaldo: 18 de mayo de 1978 – 18 de mayo 2011”.
Había leído reportajes en los que alguien dice “estaba seguro de que me iban a asesinar”, pero nunca lo comprendí sino hasta ese momento. La sensación de muerte inminente provoca una especie de serenidad interna, lo percibes como algo inevitable. Al instante me calmé y comencé a hablar más tranquilo con los sujetos que me habían raptado a punta de golpes:
Dijeron ser agentes policiacos. Me preguntaron el porqué tomé fotos y dónde trabajaba. Comencé a explicar mi travesía, pero respondían con comentarios de incredulidad. Dentro del coche sólo estabámos el conductor buchón, el gordo barbón y yo. Después de unos 8 o 10 minutos de camino nos detuvimos en un lugar que desconozco. Me hicieron más preguntas y me pidieron teléfonos de gente que pudiera confirmar mi historia. Llamaron a varios de mis compas pero nadie contestó.
El conductor frecuentemente abandonaba el carro para comunicarse con alguien por radio, alguien llamado “Comandante”. Después de unos minutos y más preguntas, el aire ya era más sereno, pero aún existía la sensación de peligro. Me preguntaron mi edad y si tenía hijos. Les respondí que no. Arrancó el Marquis y seguimos avanzando. Yo seguía encapuchado.
Nos detuvimos cerca de la Central Camionera. Arrojaron mis cosas al suelo, me desataron las manos y me advirtieron que si ya había perdido el autobus que estaba esperando, tomara el siguiente. Se quedaron con mi cámara fotográfica y el efectivo que portaba.
Justo allí comprendí que así funcionan las cosas en esas tierra de nadie, situadas entre Guadalajara y la Ciudad de México. Los agentes, o pseudopolicías, primero te levantan, cómo sea, y luego averiguan. Si no representas una amenaza, te dejan ir. Si les pareces peligroso, desapareces.
Me cambié de playera y caminé rumbo al hospital del pueblo, era casi medianoche. Un estudiante de medicina de Nayarit, que hace su internado en el lugar, me suturó y me aplicó analgésicos. Al mismo tiempo, un policía me interrogó sobre los golpes e inventé una historia sobre un asalto frustrado. Luego caminé de regreso a la Central.
Tuve que permanecer en el pueblo hasta las putas cinco de la mañana, que es cuando pasaba el próximo camión.
Horas más tarde, pisaba la Ciudad de México. Me recibió una nalguita que me dio hospedaje y luego bebí unas cervezas con un compa.
¿Y qué pasó, el viernes, en TV on the Radio? Estuvo bien chingón.
Por cierto, en el rostro me quedó una cicatriz de esas interesantes que les encantan a las morras.
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