El mundo literario neoyorquino es un pantano fétido y putrefacto, aislado del resto de Estados Unidos, tan endogámico como la Casa de Habsburgo, en el siglo XIX. Los graduados de Wesleyan se mudan a la ciudad y se entregan unos a otros con desesperado abandono: intercambiando ensayos por propaganda publicitaria, relaciones de tres meses por trabajos como asistentes editoriales, cocteles artesanales intercambiados por opiniones regurgitadas sobre Zadie Smith y la nueva novela de Bolaño. Intercambiar, convertir en producto, intercambiar, ése es el nombre del juego. Los acuerdos deben ser renegociados, las prestigiosas becas deben ser entregadas, las solicitudes para Yaddo discutidas. Todos necesitan conocer a todos y ser amigos de todos porque, como la élite cultural, ¡tenemos que permanecer unidos! ¡Somos los únicos a los que todavía nos importan los libros! Es un mundo pequeño (todos conocen a todos) así que si tienes algo negativo que decir sobre el trabajo de alguien, asegúrate de que lo digas balbuceando mientras chismeas con tus amigos en un bar.
Un buen texto tiene un papel insignificante en el aparato literario. Hay tan pocos escritores considerados “buenos” que pasan de mano en mano cual tarjetas desgastadas de Barry Bonds y Ken Griffey Jr. Con frecuencia, estos “buenos” escritores no son tan “buenos”; “buenos” sólo quiere decir que “son lo mejor que tenemos en este momento de decadencia cultural”. Sólo hay que publicar ese nuevo Alice Munro en pasta dura, hablar sobre las cosas “emocionantes que ocurren en la literatura Latinoamericana”, y dejar que la trituradora cultural siga trabajando.
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Pero también hay veces que, de la nada, aparece alguien a quien no te esperabas; alguien a quien realmente le importa la palabra escrita y su poder, alguien que preferiría quedarse en casa con los muertos, antes que aparecerse a comer queso y tomar vino gratis.
The American Reader es una nueva revista literaria mensual que quiere alejar la mirada literaria de Brooklyn y San Francisco, y devolverla a todo el país. Es un triste reflejo de nuestra época cuando un proyecto conservador como lo es una publicación mensual de ficción y críticas interesantes, se siente como algo radical y ambicioso, pero aquí estamos.
Nos sentamos con la editora en jefe de The American Reader, Uzoamaka «Max» Maduka, para hablar sobre Nueva York y el futuro de la publicación.
Fotografía por Alyssa Loh
VICE: ¿Por qué empezaste The American Reader?
Básicamente, vimos que lo que las otras publicaciones hacían no reflejaba nuestros gustos y nos dimos cuenta que teníamos que hacer algo nosotros mismos en lugar de quejarnos sobre sus carencias. Quizá eso que queremos, lo que buscamos en los clásicos, se está produciendo allá afuera. Quizá sólo le hace falta una plataforma.
¿De dónde vienen todos ustedes? ¿Cómo terminaron en Nueva York?
El director ejecutivo, Jac, y yo nos conocimos en Princeton, trabajando para Nassau Weekly. Hal Parker, uno de los críticos, fue mi editor ahí cuando estaba en mi primer año. No tenía la intención de venir a Nueva York. Tenía mis dudas. Siento que hay mucha autocensura en Nueva York. Para que quede claro: soy de Nigeria, soy de Maryland, soy de Estados Unidos.
Tengo más interés en la producción literaria estadunidense que en la escena neoyorquina. Lo que quería transmitir cuando nombré a la revista The American Reader es que no es algo sólo para Nueva York. Es para todo el país. Nuestro objetivo es que sea algo nacional, no sólo en línea, sino impresa.
Eso es muy ambicioso. ¿Cuánto tiempo les ha llevado poner las cosas en marcha?
Misteriosamente nueve meses. Tenemos un inversionista. En este momento estamos buscando un publicista a quien le apasione la misión del proyecto.
Una buena parte del mundo literario depende del estatus económico y no de la economía real: “es un privilegio publicarte en nuestra página”. ¿Le pagas a tus editores y escritores?
Le pagamos a todos, pero no me pago a mí misma. Es importante que la gente reciba dinero por este tipo de trabajo. Necesita ser tratado con honor e integridad. Cuando piensas en pagarle a los escritores y editores estás pensando en una diversidad socioeconómica en tu forma de organizar a los colaboradores. Eso es lo que hace que todo ese asunto de no pagar sea tan incómodo. Tu forma de elegir, por la virtud de su naturaleza, determina lo que la cultura es. Qué pasa si tienes un mundo editorial endogámico en donde todos sienten lo mismo y todos actúan igual y obtienes este contenido demente y desfigurado como resultado.
En Nueva York, parece que lo único que se respeta es la absoluta dominación económica y social. Obtener el trato para un libro, recibir un buen pago por adelantado. ¿Qué papel juega el fracaso en el esfuerzo literario? ¿Qué implica el éxito en Nueva York y qué significa para ti?
En Nueva York, el éxito implica ganarle a alguien más. Estás arriba. Para que alguien esté arriba, alguien más necesita estar abajo. Ganar. En ese sentido, es como el modelo hollywoodense. Son las ventas en taquilla. No todo se resume en dinero. No te puedo explicar cuántas veces he escuchado a alguien usar el dinero como justificación. “Crees que esta persona apesta, ¿pero viste cuándo dinero recibió por ese libro y viste lo que pasó con su programa de televisión?” No dije que no fueran exitosos. Sólo dije que apestan.
Para mí, el éxito es autosuficiente. Es un avance hacia la verdad. Estoy mucho más interesada en el fracaso de alguien y hacer lo correcto, que en tener éxito con algo mediocre o irrelevante. En Nueva York, lo mediocre es exitoso porque pagan por eso.
El lenguaje en la ficción americana es cada vez más simple. Más adaptable a internet. Oraciones cortas para periodos cortos de atención. ¿Cómo se nivela esta tendencia con tu misión?
Quiero a alguien que esté vivo en este momento. Algo que aprendí leyendo a Stephen Benatar es que no hay nada en nuestro tiempo que haga que sea imposible escribir al nivel de los clásicos. No hay excusa. No me importa que me vendan cosas. Vendes algo en lo que realmente crees. No me importa cuándo alguien abre la puerta y dice: “Voy a hablar con la editora en jefe en este momento”. Si haces eso conmigo, vas por buen camino. Te amo. Pero lo que no quiero es este irónico: “Voy a pretender que soy cool porque tengo miedo de mi persona y mis emociones”.
The Believer es quizá una revista literaria estadunidense del tipo que estás hablando. Heidi Julavits, en su infame ensayo Believer dijo: “¡Sé honesto! ¡Sé sincero! ¡Basta de esta sarcástica negatividad!” ¿Ustedes están en la misma línea de la sinceridad?
No tenemos la misma misión que The Believer. No es lo mío. Pero creo que la honestidad ganará al final del día. No quiero que la gente crea que la idea de Believer es algo ridículo. Fue, y sigue siendo, un importante momento reaccionario. Para mí, para el lector, se trata de la honestidad y el amor sin compromisos que dice: “Quiero lo mejor de este país y la literatura de este país”. Creo que eso existe. Si sintiera que no hay nada por lo que valga la pena seguir, no estaría aquí.
¡Enójate! ¡Enloquece! ¡Sé ridículo! ¡Ve más allá! ¡Sé humano! De eso se trata el arte. De eso se trata la literatura. Se trata de la práctica de ser un humano, tal que cuando otras personas lean tus cosas —y no sólo te lean a ti, sino que te vean vivir tu vida— les muestres lo que es posible en esta vida. Es posible estar enojada y seguir adelante. Es posible estar triste. Es posible atacarnos entre nosotros y seguirnos queriendo, aunque nos atacamos con ferocidad.
La sociedad literaria tiene una mayor responsabilidad con la comunidad. Con el tiempo, hemos olvidado que esto es parte del servicio que damos a la humanidad y a este país. No creo que sea una coincidencia que haya habido menos conversación en el mundo literario, menos personalidades extrovertidas, pues ha habido una desintegración de la política americana.
¿Cuál es la revista que más odias?
Todavía no estoy tan borracha.
Dime con qué letra empieza.
Te diré esto. Lo que descubrí mientras crecía en Maryland: no encuentro en Nueva York un sentimiento de comunidad ni una responsabilidad hacia el otro. Me impresiona la ausencia de una comunidad en la ciudad. No es que todos sean terribles, pero siento que los neoyorquinos no sienten una responsabilidad con sus vecinos. Tienes una noción idealizada de su política: “No quiero reprimir a los negros y quiero derechos para los homosexuales”, pero cuando se trata de una experiencia humana íntima, todo se evapora.
Cuando estoy aquí, es una constante autocensura, una constante retención. La conversación nunca ocurre. El “hola” nunca ocurre. Nunca se establece esa intimidad. Todos están en guardia. Esto no es sólo para agredir a Nueva York. Pero necesita existir una dinámica social que permita a la gente ser igual de atrevida que en otros lugares. La habilidad para experimentar y hacer lo que quieres y ser realmente excéntrico. En la ciudad, esto se actúa o no existe. Nunca dicen: “¡Esto es quien soy! ¡Esto es lo que hago!”
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