¿Pero tú has visto qué música?

“La música de cine no es jazz, no es pop, no es clásica ni vanguardista. Es un conjunto de todas y, al mismo tiempo, de ninguna de ellas. Es un nuevo tipo de música. La música del siglo XX”. La afirmación no es mía, pero la refrendo. Me adhiero al maestro Morricone, pues suya es, al tiempo que lamento que desde hace años las bandas sonoras se hayan convertido en muestrarios de cancioncillas de talla artística variable tirando a baja y trascendencia similar a la de su adecuación a las imágenes: nula. Huelga decir que, desde la invención del cine sonoro, cientos, miles de partituras irrisorias se han compuesto, pues es terreno el del cine en el que los mediocres campan tanto como en cualquier otro. No obstante, es también el ámbito del que han surgido un buen número de obras que no son jazz ni pop ni clásicas ni vanguardistas, sino una amalgama insólita de todo y de lo que haga falta cuya valía no está subordinada a las imágenes y cuya audición, pasen los años que pasen, pone el cerebro en estado de alerta y la mandíbula tocando el suelo. De entre las que aquí conocemos hemos seleccionado diez; bien podrían ser 50, pero no hay espacio. El criterio de elección fue simple: si su escucha el pasado sábado nos impelía de inmediato a escanciarnos un whisky doble y brindar vaso en alto entre berridos animales, estaba dentro.



I MALAMONDO (1964)
Ennio Morricone
CAM/Sony

Los silbidos de Por Un Puñado De Dólares se llevaron la palma en cuanto a tirón popular, pero ese mismo año, 1964, el titán romano compuso, ojo al dato, música para otras diez películas (!), entre ellas I Malamondo, cuasidocumental me juego el pescuezo que realizado a rebufo del éxito de Mondo Cane. La excusa de la película es simple (un viaje por Europa observando las conductas supuestamente desordenadas de la juventud de la época), pero esa endeblez no obsta para que SuperEnnio firme una colonna sonora en la que predominan los ataques percusivos (¡hostia con el tema principal!), y en el que hallan espacio pespuntes de órgano, coros masculinos y femeninos, arreglos orquestales y jazzísticos, trompetas con sabor a Degüello, ritmos swing y beat, fanfarrias populares, guitarras twang, tañidos de campana, onomatopeyas y algún que otro sonido abracadabrante. Morricone de buena cosecha, señores. Palabras mayores.



LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA (1971)
Gil Mellé
Edición no oficial

Louis y Bebe Barron, matrimonio bregado en lides vanguardistas, firmaron en 1956 la que se tiene como la primera banda sonora electrónica de la historia, Planeta Prohibido. Puesto que no estaban afiliados a la Unión de Músicos y, en consecuencia, tuvo que camuflarse su contribución bajo el eufemismo de ‘tonalidades electrónicas’, para el numantino gremio el (espúreo) honor corresponde a Gil Mellé, hombre de extensa trayectoria dentro del free jazz y casi nula en el cine. Descontando algún trabajillo previo para la televisión, The Andromeda Strain es, de hecho, su primera incursión en el medio. Armado con el empuje de los principiantes, Mellé se hizo eco del futurista argumento del film y pergeñó una atonal abstracción en la que un piano y un contrabajo circunstanciales sucumben avasallados por el flujo constante de zumbidos, crujidos y ronroneos que se dirían generados por un Asmus Tietchens con dolor de muelas.



MILÁN, CALIBRE 9 (1972)
Osanna/Luis Enríquez Bacalov
BTF

Desconfía de los auténticos de pacotilla que te digan que el rock progresivo no mola: luego querrán convencerte de que tocomochos como Turbonegro y Black Mountain sí. ¡Bah! Italia, el país que recibió a Van Der Graaf Generator con los brazos abiertos cuando en el suyo no les tocaban ni con un palo, observa una larga tradición de prog-bands cuya relación con el medio era indisociable, caso de Goblin, y a veces esporádica, caso de los napolitanos Osanna. Comparten éstos la autoría de Milano, Calibro 9 con el hispanoargentino Bacalov, uno de esos compositores que valen para un cosido y un bordado y cuyo currículo incluye el soundtrack de la desopilante Django (del que Joe Preston hizo versión con su proyecto Thrones, por cierto). La colaboración entre uno y otros, a priori incoherente, se convirtió contra pronóstico en un vigoroso, euforizante polvazo sin preservativo entre el sonido orquestal y un hard prog de flautas hiperventiladas y guitarras embebidas en fuzz y wah wah. Yeah, man.



EL PLANETA SALVAJE (1973)
Alain Goraguer
Pathé/EMI

Debe marcar lo suyo, eso de tocar el piano para Boris Vian… Semejante adiestramiento en la disciplina del surrealismo y la patafísica a buen seguro algo ayudaría a Goraguer, hombre fogueado en el jazz y la chançon, a encarar el reto, que lo era, de poner música a una película de animación con diseños de Topor, ese otro prodigio de sensatez. De ella sepan que sus virtudes alucinógenas dejan en segundo plano su carácter de alegoría de la igualdad y las relaciones de poder, y que eleva el trip a cotas jovianas una banda sonora que por ahí se ha etiquetado, a falta de algo mejor, como “jazz futurista electrónico y abstracto”, sampleada sin piedad por hiphoperos de toda calaña y fusilada sin misericordia—aunque, eso sí, con admisión de culpa—, por los muy à la page Air. Si hoy cabe calificar de futurista los temas de Goraguer, fácil es de suponer la perplejidad con la que se recibieron en aquel año del Señor de 1973.



ESTRELLA OSCURA (1974)
John Carpenter
Colosseum/Varèse Sarabande

Servidor y muchos otros, de tener que quedarnos con un único soundtrack de Carpenter, pillaríamos sin dudarlo el de 1997: Rescate En Nueva York, pero puesto que ya se habla de él en otro rincón de este mismo número, opto por colocar en esta lista una genuina curiosidad, el disco que recoge la música, diálogos y efectos sonoros de su primer largometraje, Estrella Oscura. Se admite: la escucha de dos mazacotes de 25 minutos cada uno comprendiendo el film tal cual, sin ediciones, añadidos, supresiones o enmiendas, puede hacerse tediosa. No obstante, redime al artefacto su carácter, ya digo, de curiosidad, amén de no carecer de gracia eso de proyectarse uno mismo el film en el coco siguiendo las pautas de lo que suena. Por otra parte, su misma condición de collage hace de Estrella Oscura, el disco, un Frankenstein emparentado con los recortapegas de otros ilustres californianos enajenados, Negativland. Ya veis.



LIPSTICK (1976)
Michel Polnareff
Atlantic/Sony

De padre ruso y madre francesa, Polnareff se jactaba de poseer “el mejor culo del mundo”, algo que no debe importarnos lo más mínimo. A mi entender, lo relevante del muy gabacho no eran sus posaderas sino su sobrehumana habilidad para sacarse del ojete perfectos, insidiosos temas pop que el tipo sabía revestir de un je ne sais quoi cochinote que le vino de perlas a la hora de realizar la banda sonora de Lipstick, apología del ojo por ojo en la que el malo es un compositor experimental cuyas obras se presentan durante un juicio como prueba acusatoria. El delirio. En el álbum, además de un corte french disco a lo Cerrone y de una suite de fragmentos musicales engarzadas, dos muestras de los desvaríos sónicos del pajarraco: totalmente electrónicas, desquiciadas, enervantes, lo que Morton Subotnick hubiera hecho de habérsele atiborrado de anfetas y puesto delante a Margaux Hemingway en bragas para que se inspirase.



ZOMBI (DAWN OF THE DEAD) (1978)
Goblin
Cinevox

¿Suspiria, Rojo Oscuro? ¿Con qué soundtrack de Goblin quedarse, si todos son la leche? ¿Qué tal salirse por la tangente y recomendar algo menos obvio, Buio Omega, Tenebre o Phenomena? Pues ni una cosa ni otra: en un punto intermedio se encuentra Zombi, la segunda parte de la trilogía de los muertos vivientes y coleantes de George Romero. Producida en colaboración con Dario Argento, era impepinable que el italiano se traería bajo el brazo a Goblin, por entonces las niñas de sus ojos. Acongojante, ominosa, la música que el grupo compuso arroja a los incautos a una espiral de rock psicodélico y progresivo que de expansivo no tiene nada y de reconfortante menos. El devenir de L’Alba dei Morti Viventi es tan inexorable y pausado como el avance mismo de los muertos, suena como un toque de difuntos en el que el inminente difunto eres tú y se trata, ay, del último disco irrefutable de una banda que iría a la deriva durante el resto de su carrera.



FANTASMA (1979)
Fred Myrow & Malcolm Seagrave
Varèse Sarabande

Entombed adaptaron su tema principal en Left Hand Path, su primer álbum, y sólo por eso ya estaría justificada la inclusión de Phantasm en esta lista parcial y mangante. Pero hay más. Sintético y minimalista, muy en la onda de lo que el italiano Fabio Frizzi hacía por esas mismas fechas, no desvela este soundtrack los antecedentes sinfónicos de Myrow, compositor de vieja escuela cuyas obras interpretaron las filarmónicas de Los Angeles y Nueva York. En tándem con Malcolm Seagrave, de quien sólo sé que no sé nada, Myrow se descolgaba en Phantasm con una banda sonora electrónica, de rítmica muy marcada y leitmotiv libremente inspirado en Tubular Bells. A mí no me cuesta imaginar un disco así editado bajo los auspicios del sello Mute, pues oscila entre el pop vanguardista, la música incidental esquizoide y un sentido de la experimentación emparentado con el del Or So It Seems de Duet Emmo.



MANIAC (1980)
Jay Chattaway
Southeast

Los inicios del género vienen de antes, de inicios de los 70, y sintetobandas sonoras llevaban tiempo haciéndose, pero con los 80 daba comienzo la edad dorada tanto del slasher (ya sabéis: hachazo va, cuchillada viene) como de los soundtracks electrónicos, favoreciendo esto último el abaratamiento del utillaje. Los sintes ya eran un lujo al alcance de todos y de ello tomaron nota los productores de cine serie B, haciendo indisociables de la noche a la mañana el bleep y la mutilación, el tajo y el ñigo-ñigo. Maniac vendría a ser ejemplo y paradigma de lo que digo: dirigida por el zetoso William Lustig, acompañan las andanzas y perrerías del sudoroso psycho protagonista una música tétrica, desasosegante, de fabricación barata acorde con el presupuesto pero tensa, efectiva y exultante de mal rollo. Sin leitmotivs ni melodías. Y, obviando un tema disco, el resto son drones, blips, blops, y ñaooooos: pura atmósfera.



INVASORES DE MARTE (1986)
Christopher Young
Intrada

Fascinado por la musique concrète y las insondables posibilidades de la electroacústica, Chris Young respondió al encargo de musicar una nueva versión del clásico de serie B Invasores De Marte con una compleja, ambiciosa obra en la que cabían desde cantos gregorianos hasta pulsos y drones electrónicos pasando por metalófonos, pianos preparados, órgano y grabaciones procesadas del mundo real. El problema era que ni él tenía el pedigrí de Eduard Artemyev ni la productora Cannon estaba por la labor de financiar el particular Gesang Der Jünglinge de nadie, pues aquello era una película de marcianos y no una marcianada. Una mala interpretación de Young, supongo, quien salió del despacho con su rollo de partituras incrustado en el recto. De ahí las rescataría años más tarde para dar forma a un monumental collage de 34 minutos que desvela que, en efecto, aquello hubiera tenido mejor acomodo en un film de Tarkovsky que en uno de Tobe Hooper.

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